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Etapa 21 Fuenterroble de Salvatierra - Morille


VÍA DE LA PLATA

La gran mayoría de peregrinos aún dormían, recogí mis cosas intentando no hacer ruido, y salí al patio. Antes de ir al comedor a desayunar me dirigí al pequeño oratorio para meditar un instante, volví a sentir la  paz interna que me proporcionó la visita nocturna de ayer.
Allí sentado, mirando el Cristo, pensé en los maravillosos momentos de los últimos días. Veintiún días de camino... nuevos amigos peregrinos, hermosos momentos que se van sumando día a día en este camino. Desde el recuerdo me llegó el mágico amanecer saliendo del embalse de Alcántara, o la tarde en Castilblanco con las chicas ataviadas con mantilla española... Tantos momentos vinieron a mi cabeza, paisajes maravillosos, sobre todo los amaneceres de extremadura, mañanas de luces doradas entre encinas, pero sobre todo, las personas que voy conociendo, algunos quedaron atrás como hospitaleros, otros continúan delante de mi como los peregrinos Fernando, Jorge, Chema..., otros se van sumando a mi Camino y que seguro depararan momentos entrañables.

Di las gracias a Dios por lo vivido, rece una plegaria por todos los peregrinos que están ahora como yo en el Camino, que el Apóstol nos guíe, nos de fuerzas y nos conduzca hasta su abrazo en Santiago.

La mochila la tenía preparada desde la noche anterior, pasé por el salón donde Jose María nos tenía preparado un buen desayuno, en el estaban algunos peregrinos, Laura, Raquel, Jürgen y Annette un amor de chica, pletórica de alegría desde primeras horas de la mañana. Charlamos un instante de la etapa de hoy, aún estábamos casi dormidos. Me comentaron que el peregrino de Sevilla lo dejaba, su tobillo no daba para más, una verdadera pena, espero que en otra ocasión tenga más fortuna y consiga su objetivo.

Después de tomar un par de magdalenas, una tostada y un buen tazón de leche con café, salí del albergue para iniciar la marcha, diez minutos antes ya lo habían hecho Jürgen y Annette.
A mi salida Jose María, salió corriendo para darme un par de naranjas y un plátano para el almuerzo, que alegría de hospitalero, estaba pendiente de todos los detalles. Nos despedimos con un fuerte abrazo esperando volver a coincidir en otra ocasión y si puede ser de peregrino.

No quería pensar en lo que me quedaba, para no agobiarme. En mi apuntes entre Fuenterroble y San Pedro de los Rozados sólo estaba Pico Dueña a mitad de camino, ningún pueblo por pequeño que fuera, veintiocho kilómetros y sin una sola fuente de agua. En la Vía de la Plata las distancias son así, a lo grande. Esta no es la mayor pero si un buen ejemplo. Hay tiempo para meditar y encontrarnos con nuestra realidad.


Salimos del albergue hacia la derecha por la calle Conejal y continuamos por la carretera en dirección a Casafranca. Pasados 1.300 metros dejamos por la derecha la superficie dura del asfalto, que cambiamos por el piso suave de una amplia vereda, los toros y las vacas se veían en la distancia pastando tranquilamente, pasando de mi presencia. En línea recta se llega al lugar conocido como la Fuensanta, donde se pueden apreciar los restos de un antiguo monasterio.

El paisaje lo forman algunas encinas diseminadas por el pasto y dos cercas de hormigón y alambre que delimitan la anchura del cordel. En una hora llegaremos hasta el arroyo de Navalcuervo y tras un pequeño repecho a un encinar donde se alza una cruz de madera y una choza construida con ramas, allí me encuentro con Annette la peregrina norteamericana, intercambiamos unas fotos y continuamos camino. Seguimos entre las encinas y después de una portilla giramos a la izquierda y cien metros más adelante a la derecha. Unas flechas en la cancela de la finca nos invitan a entrar, aunque es mejor continuar por fuera y siempre paralelos a la valla.





