Hoy nos espera una jornada exigente y a la vez recompensante. Ascenderemos al Pico de la Dueña, el punto más alto del trazado principal de la Vía de la Plata, con 1.165 metros de altura, y seremos testigos de panoramas que nos dejarán sin aliento. El camino alternativo por Pedrosillo de los Aires permite un recorrido más suave, ideal para quienes desean dosificar esfuerzos o disfrutar de un tramo más relajado. Sea cual sea la ruta elegida, cada sendero nos invita a una experiencia plena, donde la naturaleza, la historia y la introspección se entrelazan con cada paso.
Para quienes opten por la alternativa menos exigente, Pedrosillo de los Aires se encuentra transcurridos 17,8 km de la etapa, ofrece un merecido descanso y también un pedacito de historia.
Esta pequeña población serrana fue construida sobre un terreno llano a 959 metros sobre el nivel del mar y rodeado de campos de cereal, olivos y viñedos. Una idílica ubicación, riqueza histórica, gastronomía local (con platos típicos como el cocido montañés y el pote de caza) y calidez de sus habitantes, hace que este sea un lugar muy recomendable para hacer un alto en el Camino o incluso finalizar la etapa.
Historia
Este pequeño pueblo tiene raíces romanas, ya que por su municipio pasaba la antigua calzada. El poblamiento en el término municipal durante la Antigüedad está atestiguado por la columna miliaria en la finca de La Dueña de Abajo que señala la milla 159 donde se situaría la mansio de Sentice según el Itinerario de Antonino, un documento del siglo III que recopila las rutas del Imperio romano.
Una mansio era una parada oficial en una calzada, gestionada por un oficial llamado mansionarius y que en términos generales solía contar con recepción, baños termales, habitaciones, comedor, cocina, fragua, granero y establos.
Mientras ascendemos, cada paso se convierte en un ejercicio de paciencia y presencia. Caminar despacio, sentir el ritmo de nuestro propio cuerpo, escuchar el viento entre los árboles y dejar que la mente se aquiete… es aquí, en esta sencillez y silencio, donde la naturaleza y la introspección nos invitan a descubrir una pequeña luz interior antes de alcanzar la cumbre.
Peregrino, cuando tu camino te lleve hasta el Pico de la Dueña, no dudes en subir hasta su cruz. A sus pies encontrarás la compañía de un peregrino guardián, pintado en piedra, que protege tu paso. Has llegado al cielo, ante ti se despliega el infinito paisaje de dehesas de la tierra charra. Aquí, en lo alto, la soledad del camino se transforma en contemplación, y cada respiración es un regalo para el cuerpo, la mente y el espíritu.
Próximo a la capital salmantina se encuentra este pequeño y pintoresco pueblo de casas blanqueadas que se aprietan unas con otras, como si quisieran protegerse de los extremos climatológicos de la tierra. Lo más llamativo es su pequeño campanario, de cierto valor artístico, que ha sido restaurado con gran acierto.
La fundación de San Pedro de Rozados se remonta a la repoblación llevada a cabo por los reyes de León en la Edad Media, en un territorio donde los campos de encinas y ganado han convivido durante siglos con la actividad minera y ganadera. Durante muchos años, la prosperidad local vino de la mano de las minas de estaño y de scheelita, con explotaciones tanto a cielo abierto como en galerías subterráneas. Cuando el precio del mineral cayó y las minas cerraron, la población sufrió un declive, aunque hoy los antiguos calveros se han llenado de agua, formando lagunas donde cientos de aves descansan en su peregrinaje estacional, convirtiéndose en un paraíso para los ornitólogos.
Desde San Pedro de Rozados salimos por la Avenida de los Comuneros. Tras cruzar la carretera, el Camino se vuelve amable y reposado, avanzando por una ancha pista de tierra que invita a caminar sin prisas.
Después de unos cuatro kilómetros, alcanzamos la pequeña localidad de Morille, y lugar de unión con la variante que llega desde Pedrosillo de los Aires. La entrada se realiza por la calle Salas Pombo, que atraviesa todo el núcleo urbano hasta desembocar en una plaza presidida por el ayuntamiento (km 32 Final de la etapa). Muy cerca se encuentra el albergue municipal de peregrinos, en la calle Ribera de Zurguén, 2 (mapa de la etapa).
Entre sus calles de piedra y tejas rojas, el peregrino se sorprende con esculturas metálicas que evocan la vida rural charra, murales y singulares instalaciones artísticas. Destaca el llamado Cementerio del Arte, a pocos minutos del casco urbano, donde numerosos artistas han “enterrado” simbólicamente sus obras. Todo ello convive con espacios dedicados al estudio de la Vía de la Plata, pequeñas bibliotecas, un museo de la imprenta de tipos móviles y proyectos que miran al pasado minero del lugar. Un universo cultural inesperado en un pueblo de apenas doscientos habitantes.
La nota menos favorable es que el único bar de la localidad abre a las 10:00 h, un horario algo tardío para quienes desean desayunar antes de partir temprano.
Aun así, el peregrino aprende pronto que el Camino también se adapta a lo sencillo: a lo que hay… y a lo que llega cuando tiene que llegar.
La jornada hasta Morille nos deja la certeza de que el Camino no es solo recorrer kilómetros, sino aprender a caminar con atención, paciencia y apertura. Cada ascenso, cada descenso, cada miliario o encina nos invita a escuchar: el susurro del viento entre los árboles, el canto lejano de un ave o el silencio que envuelve los campos. En estos instantes de calma, la naturaleza y la historia nos susurran sus lecciones y nos recuerdan que el verdadero viaje transcurre también dentro de nosotros. Que cada paso nos acerque un poco más a la serenidad, a la introspección y al encuentro con lo sagrado en lo cotidiano.








































