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Etapa 24: Tábara > Santa Marta de Tera

Información actualizada: 21 de agosto de 2026



      La etapa de hoy discurre entre encinares, campos de labor y pequeñas localidades donde el tiempo parece avanzar con la misma calma que el peregrino. Es una jornada cómoda, sin grandes dificultades, ideal para disfrutar del silencio de la naturaleza y dejar que el Camino marque el ritmo de nuestros pasos.

Durante el recorrido encontraremos dos variantes perfectamente señalizadas. En el km 10,3 el Camino se divide: una opción continúa por el trazado tradicional hacia Bercianos de Valverde, mientras que la otra nos conduce hasta Villanueva de las Peras, con la posibilidad de hacer una parada y reponer fuerzas.
Ambos itinerarios vuelven a encontrarse más adelante, km 15,7 de la jornada. 

Al finalizar la jornada alcanzaremos uno de los lugares más emblemáticos del Camino Sanabrés: la iglesia románica de Santa Marta de Tera, donde nos espera la que está considerada la representación en piedra más antigua conocida de Santiago vestido de peregrino.
Un lugar cargado de historia, simbolismo y emoción que bien merece caminar hasta él.


      Comenzamos la etapa junto a la iglesia de Santa María de Tábara. También existe un itinerario alternativo desde el albergue, perfectamente señalizado en el mapa de la etapa, que enlaza con el recorrido principal.

Durante los primeros kilómetros seguimos el mismo camino que nos condujo ayer hasta la villa. Tras recorrer aproximadamente un kilómetro y medio llegamos a las vías del AVE. Giramos a la izquierda, cruzamos la carretera ZA-121 y, cuatrocientos metros más adelante, tomamos una pista de tierra a la derecha.
Conviene prestar atención a las flechas amarillas, pues en este tramo se suceden varios cruces de caminos.

Poco después alcanzamos el puente que salva la línea ferroviaria, alrededor del km 3,5. Desde allí el Camino avanza decidido hacia el norte por amplias pistas de tierra que serpentean entre claros del bosque y encinares.
El paisaje invita a caminar sin prisas, acompañado únicamente por el sonido del viento y el canto de las aves.



      La señalización es abundante durante todo este tramo, por lo que no encontraremos dificultades para seguir el itinerario, aunque nunca está de más mantener la atención en las flechas amarillas.

A partir de aquí comenzamos a atravesar terrenos que fueron afectados, en mayor o menor medida, por el incendio de 2022. Las huellas del fuego irán apareciendo poco a poco en el paisaje.

Descendemos por un sendero algo más estrecho hasta regresar de nuevo a una cómoda pista forestal que nos conduce al arroyo de Zamarrilla, salvado mediante una pequeña pasarela de hormigón, alrededor del km 8,5.

Unos kilómetros después alcanzamos la bifurcación, en torno al km 10,3.
Aquí el peregrino debe elegir entre dos caminos, continuar por Bercianos de Valverde o por Villanueva de las Peras.






      La alternativa de la derecha conduce por el trazado tradicional hasta Bercianos de Valverde, alrededor del km 14,5.

Es un recorrido que atraviesa viñedos y castaños y nos acerca a una pequeña localidad asentada en una ladera bañada por el arroyo Castrón, donde antiguamente existió un molino harinero.
A la entrada del pueblo nos recibe la iglesia parroquial de San Pelayo, un sencillo templo de arquitectura tradicional de la comarca. Su espadaña y su austera fábrica forman parte de ese paisaje rural que acompaña al peregrino durante buena parte de esta etapa.

Bercianos conserva el encanto de los pequeños pueblos que han sabido mantener su identidad al margen de las grandes rutas. Sin embargo, debemos tener presente que los servicios para el peregrino son muy limitados, por lo que conviene llegar hasta aquí con todo lo necesario.

Desde Bercianos continuaremos hacia Santa Croya de Tera, atravesando nuevamente campos y caminos rurales hasta reencontrarnos con quienes eligieron la otra alternativa por Villanueva de las Pera, km 15,9.


Villanueva de las Peras:
una pausa en el Camino


      Si en la bifurcación del km 10,3 decidimos continuar de frente, nuestro camino nos llevará hasta Villanueva de las Peras, que alcanzaremos alrededor del km 14 de la jornada.

