Nos espera hoy una larga jornada. A estas alturas del Camino, los kilómetros acumulados ya no pesan igual: el cuerpo se ha adaptado, y es el corazón el que empieza a caminar de otra manera.
Hoy, además, nos aguarda un regalo especial como premio a la constancia: la llegada a Zamora, una ciudad que no solo se visita, sino que se contempla. Tierra de piedra, de historia y de fe, donde el románico parece seguir orando en cada rincón.
El Camino discurre por largas rectas, propias de las tierras de Castilla. Pistas de concentración agraria que atraviesan extensas llanuras de cultivo, donde el horizonte se abre sin límites. Es un paisaje que invita a un caminar pausado, a la reflexión… y también a la oración sencilla.
En época estival conviene extremar la precaución: el calor puede hacer esta etapa exigente. Lo más recomendable es comenzar al alba, incluso bajo las estrellas, y llevar siempre buena provisión de agua.
Comenzamos junto a la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, donde un crucero, obra de la Fundación Ramos de Castro, nos recuerda que el Camino siempre ha sido también camino de fe.
Los primeros pasos nos llevan al Arroyo San Cristóbal, que cruzamos por el puente de la carretera. Tras él, el Camino se desvía por una pista de tierra que avanza junto a las antiguas vías del ferrocarril Salamanca–Zamora, hoy en desuso.
Poco después llegamos al panel Siste Viator del Ayuntamiento de Corrales del Vino, que nos recuerda la repoblación cisterciense de estas tierras en 1143, hombres que entendieron el trabajo como oración, y la sencillez como forma de encuentro con Dios.
Las rectas de Castilla
Tras 5,5 km, un mojón nos indica girar a la izquierda y luego a la derecha, alejándonos definitivamente de las vías del tren, avanzando por la larga recta que surge de la concentración parcelaria. Aquí el peregrino camina sin distracciones. Solo el paso, la respiración… y el silencio.
Aquí, en los campos de Castilla, no podemos evitar recordar a Antonio Machado y su sabiduría sobre el Camino y la vida:
Sencillez y memoria
Situada a los pies del cerro de La Esculca, Villanueva de Campeán combina historia y patrimonio vinícola. Su historia está ligada al cercano convento de Santa María del Soto, hoy en estado ruinoso, pero aún cargado de memoria. Desde el exterior se puede intuir lo que fue, recordándonos que todo lo humano pasa… pero lo vivido con fe permanece.
El pueblo conserva la esencia de estas tierras: sobriedad, tradición y cultura del vino. Sus bodegas, grandes y familiares, siguen siendo testimonio de siglos de historia.
Su iglesia parroquial fue levantada en 1794 sobre un edificio anterior y cuenta con varias espadañas y portadas con tradición románica.
Atravesamos la localidad por la calle Calzada, siguiendo el antiguo trazado romano que aún guía nuestros pasos.
A partir de aquí, el Camino continúa entre arroyos, pistas y cruces bien señalizados.
Al llegar al km 17 una bifurcación nos permite tomar una alternativa por San Marcial, recomendable para quienes necesiten hacer una pausa y recuperar fuerzas, al pie de carretera hay bar (atención: cierra los miércoles). Ambas opciones confluyen dos kilómetros mas adelante, junto a la carretera, recordándonos que en el Camino —como en la vida— hay distintos senderos, pero un mismo destino.
En la bifurcación tomamos el camino de la derecha, camino oficial. En la subida se divisa El Perdigón, el camino continúa hasta la carretera de San Marcial, donde se une a la alternativa por San Marcial, un miliario nos confirma el buen camino, ante nosotros aparece en el horizonte la ciudad de Zamora.
El camino continua por paisajes rurales, granjas y rediles, donde los sonidos de los animales nos acompañan. Más adelante, junto a otro miliario, giramos a la izquierda y luego a la derecha, cruzando el Arroyo del Perdigón y llegando a uno de los lugares más emblemáticos del Camino: el Espacio Conmemorativo a la Paz y al Entendimiento de las Culturas (km 24,9).
Este monumento, inaugurado en julio de 2009, cuenta con tres monolitos de granito dedicados a la Vía Mirandesa, Vía de la Plata y Vía de la Dalmacia, cada uno acompañado de textos de A. Ramos de Castro que nos invitan a la paz, la promesa y la tolerancia, recordándonos el valor de nuestras acciones y pasos en la vida y en el Camino.
Tras este emotivo espacio, continuamos por caminos y pistas rurales, cruzando carreteras y naves agrícolas, hasta aproximarnos a la ciudad por la calle de Fermoselle, que nos conduce a la Iglesia de San Frontis (km 30 de la etapa). Su origen se remonta al siglo XIII como iglesia y hospital de peregrinos fundado por Aldovino, monje del Périgord, destacando como prueba histórica de la importancia de la Vía de la Plata.
En pocos pasos entramos en uno de los momentos más hermosos de la etapa: el paseo junto al río Duero.
El sonido del agua, los miradores y la silueta de la ciudad al otro lado crean una entrada inolvidable.
Cruzamos el histórico Puente de Piedra, durante siglos paso obligado de peregrinos, comerciantes y viajeros. Y al hacerlo, sentimos que cruzamos algo más que un río. Cruzamos un umbral.
Zamora, ciudad del Románico
Entramos en Zamora, la antigua Ocelodurum romana, por el Puente de Piedra, símbolo de la ciudad y construido en el siglo XII. Nuestro paseo nos lleva por la Plaza Santa Lucía, la cuesta de San Cipriano y finalmente al albergue de hospitalidad tradicional, junto a la iglesia de San Cipriano, donde los peregrinos pueden descansar y prepararse para recorrer la ciudad (km 31,3 Final de etapa).
El casco histórico de Zamora nos ofrece la mayor concentración de iglesias románicas de Europa. Destacan la Iglesia de San Cipriano, la Plaza Mayor, la Iglesia de San Juan Bautista, la Iglesia de Santa María Magdalena, la Iglesia de San Pedro y San Ildefonso, la Catedral de Zamora, el Parque del Castillo y la Iglesia de Santiago de los Caballeros, ligada al Cid Campeador. Cada rincón nos conecta con la historia, la fe y la belleza arquitectónica de esta ciudad.
Reflexión para el peregrino
Al finalizar la jornada, tras dejar atrás los kilómetros de Castilla y la majestuosidad de Zamora, se nos invita a la reflexión sobre nuestro propio camino: cada paso que damos, cada desvío, cada mojón, cada espacio histórico, nos recuerda que el Camino no es solo físico, sino también espiritual. Las piedras que pisan nuestros pies nos enseñan que la vida se hace al andar, y que la riqueza del viaje reside en la atención plena a cada instante, en la conexión con la historia, la cultura y con nuestro propio corazón.































