Información actualizada: 29 de septiembre de 2026
Antes de comenzar nuestra etapa de hoy, volvemos una vez más a la iglesia de Santa Marta de Tera.
Nos despedimos del Apóstol Santiago y, ante su imagen, le pedimos fuerzas para continuar nuestro camino y que nos acompañe y proteja en los kilómetros que tenemos por delante.
Quizá todavía no sabemos que, al terminar esta jornada, llegaremos a un lugar cuya historia está profundamente unida a la acogida del peregrino.
Pero vayamos paso a paso.
Camino junto al Tera
Salimos de Santa Marta rumbo al oeste. Pronto dejamos atrás las últimas casas y comenzamos a caminar junto al cauce del río Tera, que durante un buen trecho nos acompaña a nuestra izquierda.
Es un comienzo de etapa que invita a caminar despacio.
Bosques de ribera, algunas plantaciones de chopos y el sonido del agua nos acompañan mientras dejamos que el cuerpo vaya entrando poco a poco en el ritmo de la jornada.
Respiramos profundamente.
Después de unos seis kilómetros llegamos a la playa fluvial de Camarzana de Tera. El sendero nos lleva hasta la carretera, que tomaremos hacia la izquierda para cruzar el río por el puente.
El camino se interna entre bosques de chopos.
Si hemos madrugado, este tramo puede convertirse en uno de esos pequeños regalos que el Camino guarda para quien sabe mirar.
Los primeros rayos de sol atraviesan las copas de los árboles y convierten el bosque en una sucesión de luces doradas. El viento mueve las hojas y, una tras otra, van cayendo a nuestro paso, como si el bosque quisiera ofrecernos una pequeña danza de bienvenida.
Caminamos sobre una alfombra de hojas ocres, con el musgo blando bajo nuestros pasos. Durante unos instantes parece que el Camino nos ha apartado del mundo y solamente existen el sendero, los árboles, el sonido de nuestros pasos y el murmullo del río.
Caminamos sobre una alfombra de hojas ocres, con el musgo blando bajo nuestros pasos. Durante unos instantes parece que el Camino nos ha apartado del mundo y solamente existen el sendero, los árboles, el sonido de nuestros pasos y el murmullo del río.
Son momentos en los que el Camino no necesita decirnos nada.
Simplemente nos invita a caminar.
Hemos recorrido ya unos 9,5 kilómetros.
Si nuestra intención es alojarnos en el albergue de Calzadilla, podemos continuar por la carretera, ya que se encuentra a menos de un kilómetro.
Nosotros tomamos el desvío a la derecha y seguimos las flechas junto al canal de riego. Después de aproximadamente medio kilómetro, cruzamos un puente que salva el canal y entramos en Calzadilla de Tera.
Hemos llegado al kilómetro 11 de nuestra etapa.
Servicios en la localidad:
Albergue de peregrinos / Pequeño supermercado
Calzadilla de Tera
Mirar atrás
Calzadilla es uno de esos lugares en los que, si nos detenemos un poco, descubrimos que bajo un pequeño pueblo puede esconderse una historia mucho más grande.
Por aquí han pasado diferentes culturas.
De época celta quedan referencias a la zona de la Cancilla, sobre las Peñas del Cirillico, donde se encuentran antiguos petroglifos. Entre sus símbolos aparece la media luna, que con el paso del tiempo la tradición relacionó con la herradura del caballo de Santiago y también con la pisada de una oveja.
Después llegaron los romanos. Por estas tierras discurría la antigua Vía Augusta XVII, que comunicaba Astorga con Braga.
Más tarde encontramos también relatos relacionados con la presencia musulmana, como los de la llamada Casa del Moro, en la cuesta Centinela.
Y después, como tantas veces ocurre en el Camino, la historia vuelve a encontrarse con la tradición jacobea.
Aquí están las Santas Justa y Rufina, patronas de Calzadilla, y aquí encontramos también a la Virgen de la O.
A las afueras del pueblo permanecen las ruinas de la antigua iglesia de Santa Justa y Santa Rufina, cuyo esbelto campanario todavía nos permite imaginar cómo debió ser aquel templo.
Su antiguo retablo barroco, rehabilitado en 1773, se conserva actualmente en la iglesia nueva, construida con la colaboración de los propios vecinos.
Junto a ella encontramos también una ermita dedicada a la Virgen de la O.
