La experiencia de sentirse peregrino no se mide por una distancia concreta, sino por el tiempo que el Camino tiene para ir transformando nuestro corazón. A veces cuatro días pueden despertar un anhelo. Pero el Camino necesita tiempo para enseñarnos todo lo que guarda en silencio.
No porque exista una cifra mágica.
Sino porque el ser humano necesita tiempo para desprenderse de sí mismo.
Los primeros días uno todavía camina con la cabeza llena de preocupaciones.
Luego aparecen las ampollas.
Después el cuerpo encuentra su ritmo.
Empiezan los silencios.
Las conversaciones cambian.
Las prioridades cambian.
Y un día, casi sin darte cuenta, descubres que ya no miras el reloj con tanta frecuencia.
Que agradeces una fuente.
Que una sombra bajo una encina parece un regalo.
Que una conversación con un desconocido puede quedarse contigo toda la vida.
El Camino tiene una profundidad que necesita tiempo para revelarse.
Es exactamente igual que la amistad.
¿Puede nacer una amistad en cuatro días?
Claro que sí.
¿Se conoce de verdad a una persona en cuatro días?
Normalmente no.
Con el Camino ocurre algo parecido.
Cada jornada del Camino tiene un valor inmenso. Incluso un solo día puede cambiar una vida. Pero el Camino posee una pedagogía silenciosa que necesita tiempo. Hay enseñanzas que solo aparecen después de muchos amaneceres, cuando el cuerpo encuentra su ritmo, el corazón se aquieta y el peregrino deja de caminar únicamente con los pies para comenzar a hacerlo también con el alma.
Cuando introduces una esponja en el agua, en un segundo ya está mojada.
Pero si permanece sumergida mucho tiempo, acaba empapándose por completo.
El Camino hace eso con nosotros.
El primer día ya nos toca.
El cuarto quizá nos emociona.
El décimo empieza a transformarnos.
El vigésimo ya habla dentro de nosotros.
Y, cuando regresamos a casa...
Seguimos escuchándolo.
No porque los kilómetros tengan un poder mágico.
Sino porque el tiempo ha permitido que el Camino se quede en nosotros.
El Camino nunca se mide por los kilómetros que recorremos, sino por el espacio que le permitimos ocupar en nuestro corazón. Y el corazón, como la tierra buena, necesita tiempo para empaparse de la lluvia.
