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PEREGRINO PLATERO



PEREGRINO PLATERO

Cuando el calor se adueña del Camino, hasta el alma se vuelve pesada.

      Era un día duro de junio. Bajo un sol abrasador, avanzaba sobre una pradera de pastos dorados, sin sombra, sin tregua. Los pies iban solos, guiados por una única melodía: el canto ancestral de mi viejo bordón, que parecía marcar el compás de un rezo silencioso. La mirada perdida en el horizonte, el pensamiento disuelto en el vacío.

Entonces, una brisa leve, casi sagrada, acarició mi rostro. Al levantar la vista, aún entre sueños, vi una imagen que me hizo vibrar el corazón: una pequeña arboleda a lo lejos. ¡Sombra! Apreté el paso, sediento de alivio. Aunque parecía cercana, se resistía como las cosas sagradas. Pero llegué, paso a paso, como se llega a todo en el Camino: con paciencia, con fe.

Me detuve al entrar en el bosquecillo. Dudé si lo que veía era real. El sol me había nublado la percepción. Me froté los ojos, ardientes por el sudor. Y entonces lo vi con claridad: un viejo miliario, como un monje inmóvil, custodiaba el paso de un arroyo. A su lado, el agua fluía serena, sin apuro, como si también ella peregrinara.

Volví en mí. Sentía que las botas se fundían con mis pies. Llené mi sombrero de agua fresca y la derramé sobre la cabeza como un bautismo. Me senté en la orilla, descalcé con esfuerzo mis pies llagados y los sumergí en el agua. Al ver su palidez y su desgaste me invadió una extraña tristeza. Pensé: “Si los dejo aquí, si los entrego al río, tal vez ya no sufran más.”

Me asombra cómo un puñado de huesecillos puede sostener tanto peso, tanta vida. Llevo caminando más de 600 kilómetros, y ahí están, todos juntos, sin quejarse, sin rendirse. Una lección de unidad. Una parábola del alma.

Cuando el frescor del agua tocó mi piel, mis ojos se pusieron en blanco. Era puro gozo, pura gracia. Ommm... Bastaron unos segundos para sentirme renacido.

Al alzar la cabeza, vi frente a mí otro miliario, hermano del primero, algo más pequeño. Me observaba en silencio, como un testigo antiguo. Crucé el arroyo descalzo: la mochila a la espalda, las botas en una mano y en la otra mi fiel bordón, compañero inseparable. Me senté a su lado y cerré los ojos. El silencio me alimentaba, me transformaba.

Sentía que aquel viejo miliario me hablaba sin palabras. Historias de otros tiempos, de otros caminantes. Giré la cabeza, y el viento quebraba una rama en lo alto. El susurro de las hojas, el aleteo leve de un pájaro, el murmullo del arroyo... Todo era oración. Todo hablaba. Todo era presencia.

Quisiera quedarme allí para siempre.
Pero el espíritu peregrino no se detiene.
Nos empuja siempre más allá, más arriba, más dentro. Con ilusión, con esperanza, con sed de descubrir lo que el Camino aún guarda para mí.

Tomé un puñado de tierra entre las manos, como quien recoge un relicario. Miré al horizonte y pedí —no con palabras, sino con el alma— que mis pasos me conduzcan sano y salvo a mi destino.

En mi Camino, poco más necesito.


Como nos decía san Francisco:

“Necesito poco, y lo poco que necesito,
lo necesito poco.”


/ Antonio Retamosa

Ultreia et Suseia

LA PAMELA NEGRA



LA PAMELA NEGRA

Siempre que acudía a un nuevo lugar a recibir a los peregrinos, me gustaba antes documentarme sobre el sitio en el que iba a estar.

Generalmente la historia y las leyendas eran lo que más me apasionaban y una vez que tenía algunos datos sobre cualquiera de estas cosas trataba de profundizar todo lo que era posible en la información que se disponía.

Lo hacía para que los peregrinos dispusieran de toda la información que me requerían, pero sobre todo para satisfacer mi curiosidad y para ir ampliando la información que me gusta almacenar sobre el camino y todo cuanto le rodea.

En ese lugar de la meseta, hace varios siglos, pasó un peregrino ilustre que llegó presenciar como en la soledad de aquellas tierras, un peregrino se vio atacado por una manada de lobos que además de ocasionarle la muerte, descuartizaron su cuerpo y le devoraron.

