Etapa 15: Carcaboso > Aldeanueva del Camino




Información actualizada: 12 de octubre de 2025




Jarilla (Hostal Asturias)


      Nos espera hoy una etapa larga, casi 40 kilómetros, pero con recompensas históricas y paisajísticas que justifican cada paso. Desde la salida en Carcaboso nos adentramos en dehesas, praderas y caminos flanqueados por muretes de piedra, cruzando arroyos y pequeñas cancela, testigos de la vida rural que nos rodea.

La jornada combina historia y naturaleza: desde los vestigios romanos de la Vía de la Plata y los miliarios que encontramos a nuestro paso, hasta el espectacular y singular Arco Tetrapylon de Cáparra y su puente bimilenario sobre el río Ambroz. Pequeños hitos que invitan al peregrino a detenerse, contemplar y conectar con la memoria del Camino.

El itinerario nos ofrece alternativas: para quienes necesiten acortar la jornada, Oliva de Plasencia ofrece albergue y servicios; para los más perseverantes, Aldeanueva del Camino nos espera con su historia milenaria.

Recuerda que en etapas largas, cada paso requiere conciencia: hidrátate, observa el paisaje, respira profundamente y permite que la calma del Camino acompañe tu cuerpo y tu espíritu.


«Hoy caminaré con calma. No importa la distancia si mi espíritu avanza.»

 

¿Cuánto falta? —pregunta la parte impaciente del peregrino.

Lo que haga falta. El tiempo que necesite mi alma —responde la parte que ya ha comprendido que el Camino no se mide solo en kilómetros.



      Nuestros primeros pasos parten de la Iglesia de Santiago, junto a su cruz de piedra, donde muchos peregrinos hacen un alto para pedir al Apóstol fuerza y amparo en esta jornada exigente. No es solo un gesto devocional, es también un compromiso silencioso con uno mismo: caminar con constancia, humildad y gratitud.

La calle Real nos conduce hasta la plaza de España, corazón de Carcaboso, y desde allí tomamos la calle Pozo, que nos lleva a un conjunto singular: las tres cruces de piedra. Formaban parte de un antiguo Vía Crucis simplificado que, aunque reducido, sigue conservando su valor histórico y espiritual como recordatorio del sacrificio y la esperanza. Al lado, un sobrio cubo de granito, marcado con flechas amarillas, nos señala el rumbo a seguir: la Vía de la Plata nos espera, y con ella todo lo que hoy está por vivir.

 


      A poco más de un kilómetro, llegamos a un cruce. De frente, un camino alternativo acorta algo la distancia, pero se aparta del trazado histórico. El sendero de la derecha es el que sigue la señalización jacobea y el más recomendable. Ambos se reencuentran varios kilómetros después, junto a una cancela tras cruzar una pista asfaltada.

En esta jornada será habitual abrir rejas y portones. Recuerda cerrarlos siempre: es un gesto sencillo que evita que el ganado escape y que el trabajo de los pastores se vea comprometido.




      Por la carretera continuaremos unos 100 m, la dejamos tras llegar a una verja (km 5,4 de la etapa). Una vez traspasada, continuamos por una pista en leve ascenso hasta alcanzar un mojón informativo. El sendero nos lleva junto a un murete de piedra y, tras cruzar una nueva cancela, encontramos un miliario tumbado (km 8,2).

La Vía de la Plata es la calzada romana que conserva el mayor número de miliarios de toda Europa. Se han localizado más de 200, entre completos y fragmentos, además de canteras de producción y depósitos para su posterior distribución.

Abrir y cerrar estas verjas no es solo un gesto práctico: en el Camino, cada portón que dejamos atrás nos recuerda que también en la vida es necesario cerrar etapas para seguir avanzando, siempre con respeto por lo que dejamos a nuestro paso.







      Abrimos y volvemos a cerrar la cancela, continuando por el sendero entre hermosas praderas adehesadas. Tras llegar al km 10 de la etapa, el sendero nos conduce a una pista ancha, por la que transitamos unos 800 m. Al final de esta retomamos un nuevo sendero que nos lleva hasta una finca ganadera. La cancela nos permite entrar en ella; unos metros más adelante otra cancela nos saca de la propiedad privada (permiten el paso de peregrinos).





      Tras recorrer un kilómetro y medio llegamos hasta la carretera de Oliva de Plasencia, la cruzamos y alcanzamos Ventaquemada (km 13 de la etapa).

En este punto se presenta la oportunidad de acortar la jornada. Quien lo desee o necesite puede continuar por la carretera hacia el este; en unos 6,5 km se encuentra Oliva de Plasencia, donde su albergue, de propiedad pública y gestión privada, ofrece un merecido descanso.