Tras cruzar una carretera local continuamos por la ZA-120 durante algo más de un kilómetro y medio hasta alcanzar la localidad.
Entramos en el pueblo por la calle Arriba y llegamos a su plaza





      Asentada en el valle de Valverde, a orillas del arroyo Castrón, Villanueva de las Peras es uno de esos pueblos donde el Camino parece caminar más despacio. Rodeada por un paisaje sereno, conserva ese encanto sencillo que solo poseen las pequeñas localidades rurales.

Como tantos otros pueblos de esta tierra, ha cambiado con el paso de los años. Algunas viviendas de nueva construcción conviven hoy con las casas tradicionales, reflejo del regreso de quienes un día marcharon buscando oportunidades y decidieron volver a sus raíces. Otros llegan atraídos por la tranquilidad, el silencio y una calidad de vida que difícilmente puede encontrarse en las grandes ciudades.


      El peregrino percibe enseguida ese ambiente pausado. Aquí no hay prisas. Las conversaciones transcurren sin mirar el reloj y el tiempo parece detenerse por unos instantes.
Quizá por eso resulta tan agradable hacer un alto en el Camino antes de afrontar los últimos kilómetros de la jornada.
En la plaza encontramos el bar La Plaza, donde podremos descansar y reponer fuerzas con alguna de sus ricas tapas.


      Durante muchos años, este lugar estuvo marcado por el entrañable recuerdo de La Moña, un pequeño establecimiento que llegó a convertirse en toda una referencia para los peregrinos del Camino Sanabrés.
Sus propietarios acogieron con enorme cariño a cuantos llamaban a su puerta, dejando una huella imborrable en varias generaciones de caminantes.
Hoy, tras su merecida jubilación, La Moña forma ya parte de la memoria del Camino.

Sin embargo, el albergue de peregrinos La Alameda continúa abierto, atendido con la misma cercanía y hospitalidad por su hija, que mantiene viva esa hermosa tradición de acogida que siempre ha caracterizado a Villanueva de las Peras.


Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción

      D
ominando la población desde la parte más elevada se alza la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Su silueta destaca sobre los tejados y puede distinguirse desde cierta distancia, convirtiéndose en un punto de referencia para quien se acerca caminando.

Su construcción, de líneas sobrias y elegantes, llama la atención por el gran arco de piedra que sostiene la escalera de acceso a la espadaña, un singular conjunto que le confiere una personalidad propia. El ábside cuadrado, reforzado por sólidos contrafuertes, completa la armonía de un templo que merece una breve visita antes de reemprender la marcha.

Si el acceso permanece abierto, merece la pena subir con calma por la antigua escalera de piedra que conduce hasta la espadaña. Desde allí se disfruta de una hermosa panorámica del valle de Valverde y de los tejados del pueblo.

Es uno de esos pequeños regalos que el Camino reserva a quienes deciden detenerse unos minutos y contemplar el paisaje desde otra perspectiva.
Hay algo difícil de explicar al ascender por esos viejos peldaños de piedra: la sensación de acercarse un poco más al cielo mientras el horizonte se abre silencioso ante nuestros ojos.



Hacia El Tomillar

      Abandonamos Villanueva de las Peras siguiendo la carretera y, poco antes de salir del pueblo, nos desviamos hacia la derecha por un camino perfectamente señalizado.

A nuestra izquierda aparecen los viñedos y, junto a ellos, las tradicionales bodegas excavadas en la tierra, silenciosos testigos de una cultura vitivinícola que ha acompañado durante generaciones a los habitantes de esta comarca.
En unos dos kilómetros aproximadamente, nuestro camino vuelve a encontrarse con la alternativa que procede de Bercianos de Valverde.
Desde aquí, ambos itinerarios se convierten nuevamente en un único Camino en dirección a Santa Croya de Tera y Santa Marta de Tera.
Continuamos, iniciamos un fuerte repecho en curva por El Tomillar.