Ahora ya no se pueden encontrar esos peligros, la masa boscosa que un día debió poblar estas tierras haciendo que estas alimañas pudieran ocultarse, ya han ido desapareciendo, haciendo que la tierra quede yerma de vegetación, los campos de cultivo de cereal han ido adueñándose del espacio que se necesita para la siembra haciendo que en muchos lugares nuestra vista no consiga ver en el horizonte ningún árbol que cambie la monótona fisonomía de esta tierra de Campos.

Generalmente, en los pueblos pequeños de Castilla, no solo todos se conocen, sino que también cuando consigues cierto grado de confianza con alguna persona llegas a enterarte de los secretos mejor guardados de la población siempre contados de una forma bastante intencionada dependiendo la fuente de la que parta la información.

Una tarde, en uno de los bancos del pueblo donde suelen sentarse a conversar las personas mayores recordando esas anécdotas de su juventud que son casi las que les mantienen vivos, me encontré a Fidencio, era un señor muy mayor, de esas contadas personas a las que cuando dices que es un anciano aciertas siempre en la definición para que otros puedan imaginarse los años que tienen.

Fidencio se había fijado en mí los primeros días que fui a aquel sitio donde me gustaba ver como el sol era engullido por el horizonte y enseguida se informó de quién era aquel desconocido al que no había visto antes en el pueblo.
Esa tarde extrañamente no había más gente con él, se encontraba solo y en lugar de sentarse donde lo hacía habitualmente, se sentó en el banco en el que me encontraba.

Fue él quien comenzó a conversar hablándome de los numerosos peregrinos que estaban pasando ese año por el pueblo y como el camino había estado experimentando un cambio año tras año.

Hablamos durante casi una hora del camino y de los peregrinos hasta que el sol fue absorbido por completo por la raya del horizonte. Nos despedimos y le dije que cuando lo deseara pasará algún día por el albergue, siempre habría una botella y un vaso para seguir hablando del camino, además el parecía una enciclopedia ya que me imaginaba que habría visto muchas anécdotas en su vida y me interesaban especialmente estas curiosidades que se suelen producir en el camino.

Al día siguiente, dos o tres horas después de haber terminado la limpieza del albergue vi en la puerta a Fidencio, estaba dudando si entrar o no, por lo que fui y le abrí la puerta invitándole a que entrara al interior.
Como le había prometido, partí un poco de queso de una cuña que guardaba en la nevera y saqué una botella de vino y dos vasos que puse encima de la mesa y me senté a su lado.


- ¿Qué?, no te ha venido todavía ningún peregrino diciéndote que ha visto a la peregrina de la pamela negra.

- No – le respondí sorprendido.

- Pues seguro que alguno te viene, es por estas fechas cuando más se suele aparecer – me dijo.

 

Me intrigó este comienzo y pensé que allí había una buena leyenda, por lo que no dije nada más esperando que él fuera el que me la contara, sabía que lo haría ya que estaba seguro de que la había contado cientos de veces.
Comenzó diciéndome que era una historia que había escuchado de labios de sus mayores por lo que debía ser muy antigua, anterior a cuando el nació, ya que cuando la escuchaba de muy niño le decían que se trataba de una vieja historia.

Cierto día de primavera llegó al pueblo una peregrina que llamaba la atención de las sencillas gentes del pueblo. Era una mujer esbelta y muy atractiva. Vestía una prenda de una sola pieza de tela muy fina de color negro y llevaba sobre su cabeza una amplia pamela también negra. Destacaba en aquel conjunto un ligero zurrón hecho de encaje de color blanco que llevaba colgado del hombro izquierdo y apoyaba en el costado derecho.

Se percibía en ella cierto aire de misterio y sobre todo las personas que la vieron decían que en su cara se reflejaba una gran tristeza como si fuera cargada con todos los pecados del mundo.
No habló con nadie en el pueblo, se alojó en una fonda que había y desde que llegó se quedó en la habitación sin bajar tan siquiera a cenar como hacían la mayoría de los peregrinos.
A la mañana siguiente, nadie la vio marchar, cuando la posadera fue a su cuarto ya no se encontraba en él, pero a nadie extraño ya que algunos peregrinos solían comenzar muy pronto su camino.

Antiguamente estas eran unas tierras peligrosas ya que las alimañas solían acercarse hasta las afueras del pueblo cuando no encontraban comida en los montes cercanos.

