El dulce gozo de caminar ligero


EL DULCE GOZO
DE CAMINAR LIGERO



Cuando aprendemos a soltar,
el Camino nos devuelve espacio para vivir
  
    Ya ha anochecido. La cena ha terminado hace un rato y algunos peregrinos todavía permanecemos alrededor de la mesa. Antes de irnos a descansar hemos ayudado al hospitalero a recoger: unos llevan los platos, otros limpian la mesa, alguien se acerca a la cocina.

Son pequeños gestos, nadie los ha pedido.
Quizá sea simplemente nuestra manera de dar las gracias por haber encontrado una puerta abierta al final de una jornada dura.

Poco a poco el albergue se va quedando tranquilo.
Algunos peregrinos se han acostado ya. Otros permanecen fuera, disfrutando de los últimos suspiros de la noche.
Dentro de la habitación, las mochilas descansan junto a las literas y nuestros cuerpos empiezan a sentir ahora todo el cansancio que durante el día no quisimos escuchar.

Nosotros seguimos sentados en el pollete, descalzos.
Las botas están a nuestro lado, los pies duelen.

—Mañana tendremos que volver a ponérnoslas —digo.

—Sí. Pero esta noche son ellas las que descansan.

Nos reímos.
Durante unos minutos no hablamos.

Al otro lado de la pared alguien se mueve en su litera. Una cama cruje. Se escucha una tos. Después llega ese sonido tan conocido en los albergues: el primer ronquido.

Ya empezó la música. 

—Mientras sólo sea música...

Sabemos que la noche será larga para algunos. Hay peregrinos que duermen profundamente. Otros tienen dificultades para respirar. Algunos roncan sin poder evitarlo. Otros, incapaces de conciliar el sueño, terminan levantando la voz o protestando, olvidando quizá que hay alguien al otro lado que tampoco ha elegido pasar la noche así.

El peregrino que comprende intenta tener paciencia.

A veces hay que librar dos batallas: una contra los ronquidos y otra contra la falta de comprensión. Y quizá también eso sea parte del Camino.

Aprender a convivir con lo que no hemos elegido.
Aprender que no siempre podemos tener la noche perfecta, la cama perfecta, el silencio perfecto.
Aprender, incluso en esas pequeñas incomodidades, a mirar al otro con un poco más de comprensión.
Porque quizá el desapego también empiece ahí: en dejar de exigir que todo sea como nosotros queremos. Una palabra que nos hace pensar.