Y aquí aparece una de esas pequeñas cosas que el Camino parece guardar para quien sabe mirar.
Si hemos comenzado nuestro Camino en Sevilla, seguramente recordaremos aquellos primeros pasos. Salimos de la ciudad, cruzamos el Guadalquivir por el puente de Triana y, ya en la calle Castilla, encontramos la iglesia de la Virgen de la O, tan querida y venerada en Sevilla. Ahora, muchos kilómetros después, volvemos a encontrarnos con la Virgen de la O.
O quizá sea una de esas pequeñas cosas que el Camino va dejando a nuestro paso para recordarnos de dónde venimos.
Porque caminar también es eso: avanzar sin olvidar el lugar desde el que comenzamos.
El Camino tiene estas cosas. A veces nos hace mirar hacia Santiago, pero otras veces nos invita a volver la vista atrás y descubrir que, desde que salimos de Sevilla, hemos recorrido mucho más que kilómetros.
La tradición de las Santas Justa y Rufina nos lleva también hacia el sur.
Se cuenta que su devoción pudo llegar hasta estas tierras a través de los movimientos de población y de las comunicaciones medievales. La tradición relaciona también su presencia con la alfarería, oficio al que estuvieron vinculadas las dos santas sevillanas y que tuvo gran importancia en la ribera del Tera.
Sea cual sea el camino exacto por el que llegaron sus nombres hasta aquí, lo hermoso es descubrir que, después de tantos siglos, dos mártires sevillanas siguen formando parte de la vida de este pequeño pueblo zamorano.
También merece nuestra atención la antigua Casa Rectoral, con su pequeño campanín rematado con azulejos de inspiración andaluza y su construcción tradicional de piedra y mampostería.
Salimos de Calzadilla por la travesía de la Iglesia y volvemos a encontrarnos con el canal de riego. Lo cruzamos por un puente, las flechas nos indican continuar de frente por un camino de tierra, después de unos 250 metros llegamos a una bifurcación. Tomamos el camino de la izquierda, continuamos por él unos 1.300 m, volvemos a girar a la izquierda y de nuevo nos encontramos con el canal de riego, lo superamos por un puente y entramos en Olleros de Tera.
Llegamos a Olleros alrededor del kilómetro 13.
Olleros de Tera
La tierra y sus historias
Es curioso cómo algunos pueblos conservan su historia en el propio nombre. A veces basta con detenerse un momento y preguntarse por qué se llama así el lugar que estamos atravesando.
Y no solo su nombre nos habla de la tierra. El paisaje que la rodea conserva además una abundante vegetación y fauna. Si caminamos temprano o al caer la tarde, estas tierras pueden sorprendernos con la presencia de zorros, liebres, perdices, buitres, ciervos, jabalíes y otros animales que encuentran refugio en sus dehesas y montes.
El recorrido por la población nos lleva hasta la iglesia de San Miguel. Si continuamos por la calle y cruzamos la carretera encontraremos el único alojamiento de la localidad, la casa rural Casa Julia.
Desde la iglesia retrocedemos unos metros y tomamos a la izquierda la calle de la Fuente. Atravesamos el pueblo y salimos nuevamente al campo.
Cruzamos una carretera y continuamos por una pista asfaltada, rodeados de pequeñas viñas bien cuidadas y algunos manzanos.
Y entonces aparece ante nosotros una imagen que nos anuncia que estamos llegando a otro de los lugares especiales de esta jornada.
El Santuario de Nuestra Señora del Agavanzal.
El Santuario de Nuestra Señora del Agavanzal.
Kilómetro 15.
Una leyenda en el Camino
Como sucede tantas veces en el Camino, este lugar tiene también su propia historia.
Se cuenta que un caballero llamado Don Diego de Bustamante cabalgaba en dirección a Toro cuando se encontró con una blanca paloma.
El ave comenzó a volar delante de él, dejándose acercar para después escapar justo cuando intentaba atraparla.
Se cuenta que un caballero llamado Don Diego de Bustamante cabalgaba en dirección a Toro cuando se encontró con una blanca paloma.
El ave comenzó a volar delante de él, dejándose acercar para después escapar justo cuando intentaba atraparla.
Así continuó durante un largo trecho, hasta que finalmente la paloma se dejó apresar entre unas agavanzas, el escaramujo o rosal silvestre.
