Etapa 25: Santa Marta de Tera > Rionegro del Puente


Información actualizada: 21 de septiembre de 2026



      A
ntes de comenzar nuestra etapa de hoy, volvemos una vez más a la iglesia de Santa Marta de Tera.

Nos despedimos del Apóstol Santiago y, ante su imagen, le pedimos fuerzas para continuar nuestro camino y que nos acompañe y proteja en los kilómetros que tenemos por delante.

Quizá todavía no sabemos que, al terminar esta jornada, llegaremos a un lugar cuya historia está profundamente unida a la acogida del peregrino.
Pero vayamos paso a paso.

Camino junto al Tera

      S
alimos de la plaza por la calle Río, rumbo al oeste. Poco a poco dejamos atrás las últimas casas y, casi sin darnos cuenta, el río Tera comienza a convertirse en nuestro compañero de camino. Durante un largo tramo avanzaremos junto a su cauce, que discurre a nuestra izquierda, entre bosques de ribera y plantaciones de chopos.




      Es uno de esos comienzos de etapa en los que conviene no tener demasiada prisa. El paisaje invita a respirar profundamente y a dejar que el silencio vaya ocupando el espacio que dejamos atrás. Las flechas amarillas y los distintos desvíos, bien señalizados, serán nuestra guía.


      Todavía llevamos en la memoria la imagen de Santiago antes de partir, y quizá eso haga que estos primeros kilómetros tengan algo especial.

Después de unos seis kilómetros llegamos a la playa fluvial de Camarzana de Tera. El sendero nos lleva hasta la carretera, que tomaremos hacia la izquierda para cruzar el río por el puente.

Nada más cruzarlo, abandonamos el asfalto por un desvío a la derecha. Un monolito de la Fundación Ramos de Castro, con la inscripción Pumarejo de Tera, nos indica el camino que debemos tomar.

Y aquí comienza uno de esos tramos que, especialmente en otoño, pueden quedarse para siempre en nuestra memoria.

El camino se interna entre los chopos.



      Si hemos madrugado, este tramo puede convertirse en uno de esos pequeños regalos que el Camino guarda para quien sabe mirar. 

Los primeros rayos de sol atraviesan las copas de los árboles y convierten el bosque en una sucesión de luces doradas. El viento mueve las hojas y, una tras otra, van cayendo a nuestro paso, como si el bosque quisiera ofrecernos una pequeña danza de bienvenida.

Caminamos sobre una alfombra de hojas ocres, con el musgo blando bajo nuestros pasos. Durante unos instantes parece que el Camino nos ha apartado del mundo y solamente existen el sendero, los árboles, el sonido de nuestros pasos y el murmullo del río.


      P
ero todo paisaje cambia. Poco a poco la frondosidad del bosque va dejando paso a un espacio más abierto, hasta que llegamos de nuevo a una carretera. Otro monolito de granito de la Fundación Ramos de Castro nos anuncia que estamos entrando en tierras de Calzadilla de Tera.

Hemos recorrido ya unos 9,5 kilómetros.



      S
eguimos la carretera hacia la derecha y, poco más de seiscientos metros después, las flechas amarillas nos indican que debemos desviarnos nuevamente hacia la derecha, junto a un canal de riego.

Una pequeña indicación práctica: quienes tengan pensado alojarse en el albergue de Calzadilla pueden continuar por la carretera, ya que se encuentra a menos de un kilómetro.

Nosotros tomamos el desvío a la derecha y seguimos las flechas junto al canal de riego. Después de aproximadamente medio kilómetro, cruzamos un puente que salva el canal y entramos en Calzadilla de Tera.

Hemos llegado al kilómetro 11 de nuestra etapa.




Servicios en la localidad:
Albergue de peregrinos, Supermercado

Calzadilla de Tera
Mirar atrás

      Calzadilla es uno de esos lugares en los que, si nos detenemos un poco, descubrimos que bajo un pequeño pueblo puede esconderse una historia mucho más grande.

