Aquí el aire huele distinto, y el alma lo nota. El silencio se hace más profundo, los árboles más sabios, y los pasos más recogidos. Parece que el Camino, como un viejo maestro, empieza a hablarnos sin palabras.
Entramos en la primera dehesa de la Vía de la Plata, donde la señalización nunca nos deja a la deriva. A veces son mojones de granito los que marcan el sendero, otras, las flechas amarillas, pintadas con cuidado en árboles, postes o piedras, como pequeños faros que iluminan nuestro andar. En ese paisaje abierto y antiguo, cada señal es un guiño, una invitación a no perder la senda, tanto exterior como interior.
Tras este largo caminar, que nos conduce sin prisa hasta una carretera (km 14,9). Al cruzar la A-8002, el camino continua paralelo a la carretera. La mirada se abre al horizonte mientras avanzamos, y después de unos 3,5 km, llegamos a una glorieta, esa puerta que nos anuncia la llegada a Castilblanco de los Arroyos (Km 17,6).
Aquí, en esta entrada al pueblo, el Camino nos invita a detenernos un instante, a respirar hondo y preparar el espíritu para lo que queda por andar.
Este albergue es cuidado con dedicación por hospitaleros voluntarios, guardianes del espíritu peregrino que acogen a quien llega cansado, con el alma sedienta de descanso y compañía.
Sus calles, encaladas y apacibles, reflejan la sencillez y la calidez de sus gentes, que han mantenido viva la herencia de sus antepasados en un entorno donde la naturaleza y la historia se entrelazan con armonía.
La época romana dejó huellas imborrables en sus alrededores, con numerosas villas rurales, antecesoras de los cortijos actuales, y fue cruzado por una de las calzadas más importantes del Imperio: la Vía de la Plata, arteria vital que unía el sur con el norte peninsular. Se cree que ya entonces existía un pequeño núcleo poblacional donde hoy se levanta Castilblanco, abrazado por el paso de los siglos.
Tras la conquista cristiana por Fernando III, el pueblo aparece documentado en los repartimientos de Sevilla, confirmando su importancia en la región.
En el siglo XIV, Castilblanco figura en el Libro de Montería, obra encargada por Alfonso XI que recoge con detalle y lirismo la riqueza natural y humana de estas tierras, legado singular comparable solo con grandes textos medievales europeos.
Castilblanco ha sido durante siglos refugio y apeadero para viajeros que atravesaban el sur de la península. La actual carretera que atraviesa la localidad conserva el trazado de la antigua calzada romana, testigo mudo del paso de innumerables peregrinos, comerciantes y viajeros.
Entre Castilblanco y Almadén de la Plata aún se conservan restos de una posada romana de tres plantas, que ofrecía cobijo a quienes necesitaban descansar tras largas jornadas bajo el sol o la lluvia.
Hoy, Castilblanco invita al caminante a detenerse y escuchar: el susurro de sus árboles centenarios, el canto lejano de los pájaros, el eco de pasos antiguos que aún resuenan en sus caminos.
Caminar por sus calles y sus alrededores es sentir la conexión profunda entre historia, naturaleza y espíritu, un regalo para quien busca más que un destino, un encuentro consigo mismo.
En el corazón del pueblo, la iglesia del Divino Salvador se alza como un faro de calma y recogimiento, testigo silente del paso del tiempo y refugio espiritual para peregrinos y vecinos.
Este templo, de estilo barroco sevillano, fue construido en el siglo XVIII sobre antiguas estructuras religiosas anteriores, y desde entonces ha sido el centro de la vida comunitaria y espiritual de Castilblanco. Su sencilla pero elegante fachada encalada refleja la luz del sol andaluz, invitando a la contemplación y al sosiego.
El interior del Divino Salvador acoge retablos ornamentados, imágenes veneradas y un silencio que parece envolver el alma. Cada rincón invita al recogimiento, a la oración pausada y al agradecimiento por el don de la vida y el caminar.
Para el peregrino, detenerse ante esta iglesia es mucho más que una pausa física: es un momento para renovar el espíritu, para agradecer las fuerzas recibidas y para prepararse para el siguiente tramo del Camino. Sus campanas, al repicar, parecen cantar antiguas melodías que acompañan los pasos y bendicen el viaje.
Además, la iglesia suele ser punto de encuentro y acogida en festividades y celebraciones locales, manteniendo viva la tradición y la comunidad que han hecho de Castilblanco un lugar tan especial.
La Campana del Divino Salvador
En tiempos antiguos, cuando las tormentas azotaban la Sierra Norte y los caminos eran más solitarios y duros, la voz de esta campana era como un faro en la oscuridad. Muchos peregrinos aseguraban que, al escuchar su sonido, sentían renacer la fuerza y el ánimo para continuar su viaje.
Hoy, esa tradición sigue viva, y detenerse en la iglesia para escuchar sus campanas es como recibir una bendición que trasciende el tiempo.
en el Divino Salvador


















Tener una edad hoy dia, no es impedimento, para vivir el Camino, cuando hay narradores, que lo hacen con tal intensidad, que lo vives con toda plenitud, ya no solo en lo fisico y material,sino lo mas importante, te trasmiten desde su riqueza espiritual, el silencio, la soledad, esos momento intimos de reflexion, que llenan el alma, que dan paz y armonia. Gracias Antonio
ResponderEliminarAsí es Beatriz, en el Camino la edad pasa a un segundo plano, lo importante es la fuerza del corazón. Beatriz, para mi es un autentico regalo que mis palabras te transmitan esa serenidad. El Camino es puro sentimiento, un viaje a lo más intimo del ser humano, este es su gran atractivo. Gracias
ResponderEliminarLo cerca que está de Sevilla y lo desconocido que es para muchos.
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