El caballero la encerró y continuó su camino. Pero poco después la paloma volvió a escapar. Y comenzó de nuevo el juego.
Finalmente, en el mismo lugar, entre las agavanzas, la paloma se dejó atrapar por segunda vez. Fue entonces cuando, según la leyenda, una voz sobrenatural pronunció unas palabras:
«Agavanzal, del Agavanzal soy».
Sorprendido, el caballero buscó entre las espinas y encontró una hermosa imagen de la Reina de los Cielos. Decidió entonces levantar allí mismo una ermita para custodiarla.
Después, cuando se construía el templo, la tradición cuenta que se envió desde Toro un carro cargado de monedas para sufragar las obras.
Los arrieros que lo conducían, tentados por la riqueza, decidieron quedarse con ella y desviarse hacia Portugal, pero las mulas se negaron. Por más que intentaron obligarlas, los animales permanecieron en el camino correcto y terminaron llevando el carro hasta su destino.
Y así, entre palomas, agavanzas, mulas testarudas y una imagen encontrada entre las ramas, nació la tradición que todavía acompaña a este santuario.
Quizá alguno de nosotros sonría al escuchar la historia. Pero eso también es el Camino. No todas las historias necesitan que decidamos si sucedieron exactamente así. Algunas simplemente forman parte de la memoria de un lugar y han llegado hasta nosotros porque alguien, generación tras generación, decidió seguir contándolas. Y nosotros, como peregrinos, también podemos llevarlas un poco más lejos.
Nos despedimos del santuario y continuamos por una pista de tierra hacia la presa. Los mojones con flechas amarillas nos indican el camino.
Pero aquí tenemos que hacer una pequeña elección.
La más sencilla es continuar por la pista hasta llegar a la presa. Pero en unos 800 metros después del santuario aparece una alternativa que permite evitar el rodeo que supone la pista. Está marcada con flechas amarillas, no es aconsejable para ciclistas, pero para quien camina puede convertirse en uno de los tramos más bonitos de la jornada.
El sendero desciende hacia el río Tera y se abre paso entre robles y matorral autóctono.
Desde este punto podemos volver la vista hacia una parte del camino que acabamos de recorrer. Y quizá nos suceda algo que ocurre muchas veces en el Camino. Cuando comenzamos una etapa solo vemos lo que tenemos delante.
Durante aproximadamente un kilómetro y medio caminaremos junto al río por una senda que, aunque en algunos puntos puede aparecer algo desdibujada, tiene un encanto especial.
Después llegaremos a una carretera que tomaremos hacia la izquierda para alcanzar la presa del embalse, alrededor del kilómetro 17.
Por el itinerario principal, siguiendo los mojones, recorreremos aproximadamente un kilómetro más.
Cruzamos la presa del Embalse de Nuestra Señora del Agavanzal.
Y aquí merece la pena detenerse un momento. No solamente para contemplar el agua y el paisaje. También para mirar atrás.Pero al mirar atrás descubrimos cuánto hemos avanzado. A veces necesitamos alejarnos de nuestros propios pasos para comprenderlos.
Nos ocurre también en la vida. Seguimos caminando, preocupados por los que aún tenemos por delante, sin darnos cuenta de todo lo que ya hemos sido capaces de recorrer.
El Camino nos enseña a mirar hacia Santiago, pero también nos concede estos pequeños momentos para mirar hacia atrás y sentirnos agradecidos.
Nos ocurre también en la vida. Seguimos caminando, preocupados por los que aún tenemos por delante, sin darnos cuenta de todo lo que ya hemos sido capaces de recorrer.
El Camino nos enseña a mirar hacia Santiago, pero también nos concede estos pequeños momentos para mirar hacia atrás y sentirnos agradecidos.
Después de cruzar la presa giramos a la izquierda por una pista asfaltada que bordea el embalse. Poco a poco las aguas quedan atrás y llegamos a una estrecha carretera comarcal.
La seguimos hacia la izquierda y, apenas 300 metros después, entramos en Villar de Farfón. La iglesia está a unos 50 metros.
Hemos recorrido unos 22 kilómetros.
El pueblo es pequeño, muy pequeño, y quizá precisamente por eso conserva algo que en otros lugares vamos perdiendo: la sensación de que aquí las cosas todavía tienen su propio ritmo.
