ETAPA 22: ZAMORA > FONTANILLAS DE CASTRO



Información actualizada: 2 de abril de 2026







      La etapa de hoy es cómoda y sin dificultades técnicas. No hay grandes desniveles ni pasos complicados, y el terreno permite caminar con calma, a buen ritmo y con la mente despejada.

El paisaje es abierto y de horizontes largos, surcado por rectas que parecen no terminar nunca. Puede resultar monótono para algunos, pero el peregrino que aprende a mirar con el corazón descubre en este tipo de etapas un regalo silencioso: la oportunidad de caminar sin prisa, de dejar que los pensamientos se ordenen, y de permitir que el alma respire.

Nos acompañan los campos dorados de cereal de la Comarca del Pan, donde el viento se mueve como una oración suave sobre la tierra. Y al final, el Camino nos ofrece una de esas estampas que se quedan grabadas: las ruinas de Castrotorafe, alzándose junto al río Esla como un recuerdo medieval detenido en el tiempo.


Apunte práctico

Etapa larga y expuesta: conviene salir temprano, especialmente en días de calor. Hay pocos tramos de sombra, por lo que es recomendable llevar agua suficiente y protegerse del sol. Las paradas naturales para descansar son Roales del Pan y Montamarta.


      Salimos del centro de Zamora callejeando hasta la Plaza Mayor. Desde allí tomamos la calle Reina,  hasta llegar a la Puerta de Doña Urraca, custodiada por dos torreones que todavía imponen respeto.


      Bajamos la cuesta de San Bartolomé hasta una rotonda y la cruzamos hacia la izquierda por la calle Puebla de Sanabria. A pocos metros, en una bifurcación, tomamos ligeramente a la izquierda por la calle de La Hiniesta, donde aparece la señalización que marca el inicio del Camino Zamorano.

Poco a poco dejamos atrás la ciudad, atravesando la zona industrial del extrarradio.

Cruz del Rey Don Sancho (km 2,5)

      Tras una glorieta llegamos a la Cruz del Rey Don Sancho, un lugar cargado de historia y leyenda. La tradición sitúa aquí uno de los episodios más conocidos del Cerco de Zamora.

Es uno de esos puntos donde el peregrino recuerda que el Camino no solo atraviesa campos y pueblos, sino también siglos de historia humana: luchas, ambiciones, heridas… y también reconciliaciones.


Camino hacia Roales del Pan

      Seguimos de frente por un andadero paralelo a la carretera en dirección a La Hiniesta. Tras un kilómetro tomamos un camino de tierra a la derecha. Pasamos junto a una chatarrería y, poco después, cruzamos la Autovía del Duero por un puente peatonal (km 5).

Nada más cruzarlo giramos a la derecha y tomamos el siguiente sendero a la izquierda. En el cruce volvemos a girar a la derecha y enlazamos con la N-630 en una rotonda.

Por la izquierda entramos en Roales del Pan, donde un crucero nos recibe (km 6,3).




      Roales del Pan es un pueblo agrícola, rodeado de extensos campos de cereal que definen el paisaje de esta comarca. Cuenta con bares y tiendas, por lo que es un lugar ideal para desayunar o hacer una parada breve.

Su edificio más destacado es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, reconstruida en el siglo XX, aunque conserva una portada original del siglo XVI. En el interior se guardan algunas piezas de interés, como un Cristo del siglo XVI y varios objetos litúrgicos antiguos.

Dejamos atrás la iglesia y el ayuntamiento y continuamos por la calle principal. En pocos minutos el asfalto desaparece y entramos en pista de tierra.

Apenas quinientos metros después llegamos a un cruce: tomamos el camino de la derecha. Poco después, en otro cruce, giramos a la izquierda.

Comienza entonces un tramo de rectas largas y terreno abierto. A nuestra izquierda se extienden los campos de cereal; a la derecha nos acompaña la N-630.

