Información actualizada: 21 de agosto de 2026
La etapa de hoy discurre entre encinares, campos de labor y pequeñas localidades donde el tiempo parece avanzar con la misma calma que el peregrino. Es una jornada cómoda, sin grandes dificultades, ideal para disfrutar del silencio de la naturaleza y dejar que el Camino marque el ritmo de nuestros pasos.
Durante el recorrido encontraremos dos variantes perfectamente señalizadas. En el km 10,5 el Camino se divide: una opción continúa por el trazado tradicional hacia Bercianos de Valverde, mientras que la otra nos conduce hasta Villanueva de las Peras, con la posibilidad de hacer una parada y reponer fuerzas.
Ambos itinerarios vuelven a encontrarse más adelante, km 16 de la jornada.
Al finalizar la jornada alcanzaremos uno de los lugares más emblemáticos del Camino Sanabrés: la iglesia románica de Santa Marta de Tera, donde nos espera la que está considerada la representación en piedra más antigua conocida de Santiago vestido de peregrino.
Un lugar cargado de historia, simbolismo y emoción que bien merece caminar hasta él.
Comenzamos la etapa junto a la iglesia de Santa María de Tábara. También existe un itinerario alternativo desde el albergue, perfectamente señalizado en el mapa de la etapa, que enlaza con el recorrido principal.
Durante los primeros kilómetros seguimos el mismo camino que nos condujo ayer hasta la villa. Tras recorrer aproximadamente un kilómetro y medio llegamos a las vías del AVE. Giramos a la izquierda, cruzamos la carretera ZA-121 y, cuatrocientos metros más adelante, tomamos una pista de tierra a la derecha.
Conviene prestar atención a las flechas amarillas, pues en este tramo se suceden varios cruces de caminos.
Poco después alcanzamos el puente que salva la línea ferroviaria, alrededor del km 4. Desde allí el Camino avanza decidido hacia el norte por amplias pistas de tierra que serpentean entre claros del bosque y encinares.
El paisaje invita a caminar sin prisas, acompañado únicamente por el sonido del viento y el canto de las aves.
La señalización es abundante durante todo este tramo, por lo que no encontraremos dificultades para seguir el itinerario, aunque nunca está de más mantener la atención en las flechas amarillas.
A partir de aquí comenzamos a atravesar terrenos que fueron afectados, en mayor o menor medida, por el incendio de 2022. Las huellas del fuego irán apareciendo poco a poco en el paisaje.
Descendemos por un sendero algo más estrecho hasta regresar de nuevo a una cómoda pista forestal que nos conduce al arroyo de Zamarrilla, salvado mediante una pequeña pasarela de hormigón, alrededor del km 8,7.
Unos kilómetros después alcanzamos la bifurcación, en torno al km 10,5.
Aquí el peregrino debe elegir entre dos caminos, continuar por Bercianos de Valverde o por Villanueva de las Peras.
Aquí el peregrino debe elegir entre dos caminos, continuar por Bercianos de Valverde o por Villanueva de las Peras.
La alternativa de la derecha conduce por el trazado tradicional hasta Bercianos de Valverde, alrededor del km 14,7.
Es un recorrido que atraviesa viñedos y castaños y nos acerca a una pequeña localidad asentada en una ladera bañada por el arroyo Castrón, donde antiguamente existió un molino harinero.
A la entrada del pueblo nos recibe la iglesia parroquial de San Pelayo, un sencillo templo de arquitectura tradicional de la comarca. Su espadaña y su austera fábrica forman parte de ese paisaje rural que acompaña al peregrino durante buena parte de esta etapa.
A la entrada del pueblo nos recibe la iglesia parroquial de San Pelayo, un sencillo templo de arquitectura tradicional de la comarca. Su espadaña y su austera fábrica forman parte de ese paisaje rural que acompaña al peregrino durante buena parte de esta etapa.
Bercianos conserva el encanto de los pequeños pueblos que han sabido mantener su identidad al margen de las grandes rutas. Sin embargo, debemos tener presente que los servicios para el peregrino son muy limitados, por lo que conviene llegar hasta aquí con todo lo necesario.
Desde Bercianos continuaremos hacia Santa Croya de Tera, atravesando nuevamente campos y caminos rurales hasta reencontrarnos con quienes eligieron la otra alternativa.
una pausa en el Camino
Si en la bifurcación del km 10,5 decidimos continuar de frente, nuestro camino nos llevará hasta Villanueva de las Peras, que alcanzaremos alrededor del km 14,3.