      Oliva de Plasencia es una localidad de profundo pasado romano, como atestiguan las numerosas inscripciones y restos arqueológicos dispersos por la población. Entre sus principales atractivos destacan la iglesia renacentista de San Blas, construida en sillería granítica y mampostería, que alberga un retablo barroco del siglo XVIII, y el Palacio de los Condes de Oliva, del siglo XVII, testigo de su historia noble y señorial.

En agosto, las Fiestas del Emigrante reúnen a vecinos que un día se fueron del pueblo, recordando el arraigo y la memoria de sus gentes. Oliva se encuentra situada en la depresión de los ríos Ambroz y Alagón, rodeada de dehesas, olivares y bosque mediterráneo, un paisaje que acompaña y reconforta al peregrino.

A tan solo cinco kilómetros, en la dehesa de Casa Blanca, se hallan las ruinas de Cáparra, una de las colonias romanas más importantes de la Lusitania, mencionada por Ptolomeo, Plinio y el emperador Antonino. Su ubicación en un alto con un fértil valle a los pies la convirtió en un enclave estratégico atravesado por la calzada de la Plata. Hoy quedan en pie el arco honorífico del siglo II —una bóveda sostenida por cuatro arcos abiertos—, restos del anfiteatro, el templo de Júpiter, una villa y parte del foro, junto a un puente romano del siglo I. El Centro de Interpretación permite comprender mejor su ilustre pasado, y se dice que aquí vinieron a predicar el Evangelio el Apóstol Santiago y San Pablo, haciendo de este lugar un punto de encuentro entre historia y espiritualidad.

Sitios de interés:

  • Iglesia de San Blas (siglo XVI), con retablo barroco del siglo XVIII.

  • Palacio de los Condes de Oliva (siglo XVII).

  • Numerosas inscripciones y restos romanos repartidos por el pueblo.



      Nosotros continuamos hacia Aldeanueva del Camino, dejando Ventaquemada a nuestra izquierda, y tomamos un camino que discurre junto a un murete de piedra. A nuestro paso aparecerán varios arroyos, como el de las Torrucas (Km 14,6) y el de Charcos Blancos (Km 16,2 de la etapa). En ellos encontraremos unos cubos de granito que hacen las veces de puente para cruzarlos en caso de que lleven agua; si las lluvias han sido abundantes, el paso puede complicarse y quizás sea necesario descalzarse, un recordatorio de que el Camino nos invita a adaptarnos y a prestar atención a cada paso.

Tras unos seis kilómetros, llegamos a las casas de la Finca Casablanca, y Cáparra ya se muestra cercana, a poco más de 500 metros. La llegada es impresionante: caminaremos por la antigua calzada viendo el majestuoso arco tetrapylon, construcción romana del siglo I d.C., cuadrifronte, con cuatro pilares y un arco de medio punto por cada cara. En 2025 se encuentra en restauración, por lo que no puede admirarse en todo su esplendor, pero su presencia sigue siendo imponente y evocadora.

Este arco se encontraba en el centro de la antigua ciudad de Cáparra, cuyas ruinas podremos contemplar a su alrededor. Hoy sirve de marco al yacimiento arqueológico romano y es prólogo al puente bimilenario sobre el río Ambroz. Cáparra es una parada obligada, perfecta para un breve descanso y para absorber la energía de la historia que nos rodea; a pocos metros hay un Centro de Interpretación que nos ayuda a comprender mejor el pasado de esta ciudad romana (Km 19,2 de la etapa).






      Caparra, conocida en la antigüedad como Capera, fue una ciudad romana, una mansio importante en la Vía de la Plata, una de las principales calzadas romanas en Hispania. Cáparra se destaca por su arco tetrapylon, que es un arco de cuatro frentes con una bóveda de arista reforzada con hormigón, ubicado en el centro de la ciudad y sobre la calzada. 

Este arco es uno de los pocos ejemplos de su tipo en España y un símbolo de la importancia de Caparra en la red de comunicaciones romanas.

La ciudad de Caparra también contaba con un puente romano sobre el río Ambroz, que facilitaba el tránsito por la Vía de la Plata. Este puente, aunque ha sufrido modificaciones a lo largo del tiempo, conserva elementos de su construcción original, como la sillería granítica almohadillada y los arcos de medio punto. (localización en mapa de la etapa).

Caparra es un sitio arqueológico de gran valor histórico y cultural, declarado Bien de Interés Cultural desde 1931. 