En etapas como esta, donde el paisaje parece repetirse, el peregrino aprende una lección importante:

no siempre hace falta que el Camino cambie por fuera para que cambie por dentro.



      Al final de la recta encontramos un puente peatonal. Giramos a la derecha y lo subimos para cruzar las vías del tren de alta velocidad (km 13,3). Tras superarlo continuamos en dirección norte por otra larga recta que nos conduce a la siguiente localidad: Montamarta (km 19,8).

El albergue de Montamarta se encuentra en las afueras del pueblo, a la entrada hay un desvío que lleva al albergue (consultar mapa para su localización).





      Montamarta se sitúa en plena Comarca de la Tierra del Pan. Es un pueblo pequeño, pero con un pasado notable. Se menciona ya en documentos medievales, y durante siglos estuvo vinculado al Monasterio de los Jerónimos, fundado en el siglo XV.

Hoy el monasterio se encuentra en ruinas y apenas se conserva su fachada, pero su recuerdo sigue vivo. Durante más de un siglo fue un lugar de oración y estudio, hasta que los monjes se trasladaron a Zamora.

En la Plaza Mayor se encuentra la iglesia de San Miguel Arcángel, reconstruida a principios del siglo XX gracias al esfuerzo y generosidad de los vecinos. Es un ejemplo hermoso de algo que el peregrino comprende muy bien: cuando un pueblo se une, incluso lo que parecía imposible se levanta piedra a piedra.

El Zangarrón

      Montamarta conserva también una tradición muy singular: la fiesta del Zangarrón, celebrada en Año Nuevo y Reyes. Un personaje enmascarado recorre las calles pidiendo el aguinaldo en una de las manifestaciones populares más conocidas de la provincia.

Estas costumbres, transmitidas de generación en generación, recuerdan que el Camino no solo atraviesa paisajes, sino también raíces vivas, pueblos que conservan su alma en lo sencillo.


Para salir de Montamarta existen dos opciones:

      La más bonita es tomar el camino de tierra que bordea el embalse y conduce a la ermita de Santa María del Castillo.
Si el agua impide el paso, habrá que salir por la carretera.

Desde la ermita se disfrutan unas vistas magníficas del pueblo y del embalse.



      Continuamos por pista entre campos de cultivo. El tramo es tranquilo y sin grandes referencias hasta llegar a una plataforma sobre las vías del tren de alta velocidad, que cruzamos por debajo (km 23,3).

Después giramos a la izquierda unos metros, con la autovía a nuestra izquierda. Tras poco más de 700 m, tomamos un camino a la izquierda que nos vuelve a acercar a la compañía de la autovía. Subimos un repecho, cruzamos una carretera y continuamos paralelos a la vía. Más adelante, nos desviamos a la derecha por un tramo de la antigua carretera, que nos permite cruzar por un puente un brazo del embalse de Ricobayo. Continuamos un trecho y cruzamos otro puente que salva de nuevo la N-630 y la autovía (km 28). Al otro lado nos espera el embalse, ofreciendo un paisaje amplio y luminoso, de esos que invitan a detenerse un instante y agradecer.

El agua se extiende tranquila, reflejando la luz del cielo como un espejo que acoge cada pensamiento y cada silencio. En este instante, el peregrino siente cómo el camino no es solo de pasos, sino de corazón abierto, donde cada respiración se llena de paz y cada mirada encuentra su sentido. Aquí, en la vastedad del paisaje, el alma puede hablar y susurrar agradecimiento, recordándonos que lo esencial siempre está delante de nosotros, esperando ser contemplado.



      Desde este punto giramos a la derecha por un camino que nos conduce hasta las ruinas de la antigua ciudad de Castrotorafe (km 29,4 de la etapa).

Castrotorafe fue una ciudad poderosa en tiempos medievales. Murallas, castillo y un puente estratégico sobre el río Esla hicieron de este lugar un enclave de gran importancia. Aquí se cruzaban caminos, intereses y fronteras, y durante siglos sus piedras fueron testigo de batallas, alianzas y decisiones que marcaron la historia de la comarca.

