En el silencio…
el alma finalmente
puede hablar.
En el silencio se apagan los ecos
del mundo, se detienen las prisas,
y el corazón deja de correr.
El silencio del Camino no es ausencia,
es un templo sin muros, una oración
sin palabras, una lámpara encendida
en la noche interior.
Cuando todo calla,
la verdad se asoma despacio,
como el alba sobre los campos,
sin pedir permiso…
pero llenándolo todo.
Y entonces el alma,
esa compañera olvidada,
comienza a susurrar lo que nunca gritó:
heridas que piden consuelo,
sueños que aún esperan,
lágrimas que no sabían salir,
y una paz antigua que siempre estuvo ahí.
En el silencio, el peregrino se escucha,
y en ese escuchar… se encuentra.
Y en ese encuentro, Dios pasa,
suave como el viento,
cercano como la tierra bajo los pies.
Porque solo cuando el ruido se marcha,
el alma finalmente puede hablar…
y el Camino se convierte en luz.
Peregrino, que el Camino te impregne
de silencio del bueno…
de ese que cura, ordena el alma
y acerca a Dios.
Ultreia et Suseia

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