No encontraremos grandes edificios ni demasiadas cosas que distraigan nuestra atención. Solo un pequeño pueblo, una iglesia y el silencio que tantas veces agradecemos los peregrinos. Pero a veces el Camino nos demuestra que no necesitamos mucho para encontrar lo que buscamos.
La pequeña iglesia de San Pedro merece una visita. Su planta de cruz latina y cabecera recta resulta singular dentro del románico de la región y se considera que pudo seguir el trazado de un templo anterior.
En su portada encontramos además una interesante iconografía con dos figuras en alto relieve, una de ellas Santiago Apóstol.
Después de la iglesia continuamos por la calle Travesía de la Iglesia hasta la última casa del pueblo.
Al final de la calle encontramos Rehoboth, un pequeño espacio de acogida cristiana para peregrinos.
No hace falta describirlo con muchas palabras.
Hay lugares que se entienden mejor cuando uno llega a ellos.
Craig Wallace y Dorothea decidieron abrir una puerta de su casa al peregrino.
Invitan a descansar un momento, conversar si le apetece, beber algo, tomar un té o un refresco mientras recupera fuerzas. Y no piden nada a cambio.
Invitan a descansar un momento, conversar si le apetece, beber algo, tomar un té o un refresco mientras recupera fuerzas. Y no piden nada a cambio.
Entonces aparece una de las palabras más bonitas del Camino: generosidad.
Quien recibe generosidad tiene también la oportunidad de ser generoso.
No como una transacción, sino como un abrazo.
Rehoboth ofrece al peregrino la posibilidad de quedarse. Dormir, asearse, cenar y desayunar al día siguiente. Y solamente pide un donativo.
El donativo no significa que sea gratis. El donativo te da una oportunidad de ser honesto contigo mismo y con quien te ha acogido.
Este es, para mí, uno de los pilares más importantes que sostienen el Espíritu del Camino: que quien abre una puerta pueda encontrar al otro lado a un peregrino capaz de comprender el valor de esa puerta.
Salimos de Villar de Farfón.
Todavía nos quedan unos seis kilómetros para llegar a Rionegro del Puente. El camino asciende suavemente entre pinos, robles y encinas. Es un tramo bonito y silencioso. Quizá después de todo lo vivido durante la jornada agradezcamos simplemente caminar. Sin más.
Poco a poco comenzamos a acercarnos a Rionegro.
Primero aparecen algunas naves y construcciones en las afueras. Después cruzamos el río Negro por una pequeña pasarela de hormigón y pasamos bajo el arco del puente de la N-525. Y entonces, sobre la ladera, aparece ante nosotros el Santuario de Nuestra Señora de la Carballeda.
Después de tantos kilómetros, es una imagen que anuncia que la jornada está llegando a su final.
Rionegro del Puente
Una historia de acogida
Después de 28 kilómetros, quizá lo primero que nos apetezca sea dejar la mochila y descansar. El albergue lo tenemos frente a nosotros, junto a la carretera. La puerta está abierta, invitándonos a entrar.
Fue construido por la Cofradía de los Falipos como hospital y albergue para quienes caminaban hacia Santiago.
Durante el último siglo el edificio tuvo también otros usos, entre ellos escuela y casa de comidas. Desde 2006 recuperó su cometido de atención a los peregrinos.
Aquí hay una palabra que merece detener nuestros pasos: hospitalidad.
Frente a nosotros se levanta el Santuario de Nuestra Señora de la Carballeda. Sus orígenes se remontan al siglo XIII y están relacionados con el Camino de Santiago.
Según la tradición, todo comenzó cuando tres peregrinos intentaban atravesar el río Negro, crecido y peligroso.
La Virgen se habría aparecido sobre un roble, un carballo, y les habría indicado que extendieran sus capas sobre el agua para poder cruzarlo.
Así habría nacido la primera iglesia dedicada a la Virgen de la Carballeda.
Después vinieron los siglos.El templo fue creciendo, transformándose y ampliándose, sostenido por la Cofradía de los Falipos y por las aportaciones de familias nobles como los Losada y los Lobato.
Hoy encontramos un gran santuario de tres naves, en el que conviven elementos de diferentes épocas. Pero quizá no necesitemos comprender toda su arquitectura para sentir lo que este lugar significa.
Basta con entrar.