   

      Tras dejar atrás Cáparra, llegamos a una carretera comarcal. A la izquierda, a aproximadamente un kilómetro, se encuentra el puente romano sobre el río Ambroz. 

Cruzamos la carretera y entramos en un camino flanqueado por muretes de piedra; tras un par de kilómetros abrimos y volvemos a cerrar un portón, como símbolo de los umbrales que atravesamos también en nuestro propio interior. A poco más de 400 m llegamos a un arroyo, y a un kilómetro más adelante nos encontramos con otro, ambos fácilmente superables. Le siguen dos arroyos más, algo más difíciles de cruzar si las lluvias han sido abundantes: primero, la Garganta del Salugral; luego, a 600 m, la Garganta Pérdida. Esta última da paso a una pradera que, tras unos 600 m, nos conduce hasta una cancela que marca el fin de la dehesa (km 24,6 de la etapa).





      Junto a la cancela, encontramos una carretera de servicios que debemos cruzar para tomar un sendero flanqueado por árboles, que nos ofrecerá sombra si el sol aprieta; como alternativa, se puede continuar por el asfalto, unos 4 km, aunque no es aconsejable en horas de calor intenso.

Tras unos tres kilómetros, llegamos al desvío que lleva hasta el Hostal Asturias, situado junto a la Autovía, a unos 2,5 km. Esta es una excelente opción para quienes sienten que las fuerzas flaquean, permitiendo un descanso antes de continuar. Aldeanueva del Camino aún se encuentra a casi 12 km, unas tres horas más de camino, recordándonos que cada paso del peregrino tiene su valor y que a veces la prudencia y el cuidado de uno mismo también forman parte de la experiencia del Camino.

      Nosotros continuamos camino hacia Aldeanueva del Camino. Tras un kilómetro cambiamos el sendero por la carretera, ya que continuar por el sendero nos llevaría a una zona inundable de difícil paso. La ruta nos conduce hasta una carretera comarcal (km 28,6 de la etapa).



      Tras recorrer un kilómetro, abandonamos la carretera al llegar a un edificio abandonado y tomamos una pista asfaltada. Por ella caminaremos unos 2 km hasta los puentes de la Autovía A-66, que tendremos sobre nuestras cabezas. A 50 m, un cubo de granito nos indica desviarnos hacia un arroyo; sin embargo, conviene no hacer caso, ya que suele llevar agua y el paso es complicado. Mejor continuar hasta la carretera N-630. Por su arcén caminaremos algo más de 800 m hasta cruzarla y tomar un camino señalizado paralelo a la carretera (km 32,5 de la etapa).



      Tras algo más de 200 m giramos a la derecha y pasamos bajo la autovía, continuando por un camino paralelo. Pronto, unas flechas amarillas nos indican tomar un desvío a la derecha, alejándonos de la nacional y de la autovía (km 33,3 de la etapa).

En poco más de 200 m, un cubo de granito con azulejo verde nos señala desviarnos a la izquierda por un camino que más tarde asciende suavemente, llevando nuestros pasos hasta una pista ancha.




      Avanzamos por un tramo encantador, flanqueado por viejos alcornoques y salpicado de fincas ganaderas. A nuestro paso encontramos un par de arroyos que, en condiciones normales, se cruzan sin dificultad; no obstante, conviene prestar especial atención en época de lluvias, sobre todo al vadear el arroyo Montesinos.

Una vez superado, nos incorporamos a un tramo de la antigua calzada romana. Entre sus piedras, un leve repecho nos conduce hasta una granja (km 34,3 de la etapa), recordándonos que cada piedra y cada senda del Camino guarda memoria de quienes caminaron antes que nosotros, y que nuestro paso deja también un pequeño rastro de fe y perseverancia.




      Viramos por uno de los muros de la granja a la izquierda y, nuevamente, pasamos bajo la autovía. Tomamos a la derecha la carretera N-630 por un tramo breve; antes de entrar en la población, cruzamos la carretera y nos desviamos a la derecha por un camino de tierra que nos conduce a la calle de las Olivas. Tres cubos de granito y la reproducción de un miliario nos dan la bienvenida (km 38,4 de la etapa), recordándonos la huella de la historia que acompaña al peregrino.

A nuestro paso encontramos el albergue municipal de peregrinos, un refugio sencillo y acogedor que funciona por donativo. Quien desee descansar en él deberá recoger las llaves en el bar del Pensionista, situado junto a la N-630, pero más allá de la logística, es un espacio que invita a la pausa, a la reflexión y al agradecimiento por la jornada recorrida.




