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Camino espiritual


CAMINO ESPIRITUAL

La espiritualidad
del peregrino al recorrer
el Camino a Santiago

      El peregrino sale en busca de una meta determinada. El hombre no nace en la plenitud de su ser. Por eso la llamada a la peregrinación le ayuda a salir hacia metas nuevas y mejores.

Podríamos decir que un peregrino es un soñador realista, porque hay muchos soñadores que se pierden en sus propias fantasías, pero que no se ponen nunca en camino de verdad. En cambio, el peregrino por una parte es soñador: desea algo distinto de lo que es y de lo que tiene; pero, por otra parte, es un realista; busca, pregunta, hace lo posible para conseguir realmente lo que desea. Prepara su mochila, estudia los caminos y se pone en marcha, no se queda solo en deseos ineficaces.


      El peregrino es un hombre o una mujer que se arriesga. Se arriesga porque deja todo lo que tiene antes de conseguir lo que busca. Entre el dejar la comodidad de la propia casa y salir de la puerta de su casa y llegar a la meta, hay un tiempo intermedio donde se cumple la condición histórica del hombre, peregrinar.

Tiene que comenzar dejando lo que tiene, antes de alcanzar lo que desea y esa situación de despojamiento, de pobreza, de inseguridad, de fuerza, de perseverancia, de tenacidad, es la condición propia del peregrino.

      El peregrino debe tener la fortaleza de mantenerse firme en la inseguridad del camino, gracias a la fuerza de la esperanza, gracias a la confianza de su deseo, se siente capaz de vencer los obstáculos y de llegar solo hasta la meta de sus deseos, porque es un realista, se enfrenta con las dificultades reales, que son la distancia, el sol, la lluvia, el frío y el calor; en la Edad Media eran los ladrones, enfermedades, etc.

"El peregrino
tiene que ser fuerte
y saber lo que es sufrir,
aguantar, superar dificultades
en sus carnes,
con fuerza de espíritu"

      Ahora bien, una persona que se pone en camino no es inmediatamente “peregrino”, lo es cuando se incorpora personalmente, espiritualmente. Con esta condición de peregrino hay muchas maneras de empezar la experiencia.

Si llevas contigo todas las comodidades, todas las relaciones, todas las dependencias del lugar de origen, si vas con todas estas comodidades, como las de tu propia casa, entonces no eres verdaderamente peregrino.

En definitiva, se es peregrino cuando se va dejando dominar, ganar, configurar cada vez más por la meta del deseo.

El peregrino
a Santiago de Compostela
tiene delante de sus ojos
una meta muy precisa:
el Sepulcro del Apóstol.


¿Qué tiene el Sepulcro de Santiago
que no tengan otros?

      Santiago fue amigo de Jesús, convivió con él, escuchó su palabra, anunció la fe, dio la vida en testimonio de su fe. Llegar al Sepulcro de Santiago y abrazar al Apóstol, es casi como abrazar a Jesús, es llegar a Jesús, escuchar su palabra, compartir la fe y el amor por el Maestro de aquellos primeros discípulos.

Caminar hacia Compostela es como peregrinar hacia la iglesia de los orígenes, hacia lo más íntimo, lo más puro, lo más verdadero de la iglesia de Jesús, y a la vez entrar en comunión con la historia de la Europa cristiana.

Podríamos describir algunas cosas
sobre el camino a Santiago:

El primer paso del peregrino es el despojamiento.
Un peregrino es un pobre sin casa, sin dinero, con una gran inseguridad.

Segundo paso: el deseo, la esperanza.
El peregrino es un enamorado, un seducido, un fascinado por la estrella que le guía hacia el deseo de su corazón, y aquí radica la fuerza secreta del peregrino y la eficacia purificadora del Camino.

Tercer paso: el desarraigo de sí mismo.
El caminante, el peregrino, al despojarse de todas sus relaciones, compromisos, ocupaciones, distracciones de la vida ordinaria, para encontrarse en su soledad y en su pobreza, es cuando se descubre a sí mismo, en lo que es realmente, no en su profesión, no en su imagen social, no en el personaje de la vida social, sino uno mismo en su radical pobreza, tal como aparece a los ojos de Dios.