La historia de la Cofradía de los Falipos o Farapos está íntimamente ligada a la del santuario. Su misión era facilitar el tránsito de los caminantes y ofrecer alojamiento a los peregrinos. Pero su labor iba mucho más allá. Socorrían a los enfermos, acogían a niños expósitos, construían y reparaban caminos y puentes, mantenían hospitales y costeaban amas de cría. Cuidaban del Camino cuidando de las personas que lo recorrían.
Los Falipos aparecen documentados al menos desde 1324, aunque la tradición habla de una existencia mucho más antigua. Incluso su propio nombre nos habla de una costumbre muy particular.
El falipo o farrapo era el mejor vestido que poseía el cofrade y que dejaba destinado para ser entregado a la cofradía después de su muerte. La familia lo entregaba y posteriormente era subastado durante la festividad de la Virgen de la Carballeda.
Una costumbre sencilla que encierra una idea profunda: aquello que uno posee puede seguir sirviendo a otros incluso después de haber abandonado este mundo.
La cofradía continúa existiendo hoy y celebra su fiesta el tercer domingo de septiembre, con romería, novena y feria.
Y nosotros, tantos siglos después, seguimos llegando hasta aquí con nuestra mochila a cuestas.
Y como el peregrino también necesita cuidar el cuerpo después de una jornada larga, en Rionegro tenemos un lugar especial para el peregrino que quiera sentarse alrededor de una mesa.
Me Gusta Comer, de Teo, ofrece una propuesta gastronómica muy querida y apreciada por quienes pasan por aquí.
Pero quizá lo importante no sea solamente lo que encontraremos en el plato.
Hay lugares donde la comida sirve también para conversar. Para compartir.
Para recordar que el Camino está hecho de kilómetros, sí, pero también de personas.
Porque caminar no siempre consiste en avanzar. A veces consiste en encontrarnos, con otros y con nosotros mismos.
El Camino puede ser una oportunidad para reencontrarnos con esa persona que, en medio de las obligaciones de la vida, a veces apenas reconocemos.
Quizá la hospitalidad no consista solamente en tener preparado un lugar para dormir. Quizá también consista en mirar a quien llega y reconocer en él a un peregrino.
Y nosotros también podemos formar parte de esa cadena.
Tal vez esa sea una de las maneras más sencillas de agradecer todo aquello que otros hicieron por nosotros.
Santuario de Nuestra Señora
de la Carballeda
Según la tradición, todo comenzó cuando tres peregrinos intentaban atravesar el río Negro, crecido y peligroso.
La Virgen se habría aparecido sobre un roble, un carballo, y les habría indicado que extendieran sus capas sobre el agua para poder cruzarlo.
Los peregrinos consiguieron ponerse a salvo y, agradecidos, recibieron la petición de levantar allí una ermita.
La Virgen quería ser patrona de los pueblos cercanos y alivio de los peregrinos que pasaran por aquel lugar.
Así habría nacido la primera iglesia dedicada a la Virgen de la Carballeda.
Después vinieron los siglos.
Hoy encontramos un gran santuario de tres naves, en el que conviven elementos de diferentes épocas. Pero quizá no necesitemos comprender toda su arquitectura para sentir lo que este lugar significa.
Basta con entrar.
La luz que atraviesa las sencillas vidrieras rompe suavemente la penumbra y llena el templo de una calma especial.
Y allí, presidiendo el retablo mayor, encontramos a la Virgen de la Carballeda, una talla románica de mediados del siglo XIII.
La imagen sufrió en época barroca una profunda transformación para convertirla en una imagen vestidera, pero bajo el manto y los añadidos continúa aquella antigua imagen que lleva tantos siglos mirando pasar a quienes llegan hasta aquí.
También encontramos el llamado Tumbo, una pieza de madera de nogal realizada en 1722 por Tomás Montesino y encargada por la Cofradía de los Falipos. Tiene unos cinco metros de altura y está coronado por una alegoría de la muerte. Antiguamente tenía ruedas y era llevado en procesión.
Pero la historia más importante de Rionegro quizá no esté en sus piedras.
Está en las personas que durante siglos hicieron posible que el peregrino siguiera caminando.
Los Falipos
Cuidar del que camina
Los Falipos aparecen documentados al menos desde 1324, aunque la tradición habla de una existencia mucho más antigua. Incluso su propio nombre nos habla de una costumbre muy particular.
El falipo o farrapo era el mejor vestido que poseía el cofrade y que dejaba destinado para ser entregado a la cofradía después de su muerte. La familia lo entregaba y posteriormente era subastado durante la festividad de la Virgen de la Carballeda.