      El cansancio de la larga jornada se mezcla con la satisfacción de haber completado un tramo lleno de historia y paisajes que invitan a la reflexión. Entre muretes de piedra, arroyos y dehesas, el camino nos ha mostrado su carácter humilde y paciente, recordándonos que cada paso es también un acto de atención y presencia.

Finalmente llegamos al centro del pueblo, la plaza del ayuntamiento nuestro final de jornada, cercano se encuentra el otro albergue de la localidad, el privado La Casa de mi abuela (ver mapa) Km 39.

Hemos recorrido casi 40 kilómetros desde Carcaboso, cruzando caminos romanos, vadeando arroyos y pasando por antiguos puentes y miliarios que nos hablan de la perennidad de la Vía de la Plata.


“Cada puerta que abrimos y cerramos en nuestro camino es un pequeño rito de confianza: confiamos en que el sendero nos guiará y en que nuestra atención permitirá el paso seguro de quienes nos siguen".

      Con este final, Aldeanueva del Camino se convierte en refugio y puerto de descanso, un lugar donde reponer fuerzas, contemplar la jornada realizada y, sobre todo, preparar el corazón para los pasos que aún nos quedan por recorrer en la Vía de la Plata.


      Aldeanueva del Camino nació como campamento romano al pie de la Vía de la Plata. Durante la invasión musulmana quedó casi destruida y despoblada, pero en la Reconquista fue reconstruida, quedando dividida en dos núcleos separados por la calzada: Casas de Aldeanueva, perteneciente al Reino de Castilla, y Aldeanueva del Camino, integrada en el Reino de León.

La parte castellana fue entregada al poderoso Ducado de Béjar y a la Diócesis de Plasencia, mientras que la leonesa pasó al Ducado de Alba y a la Diócesis de Coria. Esta división eclesiástica marcó la vida del pueblo durante siglos, algo que aún se recuerda en sus dos iglesias: la de la parte de arriba y la de la parte de abajo. Aunque el Real Decreto de 1834 unificó ambos núcleos en un solo ayuntamiento, la dependencia eclesiástica siguió separada hasta 1959, cuando pasaron a la Diócesis de Coria-Cáceres.

Entre los vestigios romanos que aún permanecen destacan sus puentes, como el que cruza la Garganta Buitrera, de un solo ojo y cimentado sobre la roca viva, muy rehecho con el paso del tiempo. También se conservan dos inscripciones romanas talladas en piedra: una dedicada a los dioses Manes, hoy integrada en la fachada de una vivienda, y otra en el muro de un antiguo aserradero.

Aldeanueva es conocida en toda España por su magnífico pimentón, del que se producen más de un millón de kilos anuales en sus cuatro factorías.


Las Iglesias

La antigua división del pueblo dejó como legado dos templos gótico-renacentistas, construidos entre finales del siglo XV y principios del XVI.

  • Iglesia de San Servando (parte de abajo): fábrica de mampostería con sólidos estribos y torre junto a la cabecera. Presenta una sola nave, dividida en tres tramos por arcos de medio punto sobre columnas jónicas, con coro elevado y capilla mayor de bóveda de crucería.

  • Iglesia de Nuestra Señora del Olmo (parte de arriba): también de mampostería, con anchos contrafuertes y torre rectangular a la que se accede por una escalera exterior. Su interior tiene una nave más corta que la de San Servando, dividida en dos tramos y con capilla mayor cubierta por una bóveda gótica estrellada de ocho puntas, obra atribuida a Juan de Alvar, maestro de la Catedral de Plasencia.



Reflexión

      Tras recorrer caminos empedrados, abrir y cerrar cancelas, cruzar arroyos y contemplar vestigios romanos, llegamos a Aldeanueva del Camino. La historia y la naturaleza se entrelazan: cada puente, cada miliario, cada iglesia nos recuerda que el Camino no es solo físico, sino un recorrido del alma.

En esta etapa larga, aprendemos la paciencia y la constancia: el esfuerzo es proporcional a la belleza que nos rodea y a la serenidad que alcanzamos al avanzar paso a paso. La calzada romana que una vez unió ciudades nos enseña a mantenernos firmes y a confiar en el recorrido, aunque no veamos el final inmediato.


“El peregrino sabe que cada paso es una oración, cada horizonte alcanzado es un encuentro con lo que somos y lo que buscamos.”

 

      Que esta etapa nos recuerde que el Camino no termina en Aldeanueva del Camino, sino que continúa en nuestra interioridad y en los kilómetros que aún nos esperan.