Más tarde, Castrotorafe estuvo vinculada a la Orden de Santiago, creada para proteger a los peregrinos que caminaban hacia Compostela. Y tal vez por eso, cuando uno llega aquí, siente que no está solo ante unas ruinas: siente que pisa un lugar donde el Camino dejó huella profunda.

Con el paso del tiempo llegaron las pestes, el abandono y el silencio. La ciudad fue apagándose lentamente, como una lámpara que se queda sin aceite, hasta quedar reducida a lo que hoy contemplamos: muros vencidos, piedra desnuda y viento.

El Camino no entra en el recinto, pero merece la pena acercarse y detenerse unos minutos. Castrotorafe es una de esas paradas que hablan sin palabras.

Todo cae… pero no todo se pierde.
Hay ruinas que no destruyen, sino que enseñan.




      Dejamos atrás las ruinas siguiendo las flechas amarillas. Tras poco más de un kilómetro un mojón nos indica tomar un camino a la derecha. El trazado es sencillo y no tiene pérdida.

Después de otro kilómetro entramos en Fontanillas de Castro (km 32 Final de la etapa).




      Fontanillas de Castro es un pueblo pequeño y tranquilo, con algunas casas tradicionales que conservan el carácter rural de estas tierras. Destaca la humilde iglesia de la Inmaculada Concepción, sencilla y recogida, como una lámpara encendida en medio del silencio.

Pero si hay algo verdaderamente especial aquí, es su albergue.

En Fontanillas de Castro se encuentra uno de los albergues de acogida tradicional más queridos y emblemáticos de este Camino: el Albergue Castrotorafe. No es solo un lugar para dormir, es un refugio de alma, un espacio donde el peregrino siente que vuelve a lo esencial.

Aquí la hospitalidad no se entiende como un servicio, sino como una entrega. Sus hospitaleros, Ángela y Paco, son voluntarios, personas que han hecho de la acogida una forma de vida. Muchos peregrinos los recuerdan como auténticos ángeles del Camino, no por lo que ofrecen materialmente, sino por lo que transmiten: humanidad, cercanía y un amor silencioso que reconforta.

Y es importante que el peregrino comprenda el verdadero significado de esto.

La acogida tradicional no consiste únicamente en abrir una puerta o ofrecer una cama. Es abrir el corazón. Es mirar al peregrino y reconocer en él algo sagrado. Es un gesto de amor silencioso y gratuito, donde la hospitalidad se convierte en oración y servicio. Aquí se aprende que el Camino no se sostiene solo por flechas amarillas o mapas, sino por personas que caminan con fe en lo invisible: en la bondad, en la gratuidad y en el valor de acompañar.

En Fontanillas, el peregrino no solo descansa; es escuchado, acogido y valorado. Y a veces, cuando el cuerpo llega cansado y el ánimo en silencio, una palabra sencilla, un gesto humilde o una sonrisa pueden convertirse en el mejor bálsamo. Este albergue recuerda al caminante que la verdadera riqueza del Camino está en la entrega y el encuentro con los demás.



Reflexión final del peregrino

      Al terminar esta etapa, quizás larga pero tranquila, el corazón ha tenido tiempo para hablar en silencio. Las rectas interminables, los campos dorados y los pueblos pequeños nos enseñan que lo esencial no siempre se ve, pero se siente profundamente.

Puede que hoy no hayas visto grandes monumentos ni subido montañas, pero sí has recorrido un camino hacia dentro, donde cada paso se vuelve oración y cada gesto sencillo se convierte en lección.

Y al llegar a Fontanillas, entre el agua del embalse y la acogida del albergue, el peregrino comprende algo que resume toda la etapa:

La hospitalidad es amor,
y el amor es también fe.