El Tomillar: caminar sobre
la memoria del fuego

      Antes de alcanzar el valle del Tera, el Camino atraviesa el paraje de El Tomillar, un lugar que durante años regaló al peregrino un paisaje de denso monte, poblado de tomillo, jara y encinas.
Hoy, quien camina por aquí todavía puede encontrarse con la huella del terrible incendio de 2022.

Allí donde antes había vida, el fuego dejó durante un tiempo un paisaje negro y desnudo. Las encinas calcinadas, los restos de la vegetación y ese silencio particular que queda después de una catástrofe hacen que caminar por este tramo sea una experiencia difícil de explicar.
Aún hoy, años después, hay rincones que consiguen poner la piel de gallina.
No es una imagen que debamos apartar de nuestra mirada.
También esto forma parte del Camino.

El peregrino que pasa hoy por El Tomillar camina sobre la memoria de aquel fuego y quizá comprenda que la naturaleza, como las personas, necesita tiempo para levantarse después de una herida.
Y hay algo profundamente hermoso en contemplar cómo, poco a poco, la vida intenta regresar. Porque incluso después del fuego, la tierra no renuncia a volver a florecer. Quizá también nosotros deberíamos aprender de ella.



Descendiendo hacia el Tera

      Poco a poco el terreno comienza a descender hacia el fértil valle del río Tera, cuya presencia anuncia que nos acercamos al final de la etapa.
Cruzamos un canal de riego por un pequeño puente y, apenas doscientos metros después, la tierra deja paso al asfalto de la carretera ZA-120, que nos conduce hacia Santa Croya de Tera.



Santa Croya de Tera, Km 21,2
Servicios: bar y tiendas de alimentación.

      Santa Croya de Tera recibe al peregrino con la tranquilidad de los pueblos que han aprendido a convivir con el paso del río.

Entramos por la calle Mayor hasta alcanzar la plaza del Ayuntamiento y, desde allí, el Camino nos conduce por un agradable paseo ajardinado que discurre junto al Tera, un lugar perfecto para recuperar el aliento antes de afrontar los últimos metros de la jornada.

Situada en la comarca zamorana de Benavente y Los Valles, Santa Croya de Tera ha vivido siempre estrechamente ligada al río, cuya presencia ha marcado la historia, el paisaje y la vida cotidiana de sus habitantes.

La canalización de su cauce permitió crear el hermoso espacio que hoy disfrutan vecinos y peregrinos frente a la Casa Consistorial, convertido en uno de los rincones más agradables de la localidad.

El origen del pueblo se pierde entre la historia y la tradición. Una de las leyendas cuenta que fueron unos pastores procedentes de Santa Marta de Tera quienes, cansados de recorrer cada día la distancia que separaba ambos lugares, decidieron establecer aquí sus hogares junto a sus rebaños.

Su iglesia parroquial, levantada durante el siglo XVI, está dedicada a Santo Tomás Apóstol. Destaca su espadaña, una pila bautismal gótica del siglo XVI y retablos barrocos. Conserva una hermosa imagen de Santa María fechada en el siglo XV, una discreta joya artística que merece unos minutos de contemplación.

Santa Croya mantiene también otra tradición profundamente arraigada: sus bodegas excavadas en la tierra. La naturaleza arcillosa del terreno permitió a sus habitantes construir estos singulares espacios subterráneos que durante generaciones sirvieron para elaborar y conservar el vino.

Conviene hacer aquí la última parada de la jornada para abastecerse, especialmente si necesitamos comprar alimentos, ya que en Santa Marta de Tera los servicios para el peregrino son muy limitados.

Para tapear, tomar algo podemos dirigirnos al bar As de Copas situado en las antiguas escuelas del pueblo, cercano al ayuntamiento. 


      A
bandonamos el pueblo siguiendo el agradable paseo junto al río. El rumor del agua nos acompaña durante estos últimos pasos, como si quisiera conducirnos lentamente hacia el final de la etapa.

Cruzamos el puente sobre el Tera y, apenas unos minutos después, aparece ante nosotros la pequeña localidad de Santa Marta de Tera.





