Los peregrinos conocemos bien ese lenguaje. Ningún Camino de Santiago es igual a otro. Cada uno parte con sus cargas, sus dudas y sus motivos. Sin embargo, todos aprendemos que lo importante no es de dónde venimos, sino hacia dónde caminamos y cómo dejamos que el Camino transforme nuestro corazón.
Quien llegue a la Catedral de Santiago encontrará a estos dos grandes apóstoles representados en el majestuoso Pórtico de la Gloria, obra cumbre del Maestro Mateo.
Situados en la jamba derecha del arco central, justo al lado del parteluz donde está sentado el Apóstol Santiago.
Cada figura tiene un significado. El Pórtico no solo se contempla: también se lee, se descubre y se medita.
Es la primera figura de la columna derecha. Está esculpido vistiendo ricos trajes pontificales y sosteniendo sus características tres llaves del cielo, símbolo de la misión que Cristo le confió: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos».
San Pablo
Es la segunda figura de la misma columna, justo al lado de San Pedro. Se le representa con su habitual calvicie y sosteniendo un libro abierto entre sus manos. Es el gran evangelizador de los pueblos, cuya vida nos recuerda que nunca es tarde para dejarse transformar por Dios.
Muchos peregrinos atraviesan el Pórtico maravillados por su belleza, sin detenerse a descubrir a quienes parecen recibirlos en este lugar santo. Quizá hoy sea un buen día para hacerlo. Pedro nos recuerda la importancia de levantarnos después de cada caída. Pablo nos enseña que siempre existe un nuevo comienzo para quien abre su corazón.
Al llegar a Santiago no solo culminamos una peregrinación. También encontramos el testimonio de quienes caminaron antes que nosotros y comprendieron que la verdadera meta no está únicamente en el destino, sino en la transformación interior que se produce durante el camino.
Que el ejemplo de San Pedro y San Pablo nos anime a seguir avanzando con humildad, perseverancia y esperanza, sabiendo que cada paso puede acercarnos un poco más a Dios y a nosotros mismos.
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