Un grupo de peregrinos que habían salido después del amanecer, cuando llevaban caminando un par de horas, se encontraron junto al camino la pamela negra, pensaron que era de la peregrina que habían visto llegar el día anterior al pueblo que dejaron atrás y la recogieron para entregársela en el siguiente pueblo.

Preguntaron en el pueblo, pero nadie había visto a la peregrina vestida de negro, tampoco en el siguiente había pasado por allí nadie con esa descripción. Aquello extraño a las autoridades locales que hicieron una batida por los alrededores, pero no encontraron ni rastro de la peregrina por lo que se imaginaron que igual la esperaba un carruaje o alguna montura y se había marchado en ellos.

La gente se fue olvidando de la peregrina de la pamela negra que era como la llamaban hasta que, al año siguiente, en primavera algún peregrino afirmó haberla visto caminando delante de él, pero por más que lo intentó, no consiguió darle alcance y se imaginó que la encontraría en el pueblo.
Lo que el peregrino afirmaba haber visto, revivió el recuerdo de lo que se vivió en el pueblo y en los alrededores y la imaginación popular comenzó a buscar una y mil explicaciones a este suceso.

De nuevo se volvió a retomar su búsqueda, pero los resultados fueron similares a los que tuvieron el año antes, no consiguieron encontrará ni rastro de la peregrina de la pamela negra.
Unos días después otros peregrinos que caminaban en grupo afirmaron haber visto lo mismo, pero nadie consiguió verla ni tampoco en el pueblo habían visto a este extraño personaje.

La imaginación popular fue creando mil historias de este suceso y pronto surgió la leyenda que fue creciendo cada año ya que por primavera alguien afirmaba haberla visto caminando a las afueras del pueblo y se fue haciendo muy popular entre los peregrinos.

- ¿Usted la ha llegado a ver? – le pregunté.

- No – me dijo – y tampoco conozco a nadie del pueblo que la haya visto, pero hay peregrinos que dicen que si la han visto.

- ¿Y usted que cree de esta historia? Le pregunté.

- Yo solo creo en lo que veo, pero hay cosas que están ahí y aunque no las veamos sabemos que están – dijo Fidencio.

 

Pensé que era una más de esas leyendas que circulan por el camino y esta no la había escuchado nunca por lo que la anoté en una libreta ya que me parecía una historia cuanto menos curiosa y durante unos días estuve pensando en ella, aunque no le di más vueltas ni volví a preguntarle a Fidencio por esta historia, esperaba los días que estuviera con el que me contara alguna nueva ya que al fin y al cabo estas leyendas forman parte de las historias de los pueblos y son las que de alguna forma dan carácter a los mismos ya que la gente cree ciegamente en ellas.

Cuando llevaba unos diez días en el albergue un día llegó un peregrino de mediana edad, venía caminando desde Roncesvalles y estuvimos hablando de algunos lugares en los que yo había estado anteriormente y le pregunté por los hospitaleros que había en aquellos lugares en los que anteriormente había estado ya que guardo muy buenos recuerdos de ellos y de los sitios en los que están dando acogida a los peregrinos.

Mientras estábamos hablando me di cuenta de que el peregrino miraba constantemente a la gente que entraba o salía del albergue y cuando vi que lo hacía varias veces le pregunté que si estaba buscando a alguien.
Me dijo que delante de él, a unos dos kilómetros del pueblo venía caminando una peregrina, era una mujer alta y era inconfundible ya que vestía un vestido negro y llevaba también una pamela negra destacando la bolsa que llevaba a uno de los costados que era blanca, esperaba haberla encontrado en el albergue, pero no la había visto, seguramente habría pasado de largo yendo hasta el siguiente pueblo.

Según me lo estaba contando, me di cuenta como el vello de mi cuerpo se estaba erizando, no veía a aquel peregrino inventándose aquella historia y menos haciéndose eco de una leyenda ya que lo veía muy serio como para hacer aquellas cosas.

No le quise hablar de la historia que me había contado Fidencio, esperaba que con lo que me fuera contando podría obtener más información y con lo que él me fuera contando podría hacerme una idea de la veracidad o la falsedad de esta historia.