Santa Marta de Tera, Km 22,6

      Después de una jornada serena entre encinas, viñedos y pequeños pueblos, el Camino nos conduce hasta uno de los rincones más queridos y emblemáticos del Camino Sanabrés.
Al llegar, lo primero será acercarnos a la oficina de atención al peregrino, donde podremos sellar nuestra credencial y recibir las indicaciones necesarias para acceder al albergue municipal. Allí encontraremos también a quienes, con sencillez y cercanía, reciben y orientan a quienes llegan hasta este pequeño rincón del Camino.

Quizá no lleven el nombre de hospitaleros, pero hay gestos que no necesitan título alguno. Una palabra amable, una sonrisa, unos minutos dedicados al peregrino… después de una larga jornada pueden convertirse en uno de esos pequeños regalos que permanecen para siempre en la memoria.

Porque hay personas que hacen que uno vuelva a sentirse peregrino cuando el cansancio empieza a pesar.


      Santa Marta de Tera no impresiona por el tamaño de la localidad ni por la grandiosidad de sus construcciones. Lo hace por algo mucho más difícil de explicar: la paz que envuelve a quien se detiene unos minutos ante su iglesia.

La piedra conserva todavía el frescor de los siglos. La luz penetra suavemente por los pequeños vanos del templo mientras nuestros ojos se acostumbran poco a poco a la penumbra. Es entonces cuando comprendemos que este lugar no fue construido únicamente para admirarlo, sino también para invitar al peregrino al recogimiento.

Pero el verdadero encuentro aún nos espera fuera.
Al salir de la iglesia debemos rodearla por el lado izquierdo, caminando junto al pequeño camposanto, hasta alcanzar la portada meridional.

Y allí está.


      En el exterior del templo nos espera la imagen de Santiago Peregrino, considerada la representación en piedra más antigua conocida del Apóstol vestido con atuendo de peregrino.

Con la mano derecha apoyada en el bordón y la izquierda levantada en actitud de bendición, lleva el zurrón cruzado al hombro, adornado con la tradicional concha de vieira. El bordón, deteriorado por el paso del tiempo, conserva incompleta su parte superior.

Durante casi mil años ha permanecido aquí contemplando el paso de generaciones enteras de peregrinos.

Han cambiado los caminos,
las mochilas, los idiomas
y las fronteras,
pero él continúa señalando
la misma dirección:
el oeste, Compostela.

      Muchos peregrinos sienten la necesidad de detenerse unos instantes frente a esta antigua imagen. No para hacer una fotografía, sino para agradecer el camino recorrido y tomar aliento para el que aún queda por recorrer.

Porque, aunque Compostela continúa lejos, aquí uno tiene la certeza de encontrarse ya bajo la mirada del Apóstol.
Quizá por eso Santa Marta de Tera ocupa un lugar tan especial en el corazón de quienes recorren el Camino Sanabrés.

No es solo una iglesia románica.
Es un encuentro.

Es el momento en que el peregrino comprende que nunca ha caminado completamente solo.


El milagro de la luz

      Si tienes la fortuna de llegar a Santa Marta de Tera en torno a los equinoccios de primavera u otoño, procura entrar en la iglesia a primera hora de la mañana.

Lo que allí sucede es uno de esos pequeños milagros que el Camino regala a quienes saben detenerse.
El templo permanece en silencio. Apenas se escucha nada. Poco después de las ocho y media de la mañana, un fino haz de luz atraviesa el pequeño óculo abierto en el ábside y comienza lentamente su recorrido por el interior de la iglesia.

No ilumina de golpe todo el templo. Avanza poco a poco hasta alcanzar uno de los capiteles, conocido como el capitel del alma justa, o de la ascensión del alma.
Durante unos instantes, la luz transforma la piedra y hace destacar la figura representada en él: un personaje asexuado dentro de una mandorla, sostenido por dos ángeles.

La tradición ha identificado esta figura con el alma de Santa Marta elevada a los cielos, aunque también existen estudiosos que la interpretan como una representación de Cristo resucitado.

Durante unos breves instantes, el dorado de la piedra cobra vida mientras el resto del templo permanece en una serena penumbra.
El silencio parece hacerse todavía más profundo y el tiempo deja de tener importancia.

El fenómeno se produce en torno a los equinoccios de primavera y otoño, cuando la luz del sol naciente penetra por el óculo y alcanza el capitel siguiendo un recorrido cuidadosamente condicionado por la orientación del templo.