Annette va a su ritmo, cantando y recreándose en el paisaje, no quería ocupar espacio y la dejé disfrutar, me adelante y continué en solitario caminando campo a través, con la referencia de la valla de alambre y la de las flechas amarillas que me acompañan pintadas sobre las piedras.

Después de pasar otra cancela, la pista se hace más patente, continuando por ella hasta llegar a un cruce de caminos. El de la izquierda va hacia Navarredonda de Salvatierra pero continúo de frente y asciendo por la pista durante otro kilómetro para tomar una senda que sale por encima, a mano izquierda. Comenzamos a divisar los primeros molinos eólicos, nos acompañan a nuestra izquierda en nuestra ascensión, pero aún algo distantes. Nos espera algo más de tres kilómetros y medio, el camino no es muy duro pero al pasar a la altura de los aerogeneradores parece que ya he llegado, pero aún me quedará un trecho hasta la cima. Al final de la ascensión, el Pico Dueña, casi 1200 metros de altitud y coronado por una gran cruz de Santiago, que se alza espléndida y desafiante.
Me recuerda la Cruz de Ferro de Manjarín del Puerto en el Camino Francés. El párroco de Fuenterroble, Blas Rodríguez se encargó de subirla hasta este punto hace ya unos años. Para llegar hasta los molinos solo tenemos que subir la ladera y allí están, un cordón de molinos que como gigantes dominan todo el paisaje, las vistas del valle son impresionantes








La ascensión al Pico Dueña, es la cota más alta desde que partimos de Sevilla, no es la más fidedigna a la vía romana, ya que es inverosímil que su trazado se planteara por aquí.
Bajo la cruz me encuentro con Jürgen. Allí solté la mochila y me salté la valla de alambres ascendiendo hasta la cruz. Las vistas eran excepcionales y las distancias sobre la llanura enormes. Me hice una idea de lo que me esperaba el resto del día.

Al poco llegaron Raquel y Laura seguidas más tarde por el matrimonio madrileño que tras una breve parada continuaron camino, algo mas tarde llegaría Annette algo extenuada por el ascenso.

Nos hicimos las fotos de rigor y ellos marcharon, nos quedamos Jürgen y yo, yo quedé un rato tomando la fruta del almuerzo y deleitándome con el paisaje. Tuve la tentación de tumbarme un rato, pero subí de nuevo a la cruz, desde allí cerré los ojos, respiré profundamente y medité un largo rato. Hacía buena temperatura, corría una ligera brisa y esto era para aprovecharlo, mas tarde me esperaba la llanura y su calor asfixiante. Emprendí la bajada continuando por el sendero que me trajo hasta aquí, a Jürgen lo dejé tumbado, el prefirió quedarse un poco mas.





La bajada es brusca, pero por suerte corta. Al alcanzar la carretera los árboles desaparecen, dando paso a campos de cultivo y de barbecho.  
Siguiendo la carretera pasamos junto a la dehesa La Dueña, donde se crían toros de lidia. No en vano estamos en el campo charro, comarca salmantina famosa por sus ganaderías. 

Más adelante podremos descansar los pies y rodar por alguna de las sendas que surgen paralelas a la izquierda de la carretera. Sin embargo volveremos a ella para cruzar por el puente sobre el arroyo Mendigos. Doscientos metros más adelante se encuentra la finca Calzadilla de Mendigos, cuna de la ganadería brava Montalvo. Lugar con encanto, que invita al descanso y donde dos incompletos miliarios montan guardia y vigilan los restos de una antigua ermita.





Continuamos cómodos por el asfalto, el tráfico es prácticamente nulo, salvo por el calor que ya se hace sentir de forma bochornosa. Dejamos la carretera tras desviarnos por un camino, una indicación nos anuncia San Pedro de Rozados, llegamos a esta localidad tras un repecho y una bajada.





Próximo a la capital salmantina se encuentra este pequeño y pintoresco pueblo de casas blanqueadas que se aprietan unas con otras como si quisieran protegerse de los extremos climatológicos de la tierra.
Lo más interesante es un pequeño campanario de cierto valor artístico, que ha sido restaurado con gran acierto.
La legendaria Iglesia de San Pedro del siglo XVII construida en piedra, y dedicada a San Pedro con su gran portón de madera y su campanario todavía hoy funcionando de forma manual, junto con una bonita espadaña de cuatro cuerpos.