Pero el peregrino no volvió a hablarme más de ella, esperaba verle a la mañana siguiente para hacerle las preguntas que durante toda la noche habían estado rondando por mi mente, ya que esa noche apenas pude dormir pensando en la leyenda que se repetía de nuevo y por qué no, he de confesarlo que tampoco conseguía quedarme dormido por miedo a lo que había escuchado.

Cuando me levanté por la mañana esperaba ver al peregrino y abordarlo con las preguntas que tanto me habían estado inquietando desde que vi como se había repetido la historia, pero el peregrino se había marchado ya, había madrugado para no coger las horas más calurosas del día en la jornada que tenía por delante.

Esa tarde fui nuevamente al banco y cuando vi a Fidencio me acerqué hasta él y le comenté lo que el peregrino me había dicho.

- Si – dijo con la mayor naturalidad del mundo y sin apenas inmutarse – esta es la época en la que se la puede ver.

- Y a qué hora suele aparecerse y donde – le pregunté.

- Unas veces a la entrada del pueblo, como dos kilómetros antes y otros a la salida, pero unos dicen haberla visto a unas horas y otros a otras, nadie ha coincidido en eso.

 

Pensé ir los siguientes días a la entrada del pueblo, esperaría allí la llegada de los primeros peregrinos y vendría caminado con ellos hasta el albergue.
Los tres días que estuve haciéndolo no conseguí ver a esa extraña peregrina, me fui reafirmando en que era solo una leyenda y aunque me costaba creerlo, el peregrino que me había venido cantándola, seguro que también la había escuchado o la había leído en algún sitio y lo único que deseaba era tomarme el pelo.

Regresé caminando con los peregrinos hasta el albergue y les abrí para que descansaran, durante la media hora que estuvimos caminando juntos hablamos de muchas cosas del camino y de nuevo comencé a sentirme rodeado de la realidad, esa que me contaban los peregrinos normales que cada día llegaban al albergue.

Cuando llevaba más de una hora recibiendo peregrinos, habían llegado ya más de veinte y ese día también se llenaría el albergue, tenía que ir pensando donde acomodaría a las personas que llegarán cuando estuviera lleno, retiraría por la noche las mesas que había en la sala y allí podrían extender sus esterillas y dormir en el suelo. Era incapaz de no acoger a nadie, aunque estuviera lleno, a pesar de que las normas nos decían que teníamos que enviarles a otro sitio alternativo en el pueblo o que siguieran caminando más de una hora hasta el siguiente pueblo.

Mientras estaba ocupado en esas cuestiones no me percaté de la entrada de una peregrina, era una señora mayor que llevaba algo en la mano cogido con fuerza, tanta que lo había deformado ligeramente.

- Buenas tardes - me dijo - ¿hay sitio para una peregrina que está muy cansada?

- ¡Aquí siempre hay sitio para los peregrinos y si no lo hay se busca! – le dije mientras seguía observando lo que traía en su mano y ella se dio cuenta de ello.

- Esto – dijo dejándolo sobre la mesa – me lo he encontrado en el camino, seguro que se le ha caído a alguna peregrina que se alegrara al recuperarlo.

 

Al dejarlo sobre la mesa, quiso recobrar su forma y lo consiguió en gran parte, era una bonita pamela negra que se había encontrado antes de llegar al pueblo.
Aquella pamela, era como la que me habían descrito, debía tratarse de una pesada broma, aunque me dio miedo tocarla, la deje varias horas encima de la mesa sin atreverme a tocarla y esperando y confiando que alguna de las peregrinas que había llegado ese día la reconociera como suya y la cogiera.

Viendo que pasaba el día y nadie reclamaba la pamela, por la tarde la cogí y la metí en una bolsa y me fui hasta el banco para ver la puesta del sol y para enseñarsela a Fidencio.

Ese día fue un anochecer diferente, unas nubes que presagiaban una inminente tormenta de verano habían aparecido de repente y el sol tuvo que pasar entre ellas ofreciendo uno de esos espectáculos únicos de la naturaleza ya que daba la impresión de que todo se iba a romper y de un momento a otro estallaría en mil pedazos.

Abrí la bolsa como si en ella llevara un tesoro escondido y le mostré el interior a Fidencio, este se fijó en lo que allí había y lo cogió entre sus manos.

- ¿Es como esta la pamela que me contaba en sus historias? – le pregunté.

- Es la misma – dijo él – ¿la has visto?

- No – le respondí – la ha traído una peregrina que hoy ha llegado al albergue, me ha dicho que se la encontró a la entrada del pueblo.