Echarse al camino es entrar en la soledad, romper con el mundo cotidiano, algo así como encerrarse en un monasterio. El Camino del peregrino es, según mi criterio, más eficaz que los muros de un monasterio.

Los peregrinos no tenemos rangos, ni privilegios, ni categorías, solo tenemos la verdad desnuda ante nosotros mismos, sin caretas, sin adornos, sin fingimientos de ninguna clase.

Cuarto paso: El encuentro.
Yo he hablado durante las etapas y en los albergues con muchos peregrinos y dicen que el Camino nos ayuda a encontrarnos con el Apóstol mucho antes de llegar a Santiago.

Tenemos muchos ratos de soledad, donde el peregrino tiene que justificar ante sí mismo las asperezas de su peregrinación. Esto le ayuda a profundizar en la valoración de lo que busca y a centrarse más eficazmente en el Camino y pensando que el Sepulcro del Apóstol Santiago lo llevamos en nuestras mochilas etapa tras etapa, a lo largo del Camino también llevamos el evangelio, porque en definitiva ello es el rostro de Jesús, que se nos ha ido dibujando de una forma más atractiva, más verdadera, más influyente… todo esto es el espíritu del buen peregrino, que va leyendo cada día una página de la vida y las palabras de Jesús, como comentario de su peregrinación y como anticipo de se encuentro con el Apóstol en Compostela. El Camino de Santiago no es una ruta turística, no debemos consentir que nos le conviertan en eso. La peregrinación a Santiago es espiritualmente religiosa, donde buscamos el reencuentro con Dios en Cristo.

"“Este mundo es el Camino;
para el otro, que es morada
sin pesar, mas cumple
de buen tino para andar
esta jornada sin errar.

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos.
Y llegamos al tiempo
que perecemos.
Así que cuando morimos
descansamos"


/ Juan Belda

Ultreia et Suseia

En el silencio... el alma finalmente puede hablar



En el silencio…
el alma finalmente
puede hablar.



En el silencio se apagan los ecos
del mundo, se detienen las prisas,
y el corazón deja de correr.

El silencio del Camino no es ausencia,
es un templo sin muros, una oración
sin palabras, una lámpara encendida
en la noche interior.

Cuando todo calla,
la verdad se asoma despacio,
como el alba sobre los campos,
sin pedir permiso…
pero llenándolo todo.

Y entonces el alma,
esa compañera olvidada,
comienza a susurrar lo que nunca gritó:
heridas que piden consuelo,
sueños que aún esperan,
lágrimas que no sabían salir,
y una paz antigua que siempre estuvo ahí.

En el silencio, el peregrino se escucha,
y en ese escuchar… se encuentra.
Y en ese encuentro, Dios pasa,
suave como el viento,
cercano como la tierra bajo los pies.

Porque solo cuando el ruido se marcha,
el alma finalmente puede hablar…
y el Camino se convierte en luz.



Peregrino, que el Camino te impregne
de silencio del bueno…
de ese que cura, ordena el alma
y acerca a Dios.

Ultreia et Suseia

Peregrinar por dentro también es caminar


Peregrinar por dentro
también es caminar...
y a veces unas palabras,
leídas con alma, bastan
para abrir un claro
en la sombra.



      Estamos acostumbrados a identificar el Camino con polvo en las botas, ampollas, amaneceres fríos y horizontes abiertos. Pero hay otro itinerario —silencioso y decisivo— que no figura en los mapas ni en las guías: el que se recorre hacia adentro.

Peregrinar por dentro también es caminar.

Es avanzar cuando uno se enfrenta a sus miedos.
Es dar un paso cuando perdona.
Es detenerse cuando el alma necesita silencio.
Es continuar cuando todo invita a abandonar.

En el Camino exterior medimos kilómetros.
En el interior, medimos sinceridad.

Cada etapa física suele ir acompañada de una etapa invisible: una conversación que nos remueve, un recuerdo que aflora, una pregunta que no sabíamos que llevábamos dentro. Y ahí, en ese territorio íntimo, también se camina… aunque nadie lo vea.