Por aquí han pasado diferentes culturas.
De época celta quedan referencias a la zona de la Cancilla, sobre las Peñas del Cirillico, donde se encuentran antiguos petroglifos. Entre sus símbolos aparece la media luna, que con el paso del tiempo la tradición relacionó con la herradura del caballo de Santiago y también con la pisada de una oveja.

Después llegaron los romanos. Por estas tierras discurría la antigua Vía Augusta XVII, que comunicaba Astorga con Braga.
Más tarde encontramos también relatos relacionados con la presencia musulmana, como los de la llamada Casa del Moro, en la cuesta Centinela.

Y después, como tantas veces ocurre en el Camino, la historia vuelve a encontrarse con la tradición jacobea.
Aquí están las Santas Justa y Rufina, patronas de Calzadilla, y aquí encontramos también a la Virgen de la O.

A las afueras del pueblo permanecen las ruinas de la antigua iglesia de Santa Justa y Santa Rufina, cuyo esbelto campanario todavía nos permite imaginar cómo debió ser aquel templo.

Su antiguo retablo barroco, rehabilitado en 1773, se conserva actualmente en la iglesia nueva, construida con la colaboración de los propios vecinos.
Junto a ella encontramos también una ermita dedicada a la Virgen de la O.



      Y 
aquí aparece una de esas pequeñas cosas que el Camino parece guardar para quien sabe mirar.

Si hemos comenzado nuestro Camino en Sevilla, seguramente recordaremos aquellos primeros pasos. Salimos de la ciudad, cruzamos el Guadalquivir por el puente de Triana y, ya en la calle Castilla, encontramos la iglesia de la Virgen de la O, tan querida y venerada en Sevilla. Ahora, muchos kilómetros después, volvemos a encontrarnos con la Virgen de la O.

Quizá sea solamente una coincidencia. O quizá sea una de esas pequeñas cosas que el Camino va dejando a nuestro paso para recordarnos de dónde venimos.

Porque caminar también es eso:
avanzar sin olvidar el lugar desde el que comenzamos.

El Camino tiene estas cosas. A veces nos hace mirar hacia Santiago, pero otras veces nos invita a volver la vista atrás y descubrir que, desde que salimos de Sevilla, hemos recorrido mucho más que kilómetros.

La tradición de las Santas Justa y Rufina nos lleva también hacia el sur.

Se cuenta que su devoción pudo llegar hasta estas tierras a través de los movimientos de población y de las comunicaciones medievales. La tradición relaciona también su presencia con la alfarería, oficio al que estuvieron vinculadas las dos santas sevillanas y que tuvo gran importancia en la ribera del Tera.

Sea cual sea el camino exacto por el que llegaron sus nombres hasta aquí, lo hermoso es descubrir que, después de tantos siglos, dos mártires sevillanas siguen formando parte de la vida de este pequeño pueblo zamorano.

También merece nuestra atención la antigua Casa Rectoral, con su pequeño campanín rematado con azulejos de inspiración andaluza y su construcción tradicional de piedra y mampostería.

Calzadilla conserva además algunas de esas casas de adobe y paja que nos recuerdan la arquitectura tradicional de estas tierras.

      Salimos de Calzadilla por la travesía de la Iglesia y volvemos a encontrarnos con el canal de riego. Lo cruzamos por un puente, las flechas nos indican continuar de frente por un camino de tierra, después de unos 250 metros llegamos a una bifurcación. Tomamos el camino de la izquierda, nos espera Olleros de Tera.

Llegamos a Olleros alrededor del kilómetro 13.



Servicios en la localidad:
Casa Rural

Olleros de Tera
La tierra y sus historias

      E
l propio nombre del pueblo nos habla de una antigua tradición alfarera, relacionada con la elaboración de ollas y otras piezas de barro.

Es curioso cómo algunos pueblos conservan su historia en el propio nombre. A veces basta con detenerse un momento y preguntarse por qué se llama así el lugar que estamos atravesando.

También es una zona de abundante vegetación y fauna. Si caminamos temprano o al caer la tarde, estas tierras pueden sorprendernos con la presencia de zorros, liebres, perdices, buitres, ciervos, jabalíes y otros animales que encuentran refugio en sus dehesas y montes.