Una costumbre sencilla que encierra una idea profunda: aquello que uno posee puede seguir sirviendo a otros incluso después de haber abandonado este mundo.
La cofradía continúa existiendo hoy y celebra su fiesta el tercer domingo de septiembre, con romería, novena y feria.
Y nosotros, tantos siglos después, seguimos llegando hasta aquí con nuestra mochila a cuestas.
La antigua iglesia de Santiago
De aquella antigua iglesia románica apenas queda en pie su majestuosa espadaña.
Una escalinata de piedra permite subir hasta el cuerpo de campanas, donde todavía permanecen sus dos campanas.
Si nuestra llegada coincide con las últimas horas de la tarde, podemos regalarnos uno de esos momentos que el Camino guarda para quien sabe detenerse.
Desde allí, cuando el día comienza a despedirse, el sol desaparece y el cielo se transforma en un maravilloso lienzo donde abundan los tonos dorados, rojizos y violeta... durante unos instantes quizá todo lo demás deje de tener importancia.
Después de muchas horas de caminata, subir hasta allí para contemplar el atardecer puede convertirse en uno de esos momentos mágicos que nos regala el Camino.
Comer y descansar en Rionegro
Me Gusta Comer, de Teo, ofrece una propuesta gastronómica muy querida y apreciada por quienes pasan por aquí.
Pero quizá lo importante no sea solamente lo que encontraremos en el plato.
Hay lugares donde la comida sirve también para conversar. Para compartir.
Para recordar que el Camino está hecho de kilómetros, sí, pero también de personas.
Porque caminar no siempre consiste en avanzar. A veces consiste en encontrarnos, con otros y con nosotros mismos.
El Camino puede ser una oportunidad para reencontrarnos con esa persona que, en medio de las obligaciones de la vida, a veces apenas reconocemos.
Una oportunidad para mirar aquello que no nos gusta de nosotros y preguntarnos si podemos cambiarlo. Para recuperar la humanidad que quizá hemos ido dejando por el camino. Esa semilla que Dios puso en nosotros, el Camino puede ayudarnos a volver a ella. A quitarle el polvo. A darle brillo. Y a abrazarla de nuevo.
En Rionegro encontramos también el bar La Vereda, el único bar de la localidad.
Su existencia responde a una iniciativa del Ayuntamiento ante la falta de establecimientos de este tipo, después del cierre de los anteriores por jubilación de sus propietarios.
Para el peregrino es un servicio sencillo, pero importante. Y cuando aparecen, los agradecemos.
Reflexión del peregrino
Cuando llegamos a Rionegro podemos pensar que hemos encontrado un lugar donde dormir. Pero si nos detenemos un poco más, descubrimos algo diferente.
Durante siglos hubo personas que dedicaron parte de su vida a cuidar de quienes caminaban hacia Santiago.
Hoy siguen existiendo personas que abren una puerta, reciben al peregrino, le ofrecen una cama, una conversación, una comida o simplemente una palabra amable.
Hoy siguen existiendo personas que abren una puerta, reciben al peregrino, le ofrecen una cama, una conversación, una comida o simplemente una palabra amable.
Quizá la hospitalidad no consista solamente en tener preparado un lugar para dormir. Quizá también consista en mirar a quien llega y reconocer en él a un peregrino.
Y nosotros también podemos formar parte de esa cadena.
Recibimos de quien nos precedió.
Cuidamos lo que hemos recibido.
Y dejamos preparado el camino para quien llegará después.
Cuidamos lo que hemos recibido.
Y dejamos preparado el camino para quien llegará después.
Tal vez esa sea una de las maneras más sencillas de agradecer todo aquello que otros hicieron por nosotros.
Susurro del Camino
Hay lugares que no solo están en el Camino.
Hay lugares que son Camino porque llevan siglos cuidando de quienes lo recorren.
Y quizá, cuando mañana dejemos atrás Rionegro, podamos llevar con nosotros algo de esa antigua hospitalidad. No para quedárnosla.
Para entregársela al siguiente peregrino que encontremos.
>>> 9,5 km <<<
>>> 26 km <<<
>>> 41,5 km <<<
>>> 53,3 km <<<












