A veces unas palabras, leídas con alma…

      Hay días en que el peregrino no necesita más kilómetros, sino luz. Y esa luz puede llegar en forma de palabras.

Una frase sencilla.
Un testimonio verdadero.
Una reflexión escrita sin artificios.

Cuando las palabras nacen de la experiencia y se leen con el corazón abierto, se convierten en sendero. No informan: acompañan. No explican: iluminan.

Leer con alma es dejar que lo escrito nos atraviese. Es permitir que una frase se quede resonando, como campana lejana en la tarde. Es comprender que no siempre necesitamos respuestas; a veces basta con sentirnos comprendidos.


…bastan para abrir un claro en la sombra

      El peregrino sabe lo que es caminar entre sombras: cansancio, dudas, desánimo, momentos en que el horizonte parece más lejano que nunca.

Pero basta un claro.

Un instante de sentido.
Una palabra que ordena el caos interior.
Un pensamiento que devuelve la esperanza.

Un claro no elimina el bosque, pero permite ver el cielo.

Y eso es suficiente para seguir.


Recordar que el verdadero destino de un peregrino no es una plaza ni una catedral, sino un corazón más despierto.

Peregrinar por dentro también es caminar.
Y cuando una palabra ayuda a dar ese paso invisible, también está haciendo Camino.

Este es el propósito de este blog, ser semilla, una que abra claros y muestre el Camino con verdad: no señalar únicamente rutas y albergues.



Ultreia et Suseia


La Fe es un Camino


El Camino está lleno de búsquedas
silenciosas, de preguntas
que no siempre necesitan respuesta,
sino compañía.

Ojalá este sencillo texto camine también con quien lo necesite y le susurre algo al corazón.

LA FE ES UN CAMINO

      La fe no suele aparecer de golpe ni se impone con certezas absolutas. La fe, como la vida, se recorre paso a paso. A veces nace como una intuición suave, otras como una necesidad en medio de la duda, y muchas veces crece en silencio, mientras caminamos sin darnos cuenta.

Creer no significa tener todas las respuestas, sino atreverse a seguir avanzando aun cuando el horizonte se presenta difuso. La fe es confiar en que cada paso tiene sentido, incluso cuando el cansancio pesa, cuando surgen las preguntas o cuando el rumbo parece incierto.

Como en todo camino, hay jornadas luminosas en las que todo parece encajar, y otras en las que el esfuerzo se vuelve más interior que exterior. Es en esos momentos cuando la fe deja de ser idea para convertirse en experiencia: en el gesto de quien ayuda, en la palabra que reconforta, en el silencio que acompaña.

La fe no exige perfección, solo disposición. No pide rapidez, solo constancia. Es un sendero que se abre a quien camina con el corazón atento, descubriendo que muchas veces no somos nosotros quienes sostenemos la fe, sino que es la fe la que termina sosteniéndonos a nosotros.

Porque al final, la fe no es una meta que se alcanza, sino un camino que transforma.

Ultreia et Suseia

Desacelerar en un mundo acelerado


DESACELERAR
EN UN MUNDO ACELERADO


      El Camino es maestro de paciencia, invitándonos a soltar el ritmo del mundo y abrazar el ritmo del corazón.

Confiar en el proceso de la vida (el "Camino") y conectar con nuestra intuición y esencia interior (el "corazón"), la paciencia es clave para este viaje de autodescubrimiento y paz, lejos de las prisas externas.

"El Camino es maestro de paciencia": Implica que la vida misma, o un viaje espiritual/personal, nos enseña a esperar, a ser pacientes y a aceptar que las cosas ocurren a su propio tiempo, no al nuestro o al del mundo.

"Invitándonos a soltar el ritmo del mundo": Nos anima a dejar de lado la prisa, la competencia y las exigencias externas que nos agobian, que suelen marcar un ritmo frenético.

"Y abrazar el ritmo del corazón": Nos llama a escuchar nuestra voz interior, a vivir con autenticidad, amor y calma, conectando con nuestro verdadero ser y nuestras necesidades profundas.