El recorrido por la población nos lleva hasta la iglesia de San Miguel. Si continuamos por la calle y cruzamos la carretera encontraremos el único alojamiento de la localidad, la casa rural Casa Julia.


      D
esde la iglesia retrocedemos unos metros y tomamos a la izquierda la calle de la Fuente. Atravesamos el pueblo y salimos nuevamente al campo.

Cruzamos una carretera y continuamos por una pista asfaltada, rodeados de pequeñas viñas bien cuidadas y algunos manzanos.
Y entonces aparece ante nosotros una imagen que nos anuncia que estamos llegando a otro de los lugares especiales de esta jornada.

El Santuario de Nuestra Señora del Agavanzal. Kilómetro 15.


La Virgen del Agavanzal
Una leyenda en el Camino

      Como sucede tantas veces en el Camino, este lugar tiene también su propia historia.

Se cuenta que un caballero llamado Don Diego de Bustamante cabalgaba en dirección a Toro cuando se encontró con una blanca paloma.

El ave comenzó a volar delante de él, dejándose acercar para después escapar justo cuando intentaba atraparla.

Así continuó durante un largo trecho, hasta que finalmente la paloma se dejó apresar entre unas agavanzas, el escaramujo o rosal silvestre.

El caballero la encerró y continuó su camino. Pero poco después la paloma volvió a escapar. Y comenzó de nuevo el juego.

Finalmente, en el mismo lugar, entre las agavanzas, la paloma se dejó atrapar por segunda vez.

Fue entonces cuando, según la leyenda, una voz sobrenatural pronunció unas palabras: «Agavanzal, del Agavanzal soy».

Sorprendido, el caballero buscó entre las espinas y encontró una hermosa imagen de la Reina de los Cielos. Decidió entonces levantar allí mismo una ermita para custodiarla.

Después, cuando se construía el templo, la tradición cuenta que se envió desde Toro un carro cargado de monedas para sufragar las obras.

Los arrieros que lo conducían, tentados por la riqueza, decidieron quedarse con ella y desviarse hacia Portugal, pero las mulas se negaron. Por más que intentaron obligarlas, los animales permanecieron en el camino correcto y terminaron llevando el carro hasta su destino.

Y así, entre palomas, agavanzas, mulas testarudas y una imagen encontrada entre las ramas, nació la tradición que todavía acompaña a este santuario.

Quizá alguno de nosotros sonría al escuchar la historia.

Pero eso también es el Camino.

No todas las historias necesitan que decidamos si sucedieron exactamente así. Algunas simplemente forman parte de la memoria de un lugar y han llegado hasta nosotros porque alguien, generación tras generación, decidió seguir contándolas. Y nosotros, como peregrinos, también podemos llevarlas un poco más lejos.


Hacia el embalse
      Nos despedimos del santuario y continuamos por una pista de tierra hacia la presa. 
Los mojones con flechas amarillas nos indican el camino.


          Pero aquí tenemos una pequeña elección.

La más sencilla es continuar por la pista principal hasta llegar a la presa. Unos 800 metros después del santuario aparece una alternativa que permite evitar el rodeo que supone la pista. No está tan señalizada como el itinerario principal y no es aconsejable para ciclistas, pero para quien camina puede convertirse en uno de los tramos más bonitos de la jornada.



      El sendero desciende hacia el río Tera y se abre paso entre robles y matorral autóctono.

Durante aproximadamente un kilómetro y medio caminaremos junto al río por una senda que, aunque en algunos puntos puede aparecer algo desdibujada, tiene un encanto especial.

Después llegaremos a una carretera que tomaremos hacia la izquierda para alcanzar la presa del embalse, alrededor del kilómetro 17,3.

Por el itinerario principal, siguiendo los mojones, recorreremos aproximadamente un kilómetro más.



El embalse
Mirar atrás
      C
ruzamos la presa del Embalse de Nuestra Señora del Agavanzal.

Y aquí merece la pena detenerse un momento. No solamente para contemplar el agua y el paisaje. También para mirar atrás.