El pueblo cuenta todo tipo de servicios piscina, polideportivo, pista de tenis, campo de fútbol y dos parques, además de una discoteca, un hostal y varios bares, una farmacia, panadería y supermercados, Centro de Salud...  Por supuesto también cuenta con un acogedor albergue de peregrinos situado en la calle Rosario, 14 y de nombre Miliario y abierto todo el año.
Nosotros sin embargo decidimos continuar hacia Morille ya que está tan solo a unos 4 km aproximadamente. Este pueblo no tiene tantos servicios como San Pedro, pero el albergue estaba era pequeño y estaba casi lleno y nos agobiaba un poco.

Dejamos atrás las últimas casas y en unos cientos de metros cruzamos una carretera. Tras ella, a tan sólo trescientos metros, giramos a la izquierda.
De nuevo los campos de cereal me rodeaban y la tranquilidad volvió a mi cabeza. Me encontré de nuevo muy bien deleitándome con el paisaje.
El calor apretaba y era pegajoso, las nubes fueron apareciendo poco a poco. Iba admirando un precioso cielo azul intenso con nubes algodonosas que se movían a gran velocidad. Sus formas redondeadas y voluptuosa parecían esculturas de Botero. Ensoñaba equivalencias con figuras mutantes. A veces caras, otras cuerpos y algunas veces cosas. En Castilla los cielos llenan el paisaje hasta el horizonte, no hay montañas ni árboles que se interrumpan las continuidad.



Entro en Morille junto a Jürgen, las indicaciones nos llevan hasta una plaza, una fuente es lo primero en avisar, sedientos nos abalanzamos hacia ella, junto a esta, el ayuntamiento, y una escultura de hierro, que homenajea a la vieja maestra, es una bonita obra forjada en hierro. Cercano a la plaza se encuentra el albergue de peregrinos.

El albergue es pequeño, unas 8 plazas en literas y una cama individual, junto con un baño con plato de ducha. Dispone de agua caliente y calefacción eléctrica. Apenas veinticinco metros cuadrados. Eso sí, estaba reluciente y todo en perfecto estado.
Al final del día solo lo ocupamos Jürgen y yo, una tarde para el relax y el descanso.
Soltamos las mochilas y salimos a comer a un bar-restaurante junto al albergue. 

Después de comer volvimos al albergue a lavar la ropa y descansar un poco. Pronto me quedaria dormido envuelto en un silencio maravilloso.




El paseo por el pueblo fue de lo mas calmado y tranquilo, sus casas se veían bastante reformadas. El aspecto del pueblo es muy limpio y cuidado, repleto de plantas con flor en los portales de sus casas, dándole un aspecto alegre.

Su iglesia permanecia cerrada y no pude visitarla, es la de San Antonio, del Siglo XVI, de estilo renacentista. Tenía interés por ver su retablo mayor, de estilo renacentista, también guarda en su interior una interesante tabla flamenca de inicios del S. XVI.


Morille es una encrucijada: una encrucijada de riberas, de tránsitos ganaderos, y de la Vía de la Plata o Camino de Santiago. En Morille nace el Zurguén, ese modesto arroyuelo 
que atraviesa la plaza del pueblo y muere junto al Puente Romano, y al que cantaron los mejores poetas de nuestro siglo XVIII.

En Morille, a principios de los años 50, emergió fuertemente la minería como consecuencia de la riqueza geológica de la zona. Gozó de una sólida tradición cantera hace unos 100 años, cuando de veinte a veinticinco familias se dedicaban a ello. 
Los canteros trabajaban a mano la piedra con palancas, porras con cuñas y picos, con la intención de obtener todo tipo de elementos: portadas de casas y ventanas, chimeneas, murillos, cruces del cementerio, ruedas de molinos, paredes de casas y prados, así como teselas para caminos.