UNA INVITACIÓN A:

Autenticidad:
Vivir desde dentro hacia afuera.

Conexión: Conectar con nuestra espiritualidad o esencia.

Pausa: Detenerse y respirar en un mundo que no para.

Confianza: Creer en el flujo natural de la vida.

Buen Camino

Adora y confía


ADORA Y CONFÍA

Adora y confía.
No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos, por sus decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío.
Quiere lo que Dios quiere.

Ofrécele en medio de inquietudes
y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla
que, pese a todo, acepta los designios
de su providencia.

Poco importa que te consideres
un frustrado si Dios te considera plenamente
realizado, a su gusto. Piérdete confiado
ciegamente en ese Dios que te quiere para sí.
Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas.

Piensa que estás en sus manos,
tanto más fuertemente cogido,
cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico.
Vive en paz. Que nada te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.
Haz que brote, y conserva siempre
sobre tu rostro, una dulce sonrisa,
reflejo de la que el Señor
continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma coloca,
antes que nada, como fuente de energía
y criterio de verdad, todo aquello
que te llene de la paz de Dios.

Recuerda:
Cuanto te deprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro en el nombre de las leyes
de la vida y de las promesas de Dios.
Por eso, cuando te sientas apesadumbrado,
triste, adora y confía.


\ Teilhard de Chardin

Buen Camino

El poder espiritual del Camino de la Plata



EL PODER ESPIRITUAL
DEL CAMINO DE LA PLATA

      El poder espiritual del Camino de la Plata es tan profundo que, en ocasiones, impulsa a personas a realizar hazañas físicas que, de otro modo, jamás habrían imaginado alcanzar.

Ser peregrino en el Camino de la Plata es una experiencia vital fascinante. En pocos días, aquellos que al principio eran extraños se convierten en viejos amigos, compañeros de ruta y de alma.

Para muchos, el Camino de Santiago Vía de la Plata es mucho más que una senda: es un símbolo de esperanza ante tanta banalización de nuestros valores peregrinos, un camino de fe, arte y cultura, un encuentro con la trascendencia y, sobre todo, con uno mismo. Es un viaje de superación, liberación y verdadera libertad, que no se limita a la capacidad de movimiento, sino que se adentra en el misterioso acto de morir y renacer.


“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.”
\ Marcel Proust

      Desde tierras andaluzas parte, sereno y ancestral, el Camino Mozárabe de Santiago por la Vía de la Plata. Un sendero jacobeo que recorre la espina dorsal de la Península Ibérica, de sur a norte, atravesando Andalucía, Extremadura, Castilla y León, hasta fundirse con la bruma gallega.

Nace en Sevilla, ciudad de luz, y tras algo más de 600 kilómetros de pasos y paisajes, llega a Granja de Moreruela. Allí el Camino se abre en dos: hacia Astorga, siguiendo el latido de la antigua calzada romana, o hacia Orense, siguiendo la llamada interior que guía al alma hacia Compostela.

Esta ruta, la más profunda y silenciosa del sur peninsular, ofrece al peregrino la posibilidad de caminar sin urgencias, de reencontrarse con la soledad fértil del Camino. No es solo un trayecto geográfico: es una travesía interior, una llamada a habitar el silencio, a escuchar lo que solo el polvo de los caminos puede revelar. Una experiencia que, como el fuego lento, transforma el corazón de quien la vive.


El silencio que habla en el Camino

      El Camino no solo es tierra bajo los pies y horizonte en la mirada; es también el silencio que nos habla cuando aprendemos a escucharlo. En esos momentos de quietud, el alma se abre y nos susurra enseñanzas antiguas, recordándonos que el verdadero viaje sucede en nuestro interior.

Caminar entre árboles, cruzar arroyos o detenerse ante una piedra milenaria es conectar con una herencia que trasciende el tiempo. El ruido del mundo queda atrás, y el peregrino encuentra en el silencio un lenguaje propio, lleno de paz, humildad y agradecimiento.

Este silencio nos invita a soltar el peso de las preocupaciones, a respirar profundamente y a redescubrir la sencillez del estar presente. En cada paso, la espiritualidad del Camino se revela como un acto de amor hacia uno mismo y hacia la vida que nos rodea.