- Entonces – dijo Fidencio besándose la barbilla – es que anda por aquí ¿no crees?

- Yo no creo nada – le dije – más bien estoy asustado, estas cosas me asustan y no sé qué hacer con esto – dije guardando la pamela de nuevo en la bolsa.

- No tienes porqué asustarte - me dijo él – estos no deben darte miedo, los que tienes que temer siempre es a aquellos que, aunque crees que conoces, no los conoces bien y te van a traicionar en cualquier momento, cuando menos lo esperes. 

- ¡Pero! – trate de decirle.

- Mira, nunca ha hecho daño a nadie y si hubiera querido lo habría hecho muchas veces, piensa en ella como una peregrina buena que está tratando de recuperar lo que ha dejado por aquí para poder descansar para siempre cuando lo encuentre.

- Es que estas cosas imponen de una forma que da miedo – le dije.

- Te has fijado en la noche – preguntó él.

- Sí – le respondí – es como todas las que hemos estado viendo estos días.  

- Ves como no te has fijado – me dijo él – Hoy el sol se estaba ocultando como siempre, pero de repente han aparecido unas nubes para ofrecernos un espectáculo maravilloso y cuando el sol se ha ocultado, las nubes también se han ido.

- Es verdad – respondí – no me había dado casi cuenta.

- Esto ha sido un regalo que ella nos ha hecho, bueno te lo ha hecho a ti que sabe que te vas a marchar mañana o pasado mañana – me dijo.

- Mañana – respondí sin darme cuenta de lo que le decía.

- Pues eso, piensa que lo que hemos visto esta noche lo ha hecho para ti.

- Eso me da más miedo todavía – conteste.

- Pues no debes tenerlo, medita solo con el regalo que te ha hecho

 

Me despedí de Fidencio ya que al día siguiente cuando se escondiera de nuevo el sol yo ya estaría lejos, vería esos anocheceres desde otro sitio, pero le aseguré que cuando presenciara un anochecer, siempre le recordaría por los que habíamos visto juntos estos días atrás.

Cuando llegué al albergue deje de nuevo la pamela en el lugar que la peregrina la había dejado, seguro que era de alguien de los que estaba allí y cuando la viera la cogería para llevarla en su camino al día siguiente.

Esa noche apenas pude dormir pensando en todo lo que había ocurrido y en las palabras de Fidencio que no dejaba de tener razón, la experiencia que dan los años va mezclada siempre con una sabiduría muy especial.

Como los peregrinos solían salir del albergue a partir de las seis y ya no podía dormir más, cuando vi en el reloj que eran las cinco y media decidí levantarme de la cama, me prepararía un café y mientras lo tomaba iría preguntando a las peregrinas para ver de quién era aquella prenda.

Cuando llegue a la sala de la entrada del albergue, vi que la pamela ya no estaba en la mesa, no era posible que se hubiera marchado todavía nadie ya que no había escuchado la puerta de la calle.

Fui algo nervioso a los cuartos, algunos peregrinos se estaban preparando para salir. Los fui contando a todos y estaban los treinta y ocho que habían llegado el día anterior.

Esperé para ver la salida de todos y nadie llevaba la pamela negra, entonces me di cuenta de que esa noche había recibido una visita especial y por primera vez en lugar de miedo o de angustia, sentía una paz muy grande en mi interior.


LA PAMELA NEGRA / José Almeida

\ Imagen de peregrino del siglo XVIII \ GRABADO DE SEBASTIÁN LE CLERC

Ultreia et Suseia

CAMINO, LATIDO Y POESÍA



ANDAR, ANDAR



I

Andar, andar,
libre, sin tiempo,
por sendas que abrazan
nuestros pasos serenos;
serenos y tranquilos,
pasando en silencio,
acariciando el aire,
besando los cielos.

II

Andar, andar,
por paisajes llenos
de jaras y encinas,
de tomillo y espliego.
¡Cuánto olores,
colores y destellos,
cuánta miel
en estos senderos!

III

Andar, andar
junto al viento
y en la alta peña
levantar el vuelo;
navegar horizontes
cruzando pueblos,
germinando amores
en cada puerto.

IV

Andar, andar
y en el encinar espeso
recostarme y dormir
en un tronco vejo;
en un vejo tronco
de siglos plenos,
¡cuántos pasos
sus raíces sintieron!