Tras cruzar una carretera local en el km 12,5 continuamos por la ZA-120 durante algo más de un kilómetro y medio hasta alcanzar la localidad.
Entramos en el pueblo por la calle Arriba y llegamos a su plaza
Asentada en el valle de Valverde, a orillas del arroyo Castrón, Villanueva de las Peras es uno de esos pueblos donde el Camino parece caminar más despacio. Rodeada por un paisaje sereno, conserva ese encanto sencillo que solo poseen las pequeñas localidades rurales.
Como tantos otros pueblos de esta tierra, ha cambiado con el paso de los años. Algunas viviendas de nueva construcción conviven hoy con las casas tradicionales, reflejo del regreso de quienes un día marcharon buscando oportunidades y decidieron volver a sus raíces. Otros llegan atraídos por la tranquilidad, el silencio y una calidad de vida que difícilmente puede encontrarse en las grandes ciudades.
El peregrino percibe enseguida ese ambiente pausado. Aquí no hay prisas. Las conversaciones transcurren sin mirar el reloj y el tiempo parece detenerse por unos instantes.
Quizá por eso resulta tan agradable hacer un alto en el Camino antes de afrontar los últimos kilómetros de la jornada.
En la plaza encontramos el bar La Plaza, donde podremos descansar y reponer fuerzas con alguna de sus ricas tapas.
Sus propietarios acogieron con enorme cariño a cuantos llamaban a su puerta, dejando una huella imborrable en varias generaciones de caminantes.
Hoy, tras su merecida jubilación, La Moña forma ya parte de la memoria del Camino.
Sin embargo, el albergue de peregrinos La Alameda continúa abierto, atendido con la misma cercanía y hospitalidad por su hija, que mantiene viva esa hermosa tradición de acogida que siempre ha caracterizado a Villanueva de las Peras.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
Sin embargo, el albergue de peregrinos La Alameda continúa abierto, atendido con la misma cercanía y hospitalidad por su hija, que mantiene viva esa hermosa tradición de acogida que siempre ha caracterizado a Villanueva de las Peras.
Dominando la población desde la parte más elevada se alza la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Su silueta destaca sobre los tejados y puede distinguirse desde cierta distancia, convirtiéndose en un punto de referencia para quien se acerca caminando.
Su construcción, de líneas sobrias y elegantes, llama la atención por el gran arco de piedra que sostiene la escalera de acceso a la espadaña, un singular conjunto que le confiere una personalidad propia. El ábside cuadrado, reforzado por sólidos contrafuertes, completa la armonía de un templo que merece una breve visita antes de reemprender la marcha.
Si el acceso permanece abierto, merece la pena subir con calma por la antigua escalera de piedra que conduce hasta la espadaña. Desde allí se disfruta de una hermosa panorámica del valle de Valverde y de los tejados del pueblo.
Es uno de esos pequeños regalos que el Camino reserva a quienes deciden detenerse unos minutos y contemplar el paisaje desde otra perspectiva.
Hay algo difícil de explicar al ascender por esos viejos peldaños de piedra: la sensación de acercarse un poco más al cielo mientras el horizonte se abre silencioso ante nuestros ojos.
Hacia El Tomillar
Abandonamos Villanueva de las Peras siguiendo la carretera y, poco antes de salir del pueblo, nos desviamos hacia la derecha por un camino perfectamente señalizado.
A nuestra izquierda aparecen los viñedos y, junto a ellos, las tradicionales bodegas excavadas en la tierra, silenciosos testigos de una cultura vitivinícola que ha acompañado durante generaciones a los habitantes de esta comarca.
Poco después alcanzamos el km 16, punto donde nuestro camino vuelve a encontrarse con la alternativa que procede de Bercianos de Valverde.
la memoria del fuego
Antes de alcanzar el valle del Tera, el Camino atraviesa el paraje de El Tomillar, un lugar que durante años regaló al peregrino un paisaje de denso monte, poblado de tomillo, jara y encinas.
Hoy, quien camina por aquí todavía puede encontrarse con la huella del terrible incendio de 2022.
Allí donde antes había vida, el fuego dejó durante un tiempo un paisaje negro y desnudo. Las encinas calcinadas, los restos de la vegetación y ese silencio particular que queda después de una catástrofe hacen que caminar por este tramo sea una experiencia difícil de explicar.
Aún hoy, años después, hay rincones que consiguen poner la piel de gallina.
No es una imagen que debamos apartar de nuestra mirada.
También esto forma parte del Camino.