La hospitalidad del peregrino: compartir y encontrarse

      Uno de los regalos más hermosos del Camino es la hospitalidad. En cada albergue, en cada pueblo, el peregrino descubre rostros abiertos, manos tendidas y corazones dispuestos a compartir.

La hospitalidad es un acto sagrado que va más allá de un techo o una comida; es el reconocimiento de la humanidad común, la solidaridad silenciosa que sostiene el viaje. Compartir historias, risas o un momento de descanso crea lazos invisibles que acompañan mucho más allá de los kilómetros recorridos.

En el Camino de la Plata, cada encuentro es una bendición, una oportunidad para aprender y para ofrecer lo mejor de nosotros mismos. La hospitalidad nos recuerda que no estamos solos, y que el verdadero camino se recorre también en compañía del alma del otro.


El paso lento: redescubrir el tiempo del alma

      Caminar el Camino es aprender a desacelerar, a dejar atrás la prisa que domina nuestras vidas. En cada paso lento, el peregrino se conecta con el ritmo pausado de la naturaleza y con el latido tranquilo de su propio corazón.

El tiempo deja de ser un enemigo o una carga y se convierte en aliado, un espacio sagrado donde florecen la reflexión, la gratitud y la presencia plena. En ese lento avanzar, descubrimos que el verdadero destino no está en la meta, sino en el propio caminar.


Las señales del Camino: guía para el cuerpo y el espíritu

      Seguir esas señales es un acto de fe, una invitación a dejar que el Camino nos transforme, a abrirnos al misterio y a la experiencia profunda que solo el peregrinaje puede ofrecer.


ERES AFORTUNADO/A, VIVE TU DICHA

Ultreia et Suseia

La Peregrinación, modelo de vida


LA PEREGRINACIÓN, MODELO DE VIDA

      Las peregrinaciones son itinerarios sagrados, trazados en los paisajes y asociados a un mito, leyenda o historia particular que a la vez que lo sacraliza, lo carga de sentido, de hitos que operan como claves para las identidades personales y colectivas, atrayendo así a individuos, a grupos que se consideran ligados a estos lugares para siempre. Estos itinerarios están marcados por etapas, puntos localizados y diferenciados con nombres, todos ligados por la historia del primer peregrino, del peregrino primigenio, que parece que es quien traza el recorrido y lo carga con valores y significados. Así, es el mito el que hace el camino, lo sacraliza y une puntos distantes entre sí varios kilómetros.


Xacopedia

          De esta forma, son muchos los mitos que nos muestran no solo los primeros antepasados peregrinando, sino la peregrinación misma como modelo para la vida, algo necesario, valioso tanto para la existencia terrestre como la del más allá. Y es que el itinerario de la peregrinación constituye un renacer simbólico, por eso en la iconografía vemos representado al peregrino jacobeo con sus atributos a las puertas del Paraíso. La peregrinación así considerada es mucho más que un hecho. Para resultar coherente y hallar su lugar tiene que integrarse en un orden de cosas más amplio. Una manera es ubicarla en un sistema metafísico en constante caminar, donde vivir es sinónimo de recorrer un camino. Y es que en muchas culturas la peregrinación forma parte de una concepción general de la vida en la que ésta se toma como si fuera toda ella una peregrinación. Por ello, se entiende la peregrinación como imagen de la vida humana. En este sentido y tomando la expresión de Lisón Tolosana podemos considerar que los miles de peregrinos que “...dejan sus huellas en los caminos lo hacen para testimoniar con sus personas, en metáfora viva, la creencia de que la peregrinación es la vida del hombre sobre la tierra...”. De esta concepción itinerante de la vida del hombre se ha ocupado desde la Antigüedad la filosofía y la religión. Aparece en los Trabajos y los Días de Hesíodo (700 a. C.) y en el Banquete de Platón, aunque el modelo que influye en el cristianismo temprano es el expresado en el Antiguo y Nuevo Testamento. Las referencias al camino son frecuentes en los salmos y evangelios.