Aldeanueva del Camino > La Calzada de Béjar
22 km

Próximas poblaciones
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Buen Camino

Etapa 14: Cañaveral > Carcaboso



Información actualizada: 28 de noviembre de 2025





      Nos adentramos en una de las etapas más exigentes y a la vez enriquecedoras del Camino, un recorrido de casi 40 kilómetros que pondrá a prueba nuestro cuerpo y fortalecerá nuestro espíritu. El paisaje nos envolverá con la belleza de la dehesa extremeña, con sus alcornoques centenarios y extensos campos, mientras pueblos cargados de historia nos abren sus puertas para ofrecernos descanso y compañía.

En esta jornada larga, cada paso será un acto de entrega y perseverancia. Contamos con la posibilidad de acortar la distancia en pueblos intermedios como Grimaldo o Galisteo, donde la hospitalidad y la tradición se viven en cada rincón.

Caminar este tramo es aceptar el desafío con humildad, sabiendo que el Camino es un maestro paciente que nos enseña a avanzar con fe y a descubrir en el silencio interior la fuerza que nos sostiene. Que cada mirada al horizonte, cada suspiro y cada gesto de bondad sean parte del regalo que nos damos a nosotros mismos en esta experiencia de transformación.




      Partimos desde la iglesia parroquial de Santa Marina, en Cañaveral, lugar donde se respira historia y devoción en sus piedras. Caminamos por la calle Real hasta encontrarnos con la carretera N-630, que pronto dejamos para adentrarnos en un sendero que bordea la ermita de San Cristóbal. A nuestra izquierda, la fuente de la República nos invita a beber y a renovar el espíritu (Km. 2,8).

El sendero, marcado con flechas amarillas y cubos de granito, nos conduce hasta una vieja cantera que anticipa la subida hacia el Alto de los Castaños. Aunque breve, este repecho recuerda que cada esfuerzo en el Camino es una oportunidad para crecer y elevar el ánimo.



      Superada la cuesta, la vista atrás regala las primeras luces del día, testigos del viaje interior que cada peregrino emprende. Ascendemos levemente hasta el Puerto de los Castaños y descendemos entre pinos y alcornoques centenarios, hasta cruzar una carretera comarcal. Aquí comienza la entrada a la dehesa, un valle misterioso conocido como el Valle de los Muertos, donde la historia y la naturaleza parecen susurrar al caminante.

A pocos metros, una cancela nos invita a adentrarnos en la dehesa por un sendero rodeado de alcornoques centenarios, conocidos popularmente como “los árboles encantados” del valle de los Muertos.





      Poco después, cruzamos el cauce del Arroyo de la Madre del Agua sin dificultad. En el kilómetro 8,2, surge la bifurcación hacia Grimaldo, un pequeño oasis donde reposar, recobrar fuerzas y encontrar hospitalidad. 
En este punto tenemos la opción de continuar o visitar la pequeña población de Grimaldo, donde encontraremos un par de albergues, uno municipal y el otro privado. En esta pequeña localidad también hay un bar donde poder desayunar o almorzar si decidimos finalizar aquí la jornada.


      Grimaldo está situado en un precioso paraje rodeado de sierras, donde predominan los pinos y arroyos. Es una población pequeña, recorrer sus calles es cuestión de minutos. Uno de sus principales monumentos es el Castillo romano que fue reconstruido por los Reyes Católicos y que llegó a pertenecer a la dinastía Grimaldi. En él se dice que vivió un terrateniente que, dadas las vejaciones a las que sus sirvientes propinaban a mendigos y caminantes, mandó que todos ellos fueran decapitados y sus cabezas expuestas en cada una de las almenas del castillo. La leyenda nos cuenta que por estas tierras se libraron batallas contra los moriscos, y que en la primera jara que da el sol, se encuentra el “Vellocino de Oro”. La iglesia fue construida con las piedras que cayeron en su tiempo de la torre del castillo. Se puede contemplar la torre del castillo en su parte exterior. Para visitar su interior hay que pedir permiso, se trata de una propiedad privada usada como vivienda particular.

Grimaldo, aunque pequeño, posee ese encanto íntimo de los pueblos que han sabido conservar su identidad a lo largo de los siglos. Sus calles, llenas de historia y silencio, invitan al peregrino a una pausa necesaria para reconectar con la esencia del camino. La naturaleza que lo rodea ofrece un remanso de paz y recogimiento, un escenario perfecto para meditar sobre el viaje interior que acompaña a la peregrinación.

El castillo, más que un monumento, es testigo mudo de tiempos convulsos y leyendas que aún resuenan en el viento. Su presencia recuerda al caminante que cada piedra del Camino está impregnada de historias de lucha, esperanza y fe.