Durante siglos, este extraordinario fenómeno permaneció olvidado.
Fue en 1997 cuando el entonces párroco de Santa Marta de Tera, don Julián Acedo Carbajo, redescubrió aquella luz y contribuyó a dar a conocer el fenómeno que hoy atrae la atención de peregrinos, visitantes e investigadores.

Gracias a aquella mirada atenta, Santa Marta de Tera dejó de ser únicamente una joya del románico zamorano para convertirse también en uno de los lugares más singulares y fascinantes del Camino Sanabrés.

Quizá ese rayo de luz también tenga algo que decir al peregrino.

El Camino, como esa claridad que atraviesa el pequeño óculo, rara vez ilumina toda nuestra vida de una vez. Normalmente solo alumbra el siguiente paso.
Y casi siempre es suficiente.

El Camino sigue hacia el oeste.
El corazón... quizá ya camine un poco más cerca del cielo.



Reflexión final

      Hay etapas que terminan cuando dejamos de caminar. Y hay otras que, aunque lleguen a su último kilómetro, continúan caminando dentro de nosotros. Santa Marta de Tera es una de ellas.

Después de veintitrés kilómetros entre encinas, viñedos, pequeños pueblos y las heridas todavía visibles del fuego, llegamos hasta una iglesia que lleva casi mil años contemplando el paso de los peregrinos.

Aquí nos encontramos
con Santiago.

La fe, la esperanza y la hospitalidad, igual que las piedras del Camino, solo permanecen vivas cuando alguien las cuida y las transmite a quienes vienen detrás.

Hoy hemos llegado a Santa Marta de Tera. Mañana volveremos a caminar.
Pero esta noche, quizá, lo que toca no sea pensar en los kilómetros que faltan.
Quizá sea simplemente descansar. Y dejar que todo lo vivido durante la jornada encuentre su lugar dentro de nosotros.
Porque también se peregrina cuando uno permanece quieto.

Ultreia

ETAPA 25
Santa Marta de Tera > Rionegro del Puente
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Buen Camino

Etapa 23: Fontanillas de Castro > Tábara



Información actualizada: 29 de julio de 2026





Un adiós a la vieja
calzada romana

      Hoy llegamos a uno de los puntos más decisivos de toda la Vía de la Plata. Aquí, sin grandes ceremonias, muchos dirán adiós —aunque sea en silencio— a la vieja calzada romana.

En Granja de Moreruela se abre la gran bifurcación jacobea: seguir hacia el norte, rumbo Astorga y el Camino Francés, o tomar rumbo oeste hacia Santiago por Ourense.

Porque a partir de aquí el Camino se vuelve distinto, pero también más exigente, como suelen ser los caminos que conducen hacia lo esencial.




      Si hasta ahora la Plata nos hablaba de Roma y de piedra antigua, desde este punto el Camino empieza a hablar otro lenguaje: el del monte, el del río, el de las sendas que parecen hechas por los pasos y el viento.

Cuando el mundo calla,
el corazón empieza a hablar.




      Salimos de Fontanillas de Castro con una pregunta que muchos peregrinos llevan guardada desde hace días:

¿Qué camino tomar cuando llegue a Granja de Moreruela?

Porque allí se encuentra uno de los puntos más decisivos de la peregrinación desde Sevilla. En el pueblo verás el cartel que indica claramente dónde se separan las rutas.

Desde aquí se abren dos posibilidades:

Continuar hacia el norte, siguiendo el trazado de la antigua calzada romana, pasando por Benavente y La Bañeza hasta enlazar con el Camino Francés en Astorga. Es una opción con más servicios y más compañía, pero al llegar al Francés se deja atrás la serenidad que nos ha transmitido la Plata.

Tomar rumbo oeste, hacia tierras sanabresas. Esta alternativa conduce a Galicia por Orense antes de alcanzar Santiago. Es más silenciosa y algo más exigente, pero conserva el espíritu de la Vía de la Plata: autenticidad, soledad y transformación personal.

Quienes desean evitar la masificación del Camino Francés pueden incluso seguir hasta Astorga y, más adelante, desviarse en Ponferrada hacia el Camino de Invierno, que tras unas 10 jornadas enlaza con el Sanabrés en A Laxe.