Peregrino medieval. / Xacopedia

          En efecto, el Antiguo Testamento presenta al pueblo elegido en un continuo caminar, de ahí que los hebreos conciban la vida como peregrinación. De igual forma, el cristianismo entiende la vida como un destierro fuera de su verdadera patria, el Paraíso. El Nuevo Testamento recoge este tema, sobre todo las epístolas de San Pedro y San Pablo: el primero, consideraba la vida como un exilio en el desierto, una peregrinación hacia la patria celestial; por su parte, San Pablo especificaba que los cristianos son «ciudadanos del cielo». Junto a esto, en la literatura patrística temprana se asienta la idea de que el bienestar del hombre en la tierra debía ser un breve descanso transitorio en el que no había que aferrarse a los bienes materiales, porque en ese mundo solo se estaba de paso. Así concebía la vida terrenal San Agustín como una peregrinación al final de la cual se encontraba el Paraíso. En uno de sus sermones decía: “...Vivid todos unánimes, sed todos fieles, suspirando en esta peregrinación por el deseo de aquella única patria e hirviendo en su amor...”. La figura de los profetas que iban de un lado a otro predicando, vestidos con pieles y viviendo de forma austera, fueron también un poderoso atractivo para la mentalidad medieval, pues desarrollaron la imagen del cristiano como viajero y extranjero en la tierra.

El modelo que estos pronosticadores siguieron fue el de Cristo y los Apóstoles, que iban de aldea en aldea, sin casa, ni morada propia. En algunos fragmentos de los Evangelios se encuentran pasajes que invitan a abandonar la patria y a llevar una vida errante. Este modelo de itinerancia fue muy influyente durante la Edad Media, su seguimiento literal, exacto, movió a numerosos monjes de Oriente y Occidente a emprender la misma vida errante que describía la Biblia. El estatus del viajero se convirtió para ellos en una imitación de la vida de Cristo. Por eso, estos monjes dejaron su patria y se lanzaron a vivir por los caminos, puesto que para ellos la vida en el exilio era la más propia del cristiano y la mejor preparación para la vida eterna. De esta forma de vida hay algunos testimonios: uno es el del eremita Egeberto de Umbría del norte (639-729), que según Beda el Venerable (672-735) abandonó su patria y permaneció toda su vida como peregrino. Este tropo de la vida como viaje, como peregrinación, también fue utilizado en las prédicas, por ejemplo, San Martín de León, experimentado viajero de la segunda mitad del siglo XII utiliza con frecuencia en sus sermones el símil del camino; también recurre a él, el presbítero italiano, Cayetano de Thiene (1480-1547) lo resume así: “...no somos sino peregrinos de viaje; nuestra patria es el cielo...”

De forma similar, lo emplea San Ignacio de Loyola (1491-1556) para titular su autobiografía Relato del peregrino. Esta misma idea aparece en los primeros versos del auto sacramental titulado El Peregrino, de José Valdivieso (1565-1638). La metáfora ha perdurado hasta la actualidad, lo podemos apreciar en la obra Homo Viator del dramaturgo y filósofo francés G. Marcel (1889-1973) y en el libro Camino de Monseñor Escrivá de Balaguer (1902- 1975).



La Peregrinación, una experiencia espiritual en estrecha relación con el cuerpo y el espacio

    En la mayoría de las ocasiones la peregrinación responde a una libre llamada interior que impulsa al peregrino a ponerse en camino alentado por satisfacer ya necesidades espirituales, ya corporales, ya materiales: la renovación espiritual, la búsqueda de alguna gracia particular, por penitencia impuesta, en cumplimiento de votos o promesas, e incluso el espíritu de aventura y la curiosidad mueve a algunos a peregrinar; los hay que incluso peregrinan en nombre de otros. 

Así, el peregrino desligado de todo lo que representa la vida cotidiana: familia, ocupación, vivienda, etc., vive la peregrinación como un paréntesis espiritual de su experiencia terrena, como una forma de penitencia, de preparación ascética, puesto que el caminar, el peregrinar ya es en sí un medio de mortificación y de aflicción. El fin primordial de la peregrinación es hacer penitencia.