El peregrino que pasa hoy por El Tomillar camina sobre la memoria de aquel fuego y quizá comprenda que la naturaleza, como las personas, necesita tiempo para levantarse después de una herida.
Y hay algo profundamente hermoso en contemplar cómo, poco a poco, la vida intenta regresar. Porque incluso después del fuego, la tierra no renuncia a volver a florecer. Quizá también nosotros deberíamos aprender de ella.
Antes de alcanzar el valle del Tera, el Camino atraviesa el paraje de El Tomillar, un lugar que durante años regaló al peregrino un paisaje de denso monte, poblado de tomillo, jara y encinas.
Hoy, quien camina por aquí todavía puede encontrarse con la huella del terrible incendio de 2022.
Allí donde antes había vida, el fuego dejó durante un tiempo un paisaje negro y desnudo. Las encinas calcinadas, los restos de la vegetación y ese silencio particular que queda después de una catástrofe hacen que caminar por este tramo sea una experiencia difícil de explicar.
Aún hoy, años después, hay rincones que consiguen poner la piel de gallina.
No es una imagen que debamos apartar de nuestra mirada.
También esto forma parte del Camino.
El peregrino que pasa hoy por El Tomillar camina sobre la memoria de aquel fuego y quizá comprenda que la naturaleza, como las personas, necesita tiempo para levantarse después de una herida.
Y hay algo profundamente hermoso en contemplar cómo, poco a poco, la vida intenta regresar. Porque incluso después del fuego, la tierra no renuncia a volver a florecer. Quizá también nosotros deberíamos aprender de ella.
Poco a poco el terreno comienza a descender hacia el fértil valle del río Tera, cuya presencia anuncia que nos acercamos al final de la etapa.
Cruzamos un canal de riego por un pequeño puente y, apenas doscientos metros después, la tierra deja paso al asfalto de la carretera ZA-120, alrededor del km 20,4, que nos conduce hacia Santa Croya de Tera.

Santa Croya de Tera, Km 22,4
Servicios: bar y tiendas de alimentación.
Santa Croya de Tera recibe al peregrino con la tranquilidad de los pueblos que han aprendido a convivir con el paso del río.
Entramos por la calle Mayor hasta alcanzar la plaza del Ayuntamiento y, desde allí, el Camino nos conduce por un agradable paseo ajardinado que discurre junto al Tera, un lugar perfecto para recuperar el aliento antes de afrontar los últimos metros de la jornada.
Situada en la comarca zamorana de Benavente y Los Valles, Santa Croya de Tera ha vivido siempre estrechamente ligada al río, cuya presencia ha marcado la historia, el paisaje y la vida cotidiana de sus habitantes.
La canalización de su cauce permitió crear el hermoso espacio que hoy disfrutan vecinos y peregrinos frente a la Casa Consistorial, convertido en uno de los rincones más agradables de la localidad.
El origen del pueblo se pierde entre la historia y la tradición. Una de las leyendas cuenta que fueron unos pastores procedentes de Santa Marta de Tera quienes, cansados de recorrer cada día la distancia que separaba ambos lugares, decidieron establecer aquí sus hogares junto a sus rebaños.
Su iglesia parroquial, levantada durante el siglo XVI, está dedicada a Santo Tomás Apóstol. Destaca su espadaña, una pila bautismal gótica del siglo XVI y retablos barrocos. Conserva una hermosa imagen de Santa María fechada en el siglo XV, una discreta joya artística que merece unos minutos de contemplación.
Santa Croya mantiene también otra tradición profundamente arraigada: sus bodegas excavadas en la tierra. La naturaleza arcillosa del terreno permitió a sus habitantes construir estos singulares espacios subterráneos que durante generaciones sirvieron para elaborar y conservar el vino.
Conviene hacer aquí la última parada de la jornada para abastecerse, especialmente si necesitamos comprar alimentos, ya que en Santa Marta de Tera los servicios para el peregrino son muy limitados.
Para tapear, tomar algo podemos dirigirnos al bar As de Copas situado en las antiguas escuelas del pueblo, cercano al ayuntamiento.
Abandonamos el pueblo siguiendo el agradable paseo junto al río. El rumor del agua nos acompaña durante estos últimos pasos, como si quisiera conducirnos lentamente hacia el final de la etapa.
Cruzamos el puente sobre el Tera y, apenas unos minutos después, aparece ante nosotros la pequeña localidad de Santa Marta de Tera.
Santa Marta de Tera, Km 23
Después de una jornada serena entre encinas, viñedos y pequeños pueblos, el Camino nos conduce hasta uno de los rincones más queridos y emblemáticos del Camino Sanabrés.