Desde este punto podemos volver la vista hacia una parte del camino que acabamos de recorrer. Y quizá nos suceda algo que ocurre muchas veces en el Camino. Cuando comenzamos una etapa solo vemos lo que tenemos delante.

Pero al mirar atrás descubrimos cuánto hemos avanzado. A veces necesitamos alejarnos de nuestros propios pasos para comprenderlos.

Nos ocurre también en la vida. Seguimos caminando, preocupados por los kilómetros que todavía faltan, sin darnos cuenta de todo lo que ya hemos sido capaces de recorrer.

El Camino nos enseña a mirar hacia Santiago, pero también nos concede estos pequeños momentos para mirar hacia atrás y sentirnos agradecidos.

      Después de cruzar la presa giramos a la izquierda por una pista asfaltada que bordea el embalse. Poco a poco las aguas quedan atrás y llegamos a una estrecha carretera comarcal.

La seguimos hacia la izquierda y, apenas 300 metros después, entramos en Villar de Farfón. La iglesia está a unos 50 metros.

Hemos recorrido unos 22 kilómetros.






Un lugar que hace Camino

     El pueblo es pequeño, muy pequeño, y quizá precisamente por eso conserva algo que en otros lugares vamos perdiendo: la sensación de que aquí las cosas todavía tienen su propio ritmo.

No encontraremos grandes edificios ni demasiadas cosas que distraigan nuestra atención. Solo un pequeño pueblo, una iglesia y el silencio que tantas veces agradecemos los peregrinos. Pero a veces el Camino nos demuestra que no necesitamos mucho para encontrar lo que buscamos.

La pequeña iglesia de San Pedro merece una visita. Su planta de cruz latina y cabecera recta resulta singular dentro del románico de la región y se considera que pudo seguir el trazado de un templo anterior.

En su portada encontramos además una interesante iconografía con dos figuras en alto relieve, una de ellas Santiago Apóstol.

Después de la iglesia continuamos por la calle Travesía de la Iglesia hasta la última casa del pueblo.





      Allí encontramos Rehoboth, un pequeño albergue rural de acogida cristiana atendido por Craig Wallace y Dorothea.

Ellos mismos conocieron el Camino antes de establecerse aquí. Después compraron una antigua casa de labranza prácticamente derruida y la fueron reconstruyendo hasta convertirla en su hogar.

Y junto a su casa crearon también un espacio para el peregrino.
Y quizá esto sea lo verdaderamente hermoso.
No llegaron hasta aquí para construir un gran alojamiento. Construyeron una casa. Y después hicieron algo todavía más sencillo: abrieron su puerta.

Eso es Rehoboth. Un lugar donde el peregrino puede detenerse, descansar y recuperar fuerzas.

Y quizá por eso, cuando salimos de allí, llevamos algo más que el cuerpo descansado. Llevamos la sensación de haber sido acogidos.

La vida de Craig está también marcada por el servicio. Nacido en África Central, pasó años como misionero en la India, entre ellos una etapa en Varanasi junto a las Misioneras de la Caridad.

No necesitamos conocer mucho más para entender que aquella puerta abierta al peregrino no apareció por casualidad.

Es una manera de entender la vida. Y el Camino.

Salimos de Villar de Farfón.

      Todavía nos quedan unos seis kilómetros para llegar a Rionegro del Puente.

El camino asciende suavemente entre pinos, robles y encinas. Es un tramo bonito y silencioso. Quizá después de todo lo vivido durante la jornada agradezcamos simplemente caminar. Sin más.



Rionegro del Puente
Una historia de acogida

      Poco a poco comenzamos a acercarnos a Rionegro. Primero aparecen algunas naves y construcciones en las afueras. Después cruzamos el río Negro por una pequeña pasarela de hormigón y pasamos bajo el arco del puente de la N-525. Y entonces aparece ante nosotros una imagen que anuncia que la etapa está llegando a su fin. La torre, de más de veinte metros de altura, del Santuario de Nuestra Señora de la Carballeda.

Hemos llegado.