V

Andar, andar
con pasos sueltos,
haciendo caminos,
caminos nuevos;
sembrando huellas
que se harán versos
poemas y canciones
arropados en heno.

VI

Andar, andar
bajo alados techos:
águilas, cigüeñas,
halcones, vencejos, …
solitario y feliz,
sin más compañero
que la libertad
de un alegre jilguero.

VII

Andar, andar
que andar quiero
por anchos campos,
por pasos estrechos
y en los ríos
de cauces repletos,
sentirme en su corriente
mecido y ligero.

VIII

Andar, andar
y otear a los lejos
campesinos ordeñando
mareas de viñedos,
que curarán su zumo
el roble y el tiempo
en divino néctar
de caldos añejos.

IX

Andar, andar
viendo los tiernos
brotes del nogal
y de los almendros,
creciendo la sombra
del regado huerto,
ofreciendo al mundo
sus floridos senos.

X

Andar, andar
de prisas exento,
que semillas han sido
los frutales que vemos
y qué lento maduran
los frutos que luego
sacian la sed
del caminante sediento.

XI

Andar, andar
que, gracias a inviernos,
ruda inclemencia
de caminos ciegos,
vendrán tras el frío
paisajes bellos,
vistiendo las huellas
de vistosos floreros.

XII

Andar, andar
que soy el viajero
que va en su pasar
en paz y sosiego;
respirando feliz,
con paso contento
bañando en sol,
nadando en luceros.

XIII

Andar, andar
y en cada trecho
saludar a la vida
que está amaneciendo.
En cada espiga,
en cada arroyuelo,
rebosa la savia
que mana en secreto.

XIV

Andar, andar
con pies polvorientos,
arcilla del camino
que amasan mis dedos;
modelando huellas
mi pobre cuerpo
esculpido en tierra
y regado en sueños.



“ANDAR, ANDAR…”
(Del librito inédito: "Andaremos caminos en Primavera")

Diego M. Muñoz Hidalgo
Historiador, escritor y artista


Cofundador de:
- Amigos de la Vía de la Plata-Camino Mozárabe de Santiago -
- Plataforma Ibérica por los Caminos Públicos -
- Plataforma Ciudadana Refinería No -
- Plataforma en Defensa de la Sierra de Alconera-La Lapa -
- Socio de la Asociación de Escritores Extremeños -

Su labor se ha centrado en la recuperación, defensa y promoción del Patrimonio Cultural y Natural de la Vía de la Plata. Como Historiador ha publicado múltiples artículos.
Sobre el Camino-Vía de la Plata ha sido, durante más de 20 años, uno de los artífices de su estudio, localización, señalización y promoción. Como Escritor de divulgación, y en relación con la Vía de la Plata y sus potencialidades culturales, naturales y turísticas, ha impartido varios Cursos (Universidad de Salamanca, Diputación de Salamanca, Sevilla...). Como ponente y conferenciante ha participado en diversos congresos y jornadas. Algunos de sus reportajes periodísticos han sido presentados en distintitos medios de prensa, radio y televisión, así como en la FITUR (Feria Internacional de Turismo, en Madrid). Coautor de la "GUÍA DEL CAMINO MOZÁRABE DE SANTIAGO, VÍA DE LA PLATA": http://www.viaplata.org/ Autor del poemario ilustrado con dibujos: "DEL HOMBRE Y SUS RUINAS. UN VIAJE POÉTICO, DE MAR A MAR, POR LA VÍA DE LA PLATA". Coautor también de los libros:
"48 horas en Zafra", y " La refinería petrolera en Extremadura"

"Andemos caminos, abramos caminos..." / Diego M. Hidalgo



Ultreia et Suseia

NO TE DETENGAS



NO TE DETENGAS

      No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido un poco más feliz.

No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y la poesía pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase mantén siempre tus principios y esencia intactos.


La vida es desierto y oasis.

      Nos derriba, nos lastima, nos enseña, pero nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar, porque en sueños el hombre es libre.

No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes.


Dice el poeta:
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo"


Valora la belleza de las cosas simples.

      Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos o harás de tu vida un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante y
vívela intensamente, sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo, sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros: Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase de largo sin que la vivas ...


No te dejes vencer por el desaliento, aliméntate de las dificultades, superarlas te harán más fuerte.


\  Walt Whitman


Ultreia et Suseia