Pero hoy, en este blog, comienza la alternativa más elegida por quienes vienen desde el sur: el Camino Sanabrés, conocido en Galicia como Vía da Prata, una ruta que muchos identifican como heredera de los antiguos peregrinajes mozárabes.


De Fontanillas a Riego del Camino
      Comenzamos a caminar por la calle Barca.
A unos 500 metros realizamos un giro a la derecha y salimos del pueblo por pista.
Tras unos 2,5 km alcanzamos un arroyo, que cruzamos por un paso de hormigón. Poco después tomamos un desvío a la derecha, salimos a la N-630 y por ella entramos en Riego del Camino (km 3,8).





(Pequeña localidad con bar y tienda).

      Históricamente fue considerada la puerta de entrada a la tierra de Lampreana dentro del recorrido de la Vía de la Plata. La atraviesa la antigua calzada romana y cuenta con un acogedor albergue municipal, situado en la antigua casa de los maestros.

Destaca la Iglesia de San Cristóbal (siglos XVI-XVII), vinculada a la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, recuerdo de aquellos siglos en los que la hospitalidad era parte esencial del Camino.

Desde la N-630 seguimos las flechas que nos hacen girar a la izquierda. En unos 250 metros retomamos pista agraria y continuamos hacia la derecha.





      Poco después caminamos en paralelo a la autovía A-66, que cruzamos por un puente (km 6,3).

El siguiente tramo, de unos 4 km, es cómodo: avanzamos junto a la autovía hasta una estación de servicio. Desde allí, una larga recta nos va separando del tráfico y nos conduce, tras cruzar un arroyo, a la entrada de Granja de Moreruela (km 10,4 de la etapa).






(Localidad con bares y tiendas).

      Aquí nace oficialmente el Camino Mozárabe Sanabrés, que nos conducirá a Santiago por Orense.

Granja nació como una granja vinculada al antiguo monasterio cisterciense de Moreruela, cuyas ruinas se encuentran a unos 3,5 km antes de llegar al núcleo poblacional. Todavía hoy impresionan por su silencio y por la grandeza que conserva la piedra vencida por el tiempo.




Monasterio de Santa María de Moreruela
      Considerado uno de los primeros monasterios cistercienses de la Península Ibérica, fue durante siglos un centro espiritual de enorme importancia en el norte de Zamora. De aquel conjunto monacal se conserva principalmente la cabecera del templo, suficiente para imaginar la magnitud de la obra.

El monasterio alcanzó su auge hasta el siglo XIII y comenzó a decaer con el tiempo, hasta quedar abandonado tras las desamortizaciones del siglo XIX. Fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1931 y protegido desde 1995.

Horarios de visita

Invierno (1 octubre – 31 marzo): miércoles a domingo, 11:00 – 17:00 (cerrado lunes y martes)

Verano (1 abril – 30 septiembre): miércoles a domingo, 10:00 – 14:00 y 16:00 – 20:00 (cerrado lunes y martes)

(Horarios 2026)




      Junto a la iglesia de San Juan Bautista, una placa conmemorativa de la Fundación Ramos de Castro recuerda al peregrino:


“Aquí se bifurca el camino
y se engrandece la historia:
la de la Vía de la Plata
con el Camino Sanabrés,
que aquí nace".




El comienzo del Sanabrés
      Justo detrás de la iglesia veremos la indicación metálica con la silueta del monasterio y las dos alternativas. Para seguir el Camino Sanabrés debemos tomar la ruta señalada hacia Orense, por la izquierda.

Los primeros pasos transcurren por una cómoda pista de tierra. Cruzamos por debajo el puente de la autovía y, tras medio kilómetro, un monolito de granito con el logotipo del Camino Sanabrés nos indica tomar el camino de la derecha, en ligero ascenso (km 11,8).




      Tras unos 900 llegamos a una bifucación, nuestro camino continua de frente,  quienes deseen visitar las ruinas del monasterio deberán tomar el camino de la izquierda y, a 300 metros, girar a la derecha por la carretera ZA-L-2566, tras 900 m se encuentra el Monasterio (En Granja de Moreruela pueden informarse de los horarios de visitas).