En este rincón de Extremadura, la hospitalidad de sus gentes se convierte en un regalo inesperado, un gesto amable o una palabra cálida que sostiene y anima al peregrino a continuar.



      Aquellos que no quieran desviarse a Grimaldo pueden continuar siguiendo a las flechas amarillas o los cubos de granito. Tras unos 800 m de ligera subida, el sendero nos lleva hasta la carretera de Holguera, que cruzamos con respeto y humildad, accediendo a través de unas cancelas que nos recuerdan la frontera entre el mundo cotidiano y el espacio sagrado del Camino (Km 9 de la etapa).

Durante los próximos cinco kilómetros, el terreno se muestra amable y previsible, como un respiro para el alma que avanza con paso firme. Seguimos la senda marcada por el legado de peregrinos que nos precedieron, atravesando el Prado Pajares, la Dehesa de Grimaldo y el Cerro Cabildo, en cuyo silencio los ecos de tantas oraciones se hacen palpables. Abrimos y cerramos cancelas, pequeñas puertas que simbolizan también pasos en nuestro propio camino interior. La atención a las señales se vuelve parte de nuestra meditación; cada indicación es un susurro del Camino que nos invita a continuar con fe, especialmente tras una cancela donde el sendero puede confundirse, recordándonos que en el Camino, como en la vida, hay momentos de duda.

Junto a una de estas cancelas, un desvío hacia Riolobos ofrece refugio a quien necesite reposar el cuerpo y el espíritu, una opción legítima para quienes sienten la llamada de la pausa, pero para aquellos que mantienen viva la llama del peregrino, el sendero oficial continúa señalizado con cubos de granito y flechas amarillas (Km 15,8).

El descenso que sigue, cruzando cancelas, abre el paso hacia la Presa del Arroyo del Boquerón (Km 19,6), un remanso que invita a la reflexión sobre la corriente de la vida, que fluye y a veces se detiene, pero nunca cesa.






      Al llegar a la presa, descendemos por un camino que nos lleva a una cancela, donde un arroyo nos desafía a cruzar, recordándonos la necesidad de purificar cuerpo y alma en nuestro paso. En tiempos de lluvia, este vado exige descalzarnos, una invitación simbólica a dejar atrás el peso de lo mundano para avanzar con ligereza.

Tras este rito sencillo, el camino nos conduce hasta la carretera que llega desde Riolobos. Las flechas amarillas, como guardianes del peregrino, nos guían a subir y continuar por un sendero que bordea la vía, acompañados por el susurro constante del viento y la tierra bajo nuestros pies. Tras cruzar la carretera junto a un cubo de granito, tomamos la pista que nos lleva a la Finca Valparaíso (Km 20,8), punto desde donde, a un breve trecho, se alza el Cerro de Fuente del Sapo, lugar donde la historia y la leyenda romana nos hablan del pasado y de la continuidad del Camino, la antigua mansio Rusticiana.



      En menos de 500 metros de repecho, alcanzamos una loma desde la que, como un faro en la distancia, se dibuja Galisteo. El camino desciende suavemente entre las tierras de la finca Valparaíso, donde el ganado pace tranquilo, recordándonos la serenidad que también debemos buscar en nuestro interior.

Avanzamos hasta cruzar un puente que salva la acequia de regadío del río Alagón (Km 23), un pequeño pero significativo paso que simboliza el tránsito constante entre el esfuerzo y la recompensa.

Tras superar este puente, un cubo de granito nos guía por un sendero entre vallas metálicas que conduce a una finca agraria. No dejéis que los ladridos fieros os perturben; como en la vida, a veces el temor es solo una sombra que debemos atravesar con calma y confianza.

Al rebasar la finca, llegamos a otro puente, esta vez sobre el arroyo de las Monjas, donde el murmullo del agua acompaña nuestros pensamientos y nos invita a seguir adelante con espíritu renovado.







      Tras avanzar unos quinientos metros por una pista amplia, flanqueada por campos que parecen susurrar historias ancestrales, llegamos a un cruce en el Camino. Aquí se abre ante nosotros una encrucijada, un símbolo eterno del peregrinar: elegir la senda.

A la izquierda, el camino oficial nos conduce hacia Galisteo, destino conocido y seguro, mientras que de frente se abre la ruta hacia San Gil, una pequeña población discreta. La alternativa de llegar a Carcaboso por San Gil supone los mismos kilómetros, 38.



      La ruta oficial nos desafía aún con un nuevo esfuerzo, un repecho exigente que nos pone a prueba. Pero al coronar la loma, el horizonte se abre regalándonos la majestuosa imagen de Galisteo (Km 27,4 de la etapa), protegida por su antigua muralla almohade, un auténtico testimonio del paso del tiempo y la historia que nos precede.