Y quizá ahora comprendamos que no era casualidad que esta mañana nos despidiéramos de Santiago pidiéndole que nos acompañara y protegiera.
Porque hemos llegado a un lugar cuya historia está unida, desde hace siglos, a la acogida del peregrino, el Santuario de Nuestra Señora de la Carballeda.







Servicios en la localidad:
Albergue de peregrinos, Restaurante, Bar

Rionegro del Puente
Una historia de acogida

      Después de 28 kilómetros, quizá lo primero que nos apetezca sea dejar la mochila y descansar, el albergue lo tenemos frente a nosotros, junto a la carretera, la puerta abierta, invitándonos a entrar.

El actual albergue de peregrinos está gestionado por voluntarios de la Cofradía de los Falipos y se encuentra en el entorno de la antigua Casa de la Virgen, a pocos metros del santuario.

El edificio fue construido inicialmente como hospital y albergue de peregrinos.
Durante el último siglo tuvo también otros usos: fue escuela y casa de comidas.
Pero en 2006 recuperó su cometido inicial, volvió a estar al servicio del peregrino. Y eso hace que este lugar tenga algo especial.

Cuando hoy entramos en él después de nuestra jornada, no estamos simplemente ocupando una cama. Estamos entrando en un espacio que nació con una finalidad muy parecida a la que todavía conserva:
dar cobijo a quien camina.


Santuario de Nuestra Señora
de la Carballeda

      Frente a nosotros se levanta el Santuario de Nuestra Señora de la Carballeda. Sus orígenes se remontan al siglo XIII y están relacionados con el Camino de Santiago.

Según la tradición, todo comenzó cuando tres peregrinos intentaban atravesar el río Negro, crecido y peligroso.

La Virgen se habría aparecido sobre un roble, un carballo, y les habría indicado que extendieran sus capas sobre el agua para poder cruzarlo. Los peregrinos consiguieron ponerse a salvo y, agradecidos, recibieron la petición de levantar allí una ermita. La Virgen quería ser patrona de los pueblos cercanos y alivio de los peregrinos que pasaran por aquel lugar.

Así habría nacido la primera iglesia dedicada a la Virgen de la Carballeda.

Después vinieron los siglos. El templo fue creciendo, transformándose y ampliándose, sostenido por la Cofradía de los Falipos y por las aportaciones de familias nobles como los Losada y los Lobato.

Hoy encontramos un gran santuario de tres naves, en el que conviven elementos de diferentes épocas. Pero quizá no necesitemos comprender toda su arquitectura para sentir lo que este lugar significa.
Basta con entrar.


La luz que atraviesa las sencillas vidrieras rompe suavemente la penumbra y llena el templo de una calma especial.

Y allí, presidiendo el retablo mayor, encontramos a la Virgen de la Carballeda, una talla románica de mediados del siglo XIII.

La imagen sufrió en época barroca una profunda transformación para convertirla en una imagen vestidera, pero bajo el manto y los añadidos continúa aquella antigua imagen que lleva tantos siglos mirando pasar a quienes llegan hasta aquí.

También encontramos el llamado Tumbo, una pieza de madera de nogal realizada en 1722 por Tomás Montesino y encargada por la Cofradía de los Falipos.
Tiene unos cinco metros de altura y está coronado por una alegoría de la muerte.
Antiguamente tenía ruedas y era llevado en procesión.

Pero la historia más importante de Rionegro quizá no esté en sus piedras.
Está en las personas que durante siglos hicieron posible que el peregrino siguiera caminando.

Los Falipos
Cuidar del que camina

      La historia de la Cofradía de los Falipos o Farapos está íntimamente ligada a la del santuario. Su misión era facilitar el tránsito de los caminantes y ofrecer alojamiento a los peregrinos. Pero su labor iba mucho más allá. Socorrían a los enfermos, acogían a niños expósitos, construían y reparaban caminos y puentes, mantenían hospitales y costeaban amas de cría. Cuidaban del Camino cuidando de las personas que lo recorrían.

Los Falipos aparecen documentados al menos desde 1324, aunque la tradición habla de una existencia mucho más antigua. Incluso su propio nombre nos habla de una costumbre muy particular.