Continuamos sin desviarnos durante los siguientes tres kilómetros. Más adelante una flecha amarilla nos desvía a la derecha: pasaremos junto a una cantera y, tras unos 300 metros, volvemos a girar, esta vez a la izquierda.





      Rodeados de matorral mediterráneo iniciamos un descenso algo pronunciado hasta llegar a la carretera ZA-123 (km 16,4). La seguimos para cruzar el río Esla por el Puente Quintos (km 17,1).

Este puente, construido en 1920, cuenta con nueve arcos de diez metros de luz. Sus materiales proceden de canteras de la vecina Bretó, y su estructura marca el paso entre dos comarcas: Tierra de Campos y Tierra de Tábara. La frontera natural la dibuja el propio río Esla.




      Justo después de cruzarlo, el Camino se desvía a la izquierda hacia la vera del río (continuar por carretera obligado para los ciclistas).
Entramos en un sendero semicerrado por vegetación, con algún tramo rocoso que exige atención. Caminamos por la ladera hasta descender finalmente a la misma orilla del Esla.

Poco después comenzamos a alejarnos del río y afrontamos un repecho exigente de unos 500 metros que nos lleva hasta un alto (km 18,4).

Allí el paisaje se abre como un balcón: el río serpentea abajo, silencioso, y el peregrino siente que el mundo se queda pequeño.




A veces el Camino
no te da respuestas…
te da altura para mirar
la vida de otra manera.



      Tras este punto, nos guiamos por flechas pintadas en las encinas. Tras un giro a la izquierda descendemos finalmente hasta una pista, el bosque de encinas va quedando atrás. Caminamos por pista hasta llegar a las puertas de una finca llamada Val de la Rosa.

Ya llevamos cerca de 22 km y el Camino entra en un tramo de pistas de concentración parcelaria: largas rectas, amplias, de esas que ponen a prueba el cuerpo… pero también ordenan el pensamiento.

Cruzamos una carretera (km 23,2). Tras algo más de 500 metros llegamos a una bifurcación: tomamos el camino de la izquierda (km 23,7).
Después de 1,7 km giramos a la derecha para encarar una larga recta que nos conduce hasta Faramontanos de Tábara (km 28,6).








      Entramos por la calle Benavente. Al poco encontramos un bar, El Boya, donde el peregrino suele ser bien recibido. Un buen lugar para hacer una pausa: aún quedan unos 7 km para concluir la etapa. Lo normal es que se llegue a este punto del camino a la hora de almorzar, quien quiera hacerlo tiene que dirigirse al bar Nemesio, con un rico menú para el peregrino (calle de la Fuente, 17).

Faramontanos se encuentra a 712 metros de altitud. En la Plaza Mayor se alzan el ayuntamiento y la iglesia de San Martín, de finales del siglo XIII.

Del interior destaca el retablo mayor barroco, brillante en su policromía. Entre las imágenes sobresalen una voluminosa talla de la Virgen y otra del Bendito Cristo.

También son muy interesantes las bodegas excavadas en pequeñas lomas dentro del casco urbano, uno de los elementos mejor conservados de la arquitectura local.





      Continuamos por la calle Pozo. Al final pasamos junto a una pequeña ermita y seguimos por su derecha hasta la carretera ZA-123. La cruzamos y tomamos de frente una larga pista de tierra.

Tras unos dos kilómetros giramos a la izquierda en una bifurcación (km 31,4).
A los 400 metros cruzamos un arroyo y seguimos hasta otra bifurcación (km 32,1), donde tomamos el camino de la derecha.

Continuamos hasta llegar a un puente elevado que cruza las vías del tren de alta velocidad (km 33,7). Tras cruzarlo, seguimos un camino bien señalizado que nos conduce hasta la cercana Tábara.

La bienvenida nos la da su monumento principal: la iglesia románica de Santa María, consagrada en 1137. (Km 35,6, Final de la etapa)








      Tras cruzar la carretera llegamos a la Plaza Mayor. Allí se encuentran el ayuntamiento y la iglesia parroquial de la Asunción. En el centro se alza el monumento dedicado al poeta más ilustre de la villa: León Felipe, nacido aquí.