Si el corazón y las fuerzas lo permiten, es aconsejable detenerse para reponer energías y dejar que el espíritu también se revitalice. Entrar por una de las tres puertas de esta fortaleza de piedra es como traspasar un umbral hacia otro tiempo. La puerta del Rey, señalada en nuestro mapa, nos conduce hacia la iglesia de Santa María (Km 27,6 de la etapa), un lugar donde el peregrino puede contemplar la belleza de lo sagrado y renovar su interior para seguir adelante.







      Galisteo, villa histórica y declarada Conjunto Histórico-Artístico, es una joya de la provincia de Cáceres donde la historia aún fluye por sus calles empedradas y se siente en el aire que envuelve su paisaje. Sus muros aún resguardan la imponente muralla almohade del siglo XIII, construida con cantos rodados procedentes del río Jerte, que alcanza hasta 11 metros de altura y 3 metros de grosor, y que circunda la villa con un perímetro de más de un kilómetro. Esta muralla es la más sorprendente de toda la Vía de la Plata y conserva tres puertas de acceso: la Puerta de Santa María, la Puerta del Rey y la Puerta de la Villa.

El alma medieval de Galisteo se refleja también en sus calles estrechas y casas encaladas que se cobijan tras estas defensas milenarias, muchas con soportales y pequeñas plazas que conservan el carácter de un pueblo vivo y lleno de historia.

Uno de los monumentos más emblemáticos es la Iglesia de la Asunción, construida en el siglo XVI sobre una estructura anterior del siglo XIII, que conserva un ábside mudéjar con dos pisos de arcos murales de ladrillo y un campanario erigido sobre un tramo de muralla junto a la puerta de Santa María. Este templo es un remanso de espiritualidad donde el peregrino puede hacer una pausa para la reflexión.



      A la sombra de la historia, se alza también el Castillo de los Manrique de Lara, construido en el siglo XIV sobre un alcázar almohade. Destaca su torre de homenaje conocida como la Torre de la Picota, cuyo remate octogonal le confiere un aire señorial y de vigía constante. Esta torre ha sido restaurada y ofrece una vista panorámica excepcional de la villa y sus alrededores, invitando a contemplar desde las alturas el paso del tiempo y la belleza que nos rodea.



      Cerca del río Jerte se encuentra el Puente renacentista, construido a mediados del siglo XVI por los señores de la villa. Este puente, adornado con el escudo nobiliario, cruza el río y conecta con un agradable paraje acondicionado como merendero, un lugar ideal para descansar y disfrutar de la naturaleza que acompaña el camino.

Galisteo, con su carácter medieval, su vibrante historia y sus rincones cargados de belleza, invita al peregrino a detenerse, a escuchar el susurro de sus piedras y a impregnarse del espíritu de una villa que ha sido testigo de siglos de paso y transformación.



      Desde la iglesia, nos dirigimos hacia la Plaza de España, recorriendo la calle Gabriel y Galán hasta alcanzar la histórica Puerta de la Villa. Aquí retomamos el camino, siguiendo las flechas amarillas, y avanzamos por la carretera hacia Plasencia que nos conduce hasta el emblemático puente medieval sobre el río Jerte.

Cruzar este puente es más que un simple paso físico; es un momento para detenernos y agradecer el viaje recorrido, contemplando las aguas que han visto pasar siglos de peregrinos y viajeros. Este será el inicio del último tramo de la jornada, un recorrido de más de diez kilómetros por la comarca del Valle del Alagón.

Aunque caminamos por carretera, cada paso puede ser una oración en movimiento, una invitación a la paciencia y la atención plena, a encontrar la belleza en la simplicidad del paisaje que nos rodea.




      Echamos la vista atrás para grabar en nuestra memoria la hermosa estampa de la muralla de Galisteo con su puente medieval. Una vez superado el puente de la autovía, llegamos hasta una rotonda, donde unas indicaciones nos hacen tomar la carretera de la derecha que nos lleva hasta la siguiente población, Aldehuela del Jerte (Km 33,6 de la etapa).

En este tramo fluye a nuestra derecha el río Jerte, afluente del Alagón que da nombre a la población. Aunque pueda parecernos un tramo algo monótono, podemos disfrutar de verdes prados donde se cultiva el afamado Pimentón de la Vera; árboles como chopos y sauces predominan en el paisaje.