Al llegar, lo primero será acercarnos a la oficina de atención al peregrino, donde podremos sellar nuestra credencial y recibir las indicaciones necesarias para acceder al albergue municipal. Allí encontraremos también a quienes, con sencillez y cercanía, reciben y orientan a quienes llegan hasta este pequeño rincón del Camino.
Quizá no lleven el nombre de hospitaleros, pero hay gestos que no necesitan título alguno. Una palabra amable, una sonrisa, unos minutos dedicados al peregrino… después de una larga jornada pueden convertirse en uno de esos pequeños regalos que permanecen para siempre en la memoria.
Porque hay personas que hacen que uno vuelva a sentirse peregrino cuando el cansancio empieza a pesar.
Santa Marta de Tera no impresiona por el tamaño de la localidad ni por la grandiosidad de sus construcciones. Lo hace por algo mucho más difícil de explicar: la paz que envuelve a quien se detiene unos minutos ante su iglesia.
La piedra conserva todavía el frescor de los siglos. La luz penetra suavemente por los pequeños vanos del templo mientras nuestros ojos se acostumbran poco a poco a la penumbra. Es entonces cuando comprendemos que este lugar no fue construido únicamente para admirarlo, sino también para invitar al peregrino al recogimiento.
Pero el verdadero encuentro aún nos espera fuera.
Al salir de la iglesia debemos rodearla por el lado izquierdo, caminando junto al pequeño camposanto, hasta alcanzar la portada meridional.
La piedra conserva todavía el frescor de los siglos. La luz penetra suavemente por los pequeños vanos del templo mientras nuestros ojos se acostumbran poco a poco a la penumbra. Es entonces cuando comprendemos que este lugar no fue construido únicamente para admirarlo, sino también para invitar al peregrino al recogimiento.
Pero el verdadero encuentro aún nos espera fuera.
Al salir de la iglesia debemos rodearla por el lado izquierdo, caminando junto al pequeño camposanto, hasta alcanzar la portada meridional.
Y allí está.
En el exterior del templo nos espera la imagen de Santiago Peregrino, considerada la representación en piedra más antigua conocida del Apóstol vestido con atuendo de peregrino.
Con la mano derecha apoyada en el bordón y la izquierda levantada en actitud de bendición, lleva el zurrón cruzado al hombro, adornado con la tradicional concha de vieira. El bordón, deteriorado por el paso del tiempo, conserva incompleta su parte superior.
Durante casi mil años ha permanecido aquí contemplando el paso de generaciones enteras de peregrinos.
Han cambiado los caminos,
las mochilas, los idiomas
y las fronteras,
pero él continúa señalando
la misma dirección:
el oeste, Compostela.
Porque, aunque Compostela continúa lejos, aquí uno tiene la certeza de encontrarse ya bajo la mirada del Apóstol.
Quizá por eso Santa Marta de Tera ocupa un lugar tan especial en el corazón de quienes recorren el Camino Sanabrés.
No es solo una iglesia románica.
Es un encuentro.
Es el momento en que el peregrino comprende que nunca ha caminado completamente solo.
Quizá por eso Santa Marta de Tera ocupa un lugar tan especial en el corazón de quienes recorren el Camino Sanabrés.
No es solo una iglesia románica.
Es un encuentro.
Es el momento en que el peregrino comprende que nunca ha caminado completamente solo.
Si tienes la fortuna de llegar a Santa Marta de Tera en torno a los equinoccios de primavera u otoño, procura entrar en la iglesia a primera hora de la mañana.
Lo que allí sucede es uno de esos pequeños milagros que el Camino regala a quienes saben detenerse.
El templo permanece en silencio. Apenas se escucha nada. Poco después de las ocho y media de la mañana, un fino haz de luz atraviesa el pequeño óculo abierto en el ábside y comienza lentamente su recorrido por el interior de la iglesia.
No ilumina de golpe todo el templo. Avanza poco a poco hasta alcanzar uno de los capiteles, conocido como el capitel del alma justa, o de la ascensión del alma.
Durante unos instantes, la luz transforma la piedra y hace destacar la figura representada en él: un personaje asexuado dentro de una mandorla, sostenido por dos ángeles.
La tradición ha identificado esta figura con el alma de Santa Marta elevada a los cielos, aunque también existen estudiosos que la interpretan como una representación de Cristo resucitado.
Durante unos breves instantes, el dorado de la piedra cobra vida mientras el resto del templo permanece en una serena penumbra.
