Hoy tenemos ante nosotros la típica etapa de acceso a una ciudad. Caminamos por tierras charras con la mirada puesta en el horizonte, donde poco a poco comienza a dibujarse la silueta de una de las ciudades más hermosas del Camino: Salamanca, recostada a orillas del río Tormes.
Tras aproximadamente un kilómetro llegamos a las casas de Anseos. Continuamos entre muros de piedra hasta cruzar un pequeño arroyo. A unos 150 metros giramos a la izquierda para atravesar otra cancela. En este tramo conviene estar atentos a las señales, que a veces parecen desaparecer entre el campo, aunque tranquilos, la flecha amarilla siempre vuelve a aparecer para guiarnos.
El Camino asciende suavemente hasta el Teso de la Zorrera. En lo alto del cerro, una gran cruz amarilla (km 13,5) marca el punto desde el que aparece por primera vez ante nosotros la silueta monumental de Salamanca.
Al final del puente nos recibe el antiguo berraco vetón, símbolo ancestral de estas tierras. Muy cerca encontramos la escultura del Lazarillo de Tormes, recordando el inicio de la célebre novela picaresca publicada en 1554.
En ella podemos leer una frase que, siglos después, sigue teniendo una profunda resonancia humana:
en el mundo que huyen
No es mala excusa para comenzar a descubrir la ciudad.
Los ingenieros romanos construyeron aquí el puente que aún hoy permite cruzar el Tormes y que convirtió a la ciudad en un paso estratégico entre Mérida y Astorga.
Tras siglos de dominación romana, visigoda y musulmana, la ciudad fue repoblada en el siglo XI por Raimundo de Borgoña, iniciando una etapa de gran crecimiento que culminaría con la fundación de su universidad.
La Universidad de Salamanca, fundada en 1218 por el rey Alfonso IX de León, es la más antigua en activo de España y una de las más prestigiosas de Europa. Durante más de ocho siglos ha sido un faro de conocimiento donde se formaron algunas de las grandes figuras del pensamiento español.
Por sus aulas pasaron Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática del castellano; Francisco de Vitoria, precursor del derecho internacional; Fray Luis de León, maestro del humanismo renacentista; o Miguel de Unamuno, pensador profundo que fue rector de la universidad.
De Unamuno nos queda una reflexión que bien podría acompañar al peregrino:
en el clavo es dar cien veces
en la herradura».
/ Miguel de Unamuno
Quizá para un peregrino, caminar y caminar sea también eso: insistir, perseverar, seguir adelante paso a paso hasta que en verdad entendamos el por qué estamos aquí.
Para muchos peregrinos la llegada a Salamanca supone también un punto de decisión. Aquí nace una de las rutas jacobeas más interesantes y menos transitadas: el Camino Torres.
Este itinerario de 580 kilómetros recorre caminos ancestrales de España y Portugal. Conecta Salamanca con el Camino Portugués atravesando la dehesa salmantinas, la Beira Alta, las tierras de los ríos Douro, Támega, Lima y Minho y finalmente las rías gallegas.El camino debe su nombre al escritor y clérigo salmantino Diego de Torres Villarroel, quien en el siglo XVIII dejó testimonio de su peregrinación a Santiago siguiendo esta ruta.
Hoy el Camino Torres es una alternativa cada vez más apreciada por quienes buscan un itinerario más íntimo y silencioso, aunque la mayoría de los peregrinos de la Vía de la Plata continúan hacia Zamora siguiendo el trazado histórico hacia el norte.
El patrimonio de Salamanca es inmenso y merece ser recorrido sin prisas.
La Plaza Mayor, considerada una de las más bellas de España, es el verdadero corazón de la ciudad.
Muy cerca se encuentra la Universidad, cuya fachada plateresca esconde la famosa rana que tantos visitantes buscan entre sus relieves.
La Casa de las Conchas, cubierta por más de trescientas conchas esculpidas en piedra, símbolo del Camino de Santiago.
La visita continúa inevitablemente hacia las Catedrales, la Vieja y la Nueva, unidas en un mismo conjunto monumental que domina el perfil de la ciudad.
Muy cerca se encuentra también el Huerto de Calixto y Melibea, un pequeño jardín cargado de evocaciones literarias donde el silencio invita a detenerse.
Aprendemos a escuchar el viento en los campos, a valorar un gesto sencillo, a comprender que la vida —como el Camino— se hace paso a paso.
Tal vez por eso el Camino nos trae hasta aquí.
Porque mientras avanzamos hacia Santiago, también avanzamos hacia nosotros mismos. Y llega un momento en el que comprendemos algo profundo:
El Camino no solo transforma los paisajes que atravesamos, también nos transforma a nosotros, lentamente, paso a paso.
Ultreia.



