Ultreia et Suseia

- A Santiago por Astorga -
Fontanillas de Castro > Benavente
37 km

- A Santiago por Ourense -
ETAPA 23
Fontanillas de Castro > Tábara
35,6 km

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Buen Camino

ETAPA 21: EL CUBO DEL VINO > ZAMORA



Información actualizada: 27 de marzo de 2026





      Nos espera hoy una larga jornada. A estas alturas del Camino, los kilómetros acumulados ya no pesan igual: el cuerpo se ha adaptado, y es el corazón el que empieza a caminar de otra manera.

Hoy, además, nos aguarda un regalo especial como premio a la constancia: la llegada a Zamora, una ciudad que no solo se visita, sino que se contempla. Tierra de piedra, de historia y de fe, donde el románico parece seguir orando en cada rincón.

El Camino discurre por largas rectas, propias de las tierras de Castilla. Pistas de concentración agraria que atraviesan extensas llanuras de cultivo, donde el horizonte se abre sin límites. Es un paisaje que invita a un caminar pausado, a la reflexión… y también a la oración sencilla.

En época estival conviene extremar la precaución: el calor puede hacer esta etapa exigente. Lo más recomendable es comenzar al alba, incluso bajo las estrellas, y llevar siempre buena provisión de agua.



      Comenzamos junto a la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, donde un crucero, obra de la Fundación Ramos de Castro, nos recuerda que el Camino siempre ha sido también camino de fe.

Los primeros pasos nos llevan al Arroyo San Cristóbal, que cruzamos por el puente de la carretera. Tras él, el Camino se desvía por una pista de tierra que avanza junto a las antiguas vías del ferrocarril Salamanca–Zamora, hoy en desuso.





      Poco después llegamos al panel Siste Viator del Ayuntamiento de Corrales del Vino, que nos recuerda la repoblación cisterciense de estas tierras en 1143, hombres que entendieron el trabajo como oración, y la sencillez como forma de encuentro con Dios.


Las rectas de Castilla

      Tras 5,5 km, un mojón nos indica girar a la izquierda y luego a la derecha, alejándonos definitivamente de las vías del tren, avanzando por la larga recta que surge de la concentración parcelaria. Aquí el peregrino camina sin distracciones. Solo el paso, la respiración… y el silencio.

Aquí, en los campos de Castilla, no podemos evitar recordar a Antonio Machado y su sabiduría sobre el Camino y la vida:


“Caminante,
no hay camino, se hace camino al andar”.





      A los 8 km, el sendero gira hacia el norte, mientras los viñedos se hacen más presentes. Un miliario conmemorativo nos anuncia la cercana población de Villanueva de Campeán (km 12). Tras unos 800 m, llegamos a la entrada del pueblo, donde otro miliario y una escultura en hierro nos dan la bienvenida (km 12,8). Desde aquí, si nos desviamos unos metros por la carretera, podemos visitar el Convento de Santa María del Soto, declarado Bien de Interés Cultural, aunque hoy en ruinas. 






Sencillez y memoria

      Situada a los pies del cerro de La Esculca, Villanueva de Campeán combina historia y patrimonio vinícola. Su historia está ligada al cercano convento de Santa María del Soto, hoy en estado ruinoso, pero aún cargado de memoria. Desde el exterior se puede intuir lo que fue, recordándonos que todo lo humano pasa… pero lo vivido con fe permanece.

El pueblo conserva la esencia de estas tierras: sobriedad, tradición y cultura del vino. Sus bodegas, grandes y familiares, siguen siendo testimonio de siglos de historia.

Su iglesia parroquial fue levantada en 1794 sobre un edificio anterior y cuenta con varias espadañas y portadas con tradición románica.




      Atravesamos la localidad por la calle Calzada, siguiendo el antiguo trazado romano que aún guía nuestros pasos.

A partir de aquí, el Camino continúa entre arroyos, pistas y cruces bien señalizados.