El falipo o farrapo era el mejor vestido que poseía el cofrade y que dejaba destinado para ser entregado a la cofradía después de su muerte. La familia lo entregaba y posteriormente era subastado durante la festividad de la Virgen de la Carballeda.

Una costumbre sencilla que encierra una idea profunda: aquello que uno posee puede seguir sirviendo a otros incluso después de haber abandonado este mundo.

La cofradía continúa existiendo hoy y celebra su fiesta el tercer domingo de septiembre, con romería, novena y feria.
Y nosotros, tantos siglos después, seguimos llegando hasta aquí con nuestra mochila a cuestas.

La antigua iglesia de Santiago

      De aquella antigua iglesia románica apenas queda en pie su majestuosa espadaña. El templo quedó prácticamente destruido tras sufrir un devastador incendio a principios del siglo XX.

El resto del templo fue desapareciendo con el paso de los siglos, mientras el santuario de la Carballeda iba adquiriendo cada vez mayor importancia.

Pero la espadaña permaneció.
Y merece la pena acercarse a ella.

Unas escaleras de piedra permiten subir hasta el cuerpo de campanas, donde todavía permanecen sus dos campanas. Desde allí, cuando el día comienza a despedirse, el cielo se va tiñendo lentamente de tonos rojizos y violetas.

El sol desaparece.
El pueblo queda abajo.
Y durante unos instantes quizá todo lo demás deje de tener importancia.

Después de 28 kilómetros, subir hasta allí y contemplar el atardecer puede convertirse en uno de esos recuerdos que permanecen mucho tiempo después de haber terminado el Camino.



Comer y descansar en Rionegro

      Y como el peregrino también necesita cuidar el cuerpo después de una jornada larga, Rionegro nos ofrece algunos servicios que conviene conocer.

Para comer encontramos "Me Gusta Comer", actualmente el único establecimiento de la localidad donde podemos hacerlo.

Pero más que hablar simplemente de un restaurante, merece la pena hablar de Teo, su propietario y chef.

Para el peregrino puede convertirse en una parada especial. Teo prepara un menú especial pensado para quienes llegan caminando, y sentarse a su mesa después de una jornada de 28 kilómetros es una de esas pequeñas cosas que agradecemos.

Porque la acogida no siempre tiene la forma de una cama.
A veces tiene la forma de un plato caliente.
De una conversación.
De alguien que sabe que vienes cansado.

En Rionegro encontramos también el bar La VeredaSu existencia responde a una iniciativa del Ayuntamiento ante la falta de establecimientos de este tipo, después del cierre de los anteriores por jubilación de sus propietarios.

Para el peregrino es un servicio sencillo, pero importante.
Porque en la Vía de la Plata sabemos que no siempre encontraremos muchos lugares donde parar.
Y cuando aparecen, los agradecemos.

Reflexión
del peregrino

      A veces pensamos que la hospitalidad del Camino consiste simplemente en encontrar un lugar donde dormir.
Pero cuando conocemos la historia de lugares como Rionegro del Puente comprendemos que es algo mucho más profundo.

Durante siglos hubo personas que dedicaron parte de su vida y de sus bienes a cuidar de quienes caminaban hacia Santiago.Hoy somos nosotros quienes recibimos esa ayuda. Y quizá algún día, de una manera u otra, nos corresponda devolverla.

No hace falta construir un hospital, reparar un puente ni fundar una cofradía.
A veces basta con algo mucho más sencillo: abrir una puerta, compartir una mesa, ofrecer una palabra amable o tender una mano cuando otro peregrino la necesita.

Porque el Camino también se mantiene vivo de esa manera. Quizá esa sea una de las cosas que esta etapa quiere enseñarnos. Que caminar hacia Santiago no consiste solamente en avanzar. También consiste en aprender a acoger y a dejarnos acoger. Y que, después de tantos siglos, seguimos necesitando exactamente lo mismo que aquellos peregrinos que llegaron antes que nosotros:

un camino abierto por el que pasar, una mano tendida que nos ayude, y una puerta abierta a la hospitalidad.

ETAPA 26
Rionegro del Puente > Asturianos
26 km

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