      El pequeño núcleo de Aldehuela del Jerte se encuentra encuadrado entre los ríos Jerte y Alagón, en una penillanura salpicada de suaves colinas. Su paisaje, característico de las zonas de regadío, luce una vegetación abundante y prados siempre verdes. Aquí, el cultivo estrella es el pimiento de gran calidad, destinado a la elaboración del afamado Pimentón con Denominación de Origen de La Vera, producto que ha dado fama a toda la comarca.

Por su tamaño reducido, el pueblo cuenta con un único templo: la Iglesia de San Blas, construida entre los siglos XVII y XVIII. En su interior se conservan piezas de gran valor histórico-artístico, como una talla de la Virgen de la Encina (siglos XV-XVI) y un crucifijo de madera del siglo XVII. En 2021, la parroquia estrenó un nuevo retablo, presidido por sus tres patrones: San Blas, la Virgen de la Encina y San Antonio de Padua. Esta obra fue posible gracias a la generosidad de feligreses, vecinos y particulares que aportaron sus donativos.

El conjunto, junto con la tranquilidad de sus calles y el frescor que aportan los ríos cercanos, hace de Aldehuela del Jerte un apacible alto en el Camino, ideal para recuperar fuerzas antes de encarar el tramo final de la etapa.



      Tras esta pausa, atravesamos la población y retomamos el camino por la carretera. Aldehuela del Jerte queda atrás en un suspiro, y pronto nos enfrentamos a un tramo de más de cinco kilómetros de carretera recta y abierta, sin apenas arbolado ni sombra.

Es un momento para la paciencia, para dejar que los pensamientos se agiten o se aquieten al ritmo de nuestros pasos, mientras la calma nos envuelve. La meta está próxima: Carcaboso nos espera al final de este trecho, y con ella, el merecido descanso que todo peregrino anhela.



      Tras cinco kilómetros caminando por la carretera, llegamos a un cruce con la carretera de Plasencia. Cruzamos con cuidado y un cartel original nos da la bienvenida a Carcaboso. Entramos por la calle de la iglesia y avanzamos hasta el final de nuestra jornada, la Parroquia de Santiago (km 38).






      El nombre de Carcaboso procede de cárcabo o cárcaba, que significa hoya o zanja grande producida por una corriente impetuosa de agua. El terreno arcilloso donde se asienta el pueblo facilita este fenómeno erosivo, y así el lugar toma su nombre, surgiendo entorno a esta cárcaba natural.

Las primeras huellas de asentamientos en la zona se remontan a la prehistoria, con tumbas megalíticas localizadas en el cercano Cerro de Triquiñuelo, muy cerca del actual núcleo urbano.

El Carcaboso que hoy conocemos tiene sus orígenes en la Edad Media, como un núcleo de paso entre Plasencia y Montehermoso en el siglo XIII, siendo aldea dependiente del Señorío de Galisteo.


Iglesia parroquial Santiago Apóstol

      La iglesia parroquial, dedicada a Santiago Apóstol, es un testimonio vivo de la historia y fe que impregnan Carcaboso. Su estructura rectangular original fue modificada con la adición de una sacristía y una dependencia bautismal, adaptándose a las necesidades espirituales de su comunidad a lo largo de los siglos.

Un detalle especialmente notable son las dos columnas miliarias situadas en el pórtico de entrada. Estas columnas datan de la época de los emperadores romanos Trajano (98-117 d.C.) y Adriano (117-138 d.C.), una conexión tangible con el pasado romano y con los santos mártires que son los patronos de la localidad. Estas piezas, además de embellecer el templo, simbolizan la continuidad de la fe y la fortaleza en el espíritu peregrino.




Reflexión

      Cada paso en esta jornada nos invita a contemplar no solo el paisaje que nos rodea, sino también el viaje interior que la peregrinación despierta en nosotros. Desde los históricos muros de Galisteo hasta la serenidad de Carcaboso, el Camino nos regala la oportunidad de reencontrarnos con nuestra esencia, de caminar en silencio con la fe que nos sostiene.

Las piedras que pisamos, las fuentes donde calmamos la sed, los pueblos que atravesamos, son más que puntos en el mapa; son testigos de siglos de esperanza, de lucha y de entrega. Al recorrerlos, aprendemos a soltar el peso del pasado y a abrirnos a la confianza en el presente.

Que este tramo del Camino sea un recordatorio de que el verdadero destino no es solo un lugar, sino el crecimiento que acontece en nuestro corazón. La paciencia, la humildad y la gratitud son las fuerzas que nos impulsan a continuar, paso a paso, hacia la luz que todos buscamos.


Carcaboso > Aldeanueva del Camino
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Buen Camino