Al llegar al km 17 una bifurcación nos permite tomar una alternativa por San Marcial, recomendable para quienes necesiten hacer una pausa y recuperar fuerzas, al pie de carretera hay bar (atención: cierra los miércoles). Ambas opciones confluyen dos kilómetros mas adelante, junto a la carretera, recordándonos que en el Camino —como en la vida— hay distintos senderos, pero un mismo destino.

En la bifurcación tomamos el camino de la derecha, camino oficial. En la subida se divisa El Perdigónel camino continúa hasta la carretera de San Marcial, donde se une a la alternativa por San Marcial, un miliario nos confirma el buen camino, ante nosotros aparece en el horizonte la ciudad de Zamora





      El camino continua por paisajes rurales, granjas y rediles, donde los sonidos de los animales nos acompañan. Más adelante, junto a otro miliario, giramos a la izquierda y luego a la derecha, cruzando el Arroyo del Perdigón y llegando a uno de los lugares más emblemáticos del Camino: el Espacio Conmemorativo a la Paz y al Entendimiento de las Culturas (km 24,9).

Este monumento, inaugurado en julio de 2009, cuenta con tres monolitos de granito dedicados a la Vía Mirandesa, Vía de la Plata y Vía de la Dalmacia, cada uno acompañado de textos de A. Ramos de Castro que nos invitan a la paz, la promesa y la tolerancia, recordándonos el valor de nuestras acciones y pasos en la vida y en el Camino.





      Tras este emotivo espacio, continuamos por caminos y pistas rurales, cruzando carreteras y naves agrícolas, hasta aproximarnos a la ciudad por la calle de Fermoselle, que nos conduce a la Iglesia de San Frontis (km 30 de la etapa). Su origen se remonta al siglo XIII como iglesia y hospital de peregrinos fundado por Aldovino, monje del Périgord, destacando como prueba histórica de la importancia de la Vía de la Plata.





      En pocos pasos entramos en uno de los momentos más hermosos de la etapa: el paseo junto al río Duero.

El sonido del agua, los miradores y la silueta de la ciudad al otro lado crean una entrada inolvidable.

Cruzamos el histórico Puente de Piedra, durante siglos paso obligado de peregrinos, comerciantes y viajeros. Y al hacerlo, sentimos que cruzamos algo más que un río. Cruzamos un umbral.







Zamora, ciudad del Románico

      Entramos en Zamora, la antigua Ocelodurum romana, por el Puente de Piedra, símbolo de la ciudad y construido en el siglo XII. Nuestro paseo nos lleva por la Plaza Santa Lucía, la cuesta de San Cipriano y finalmente al albergue de hospitalidad tradicional, junto a la iglesia de San Cipriano, donde los peregrinos pueden descansar y prepararse para recorrer la ciudad (km 31,3 Final de etapa).




      El casco histórico de Zamora nos ofrece la mayor concentración de iglesias románicas de Europa. Destacan la Iglesia de San Cipriano, la Plaza Mayor, la Iglesia de San Juan Bautista, la Iglesia de Santa María Magdalena, la Iglesia de San Pedro y San Ildefonso, la Catedral de Zamora, el Parque del Castillo y la Iglesia de Santiago de los Caballeros, ligada al Cid Campeador. Cada rincón nos conecta con la historia, la fe y la belleza arquitectónica de esta ciudad.




Reflexión para el peregrino

      Al finalizar la jornada, tras dejar atrás los kilómetros de Castilla y la majestuosidad de Zamora, se nos invita a la reflexión sobre nuestro propio camino: cada paso que damos, cada desvío, cada mojón, cada espacio histórico, nos recuerda que el Camino no es solo físico, sino también espiritual. Las piedras que pisan nuestros pies nos enseñan que la vida se hace al andar, y que la riqueza del viaje reside en la atención plena a cada instante, en la conexión con la historia, la cultura y con nuestro propio corazón.



"Caminante,
son tus huellas el camino y nada más."
– Antonio Machado


Zamora > Fontanillas de Castro
32 km

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