Para llegar al albergue tomamos la calle Vistahermosa, giramos a la derecha por la calle Sol y continuamos por Calvo Sotelo hasta una fuente. Solo queda tomar la calle Sotillo: al final se encuentra el Albergue de Peregrinos de Tábara, gestionado desde el espíritu de la hospitalidad tradicional por José Almeida, hospitalero y gran defensor de los caminos jacobeos en la provincia de Zamora.

Llegar
no es conquistar una meta.

Llegar
es aprender a descansar
con gratitud.




Iglesia de Santa María
      Iglesia románica declarada Monumento Histórico-Artístico en 1931. Desde el año 2001 acoge la exposición Scriptorium, Tábara Visigoda y Mozárabe, que recorre la historia artística de la zona desde el Imperio Romano hasta el siglo XIV.

Una parte importante de la exposición se centra en el famoso Scriptorium de Tábara, uno de los grandes centros culturales de la Alta Edad Media, donde se elaboraron códices iluminados de enorme relevancia.




El Monasterio de San Salvador y su scriptorium
      La actual iglesia de Santa María se levanta sobre el solar del antiguo Monasterio de San Salvador, un cenobio altomedieval que nunca llegó a reconstruirse tras la destrucción sufrida durante las campañas de Almanzor.

Los orígenes del monasterio se sitúan en la segunda mitad del siglo IX, cuando los monjes San Froilán y San Atilano (futuros obispos de León y Zamora) fundaron una abadía poco después de la victoria cristiana en la Batalla de la Polvoraria.

San Salvador de Tábara, junto al cercano Moreruela de Tábara, se convirtió en un influyente centro de poder y cultura. La tradición habla de hasta 600 religiosos de ambos sexos, cifra difícil de confirmar, pero que revela la importancia que llegó a tener.

Su fama no se debe solo a su vida monástica, sino a su extraordinario scriptorium, especializado en manuscritos iluminados. De aquí salieron obras como el Beato Morgan, el Beato de Gerona y el célebre Beato de Tábara.

En aquel scriptorium trabajaron maestros como Magius y su discípulo Emeterio, con aportaciones de la monja miniaturista Ende y del monje copista Sénior.

El propio Beato de Tábara representa gráficamente el scriptorium, mostrando a copistas trabajando junto a una torre campanario con arcos de herradura, que algunos han querido relacionar con la torre actual del templo.

Lamentablemente, la vida del monasterio fue corta: como otros centros religiosos del entorno, fue pasto de la destrucción durante las razias de Almanzor en su avance hacia Compostela.


León Felipe y la cruz desnuda

      Tábara no solo es piedra antigua y manuscritos.
Tábara es también palabra.

Aquí nació León Felipe, poeta castellano que supo hablar de la vida con un lenguaje claro, humano, sin adornos. Quizá por eso sus versos resuenan tanto en el Camino: porque el peregrino aprende que lo importante no siempre es lo que se lleva… sino lo que se deja atrás.

En este tramo del Sanabrés, donde el paisaje se vuelve sobrio y el silencio acompaña, su poema parece escrito para el caminante.

Porque el Camino también es eso: una cruz sencilla.
Una verdad sin ruido.

Cuando la vida
se queda desnuda,
aparece lo sagrado.


“Una cruz sencilla”
– León Felipe 

Hazme una cruz sencilla,
carpintero...
sin añadidos
ni ornamentos...

Que se vean desnudos
los maderos,
desnudos
y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra;
el astil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos.

Sencilla, sencilla,
hazme una cruz sencilla,
carpintero.


Reflexión
      Hay días en los que el Camino no necesita grandes paisajes para tocar el alma.
Le basta con una recta larga, con un río callado, con un puente…
y con el cansancio que nos deja desnudos.

Hoy, al llegar a Tábara, quizá el peregrino comprenda que su marcha no es una búsqueda de adornos, sino de verdad. Y que la cruz —como el Camino— no se comprende desde fuera: se comprende cuando uno aprende a caminar ligero, humilde y sincero.

Que tu fe sea simple.
Que tu paso sea limpio.
Y que tu corazón,
como esa cruz,
apunte al cielo…
sin dejar de abrazar la tierra.


Tábara > Santa Marta de Tera
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