En efecto, se trata de un ritual en el que el cuerpo es a la vez sujeto activo y pasivo, hace el camino y lo sufre simultáneamente. El camino así queda grabado en la retina del peregrino y pasa a formar parte de sus recuerdos, de su vida. Sus paisajes, formas, olores y colores se asocian al continuo caminar, al cansancio de las horas pasadas en el camino, pero también a la lluvia, al viento, al frío o al sol y al calor, etc. Recuerdos que se evocan conjuntamente con rezos, cantos, risas. De este modo, “…la memoria transporta en el tiempo el camino como experimentado en todo el cuerpo. El camino afecta a todo y repercute en todo y, aún más, parece obligar a experimentar el cuerpo en sus partes y funciones…”, en el cansancio de los pies, de las piernas, de los huesos, de otras partes del cuerpo, etc. Esto lo que subraya es, a fin de cuentas, que es un acto de ofrecimiento individual, pues esta peregrinación es una ofrenda de la vivencia del camino experimentado en el propio cuerpo y que tiene como finalidad, en muchos casos, mostrar ante Dios y ante sí mismo un testimonio palpable de su propia fe. De ahí, que posiblemente sea un modelo paradigmático de devoción.

Otro aspecto espacial más de esta peregrinación es su ordenación en etapas, que indica “…que el camino es un espacio continuamente fragmentario, por hacer, hasta acabar hecho…”. El espacio así es concebido como camino jalonado de etapas, de hitos religiosos, iglesias, capillas, hospitales, albergues donde rezar, adorar, reponer fuerzas.

LA CONSTRUCCIÓN DE LO SAGRADO: SANTA EULALIA DE MÉRIDA (Y SU EXTENSIÓN POR EL LEVANTE ESPAÑOL) Antonia Castro Mateos

Ultreia et Suseia

Oración a Santiago Peregrino


ORACIÓN
A SANTIAGO PEREGRINO

Señor Santiago,
ante tu imagen de peregrino,
queremos reafirmar nuestra condición
de peregrinos, como peregrino
fuiste Tú y Jesús de Nazaret.

Somos unos peregrinos en búsqueda;
no buscamos nada material,
buscamos paz interna,
capacidad de amor,
de escucha y de entrega
a nuestros semejantes.

Buscamos unos principios
que como personas necesitamos
en el mundo de hoy,
una escala de valores
en nuestra vida para organizarla
y organizarnos.

Aquí y ahora queremos reafirmar
nuestra condición de cristianos,
como Tú lo hiciste con el Martirio
que sufriste por amor a Jesús de Nazaret.

Buscamos nuestra identidad de cristianos
en un mundo descristianizado,
falto de valores y de madurez cristiana.

En este mundo despersonalizado
e indiferente ante el ser humano
en su dimensión trascendente,
queremos ser nosotros mismos,
que nadie piense por nosotros,
queremos ser nosotros
quienes asumamos nuestros aciertos
y nuestros errores,
no queremos ser parásitos
en un mundo que necesita vida;
vivir y dejar vivir en todas las dimensiones.


Señor,
tú nos quieres como somos,
pero también esperarás algo de nosotros;
queremos darte la alegría de tomarnos
en serio nuestra vida y la de los demás,
queremos ser testigos de Jesús
viviendo y conviviendo con todos
los seres humanos que nos rodean.

Ayúdanos a vivir una vida plena,
que no caigamos en el vacío del materialismo,
que el tener no nos esclavice,
que no perdamos la ilusión, la fe,
los ideales y la esperanza,
que nuestro mundo familiar
sea capaz de vivir los ideales
humanos y evangélicos.



Santiago,
ayúdanos a crecer en la fe y a crecer
internamente.

Todos tenemos problemas en la vida,
ayúdanos a levantarnos,
que no andemos arrastrados
por la acera de la vida, que no perdamos
nuestra dignidad de cristiano.

Sé nuestro apoyo en el "Camino de Santiago"
y en el "Camino de la vida".
Gracias, señor Santiago.


/ Augusto Losada
(Párroco de Triascastela)

Ultreia et Suseia