El silencio parece hacerse todavía más profundo y el tiempo deja de tener importancia.
El fenómeno se produce en torno a los equinoccios de primavera y otoño, cuando la luz del sol naciente penetra por el óculo y alcanza el capitel siguiendo un recorrido cuidadosamente condicionado por la orientación del templo.
Durante siglos, este extraordinario fenómeno permaneció olvidado.
Fue en 1997 cuando el entonces párroco de Santa Marta de Tera, don Julián Acedo Carbajo, redescubrió aquella luz y contribuyó a dar a conocer el fenómeno que hoy atrae la atención de peregrinos, visitantes e investigadores.
Gracias a aquella mirada atenta, Santa Marta de Tera dejó de ser únicamente una joya del románico zamorano para convertirse también en uno de los lugares más singulares y fascinantes del Camino Sanabrés.
Quizá ese rayo de luz también tenga algo que decir al peregrino.
El Camino, como esa claridad que atraviesa el pequeño óculo, rara vez ilumina toda nuestra vida de una vez. Normalmente solo alumbra el siguiente paso.
Y casi siempre es suficiente.
Lo que allí sucede es uno de esos pequeños milagros que el Camino regala a quienes saben detenerse.
El templo permanece en silencio. Apenas se escucha nada. Poco después de las ocho y media de la mañana, un fino haz de luz atraviesa el pequeño óculo abierto en el ábside y comienza lentamente su recorrido por el interior de la iglesia.
No ilumina de golpe todo el templo. Avanza poco a poco hasta alcanzar uno de los capiteles, conocido como el capitel del alma justa, o de la ascensión del alma.
Durante unos instantes, la luz transforma la piedra y hace destacar la figura representada en él: un personaje asexuado dentro de una mandorla, sostenido por dos ángeles.
La tradición ha identificado esta figura con el alma de Santa Marta elevada a los cielos, aunque también existen estudiosos que la interpretan como una representación de Cristo resucitado.
Durante unos breves instantes, el dorado de la piedra cobra vida mientras el resto del templo permanece en una serena penumbra.
El silencio parece hacerse todavía más profundo y el tiempo deja de tener importancia.
El fenómeno se produce en torno a los equinoccios de primavera y otoño, cuando la luz del sol naciente penetra por el óculo y alcanza el capitel siguiendo un recorrido cuidadosamente condicionado por la orientación del templo.
Durante siglos, este extraordinario fenómeno permaneció olvidado.
Fue en 1997 cuando el entonces párroco de Santa Marta de Tera, don Julián Acedo Carbajo, redescubrió aquella luz y contribuyó a dar a conocer el fenómeno que hoy atrae la atención de peregrinos, visitantes e investigadores.
Gracias a aquella mirada atenta, Santa Marta de Tera dejó de ser únicamente una joya del románico zamorano para convertirse también en uno de los lugares más singulares y fascinantes del Camino Sanabrés.
Quizá ese rayo de luz también tenga algo que decir al peregrino.
El Camino, como esa claridad que atraviesa el pequeño óculo, rara vez ilumina toda nuestra vida de una vez. Normalmente solo alumbra el siguiente paso.
Y casi siempre es suficiente.
El Camino sigue hacia el oeste.
El corazón... quizá ya camine un poco más cerca del cielo.
Hay etapas que terminan cuando dejamos de caminar. Y hay otras que, aunque lleguen a su último kilómetro, continúan caminando dentro de nosotros. Santa Marta de Tera es una de ellas.
Después de veintitrés kilómetros entre encinas, viñedos, pequeños pueblos y las heridas todavía visibles del fuego, llegamos hasta una iglesia que lleva casi mil años contemplando el paso de los peregrinos.
Aquí nos encontramos
con Santiago.
La fe, la esperanza y la hospitalidad, igual que las piedras del Camino, solo permanecen vivas cuando alguien las cuida y las transmite a quienes vienen detrás.
Hoy hemos llegado a Santa Marta de Tera. Mañana volveremos a caminar.
Pero esta noche, quizá, lo que toca no sea pensar en los kilómetros que faltan.
Quizá sea simplemente descansar. Y dejar que todo lo vivido durante la jornada encuentre su lugar dentro de nosotros.
Porque también se peregrina cuando uno permanece quieto.
Ultreia
>>> 11,2 km <<<
>>> 13,3 km <<<
>>> 22,4 km <<<
>>> 28,5 km <<<
>>> 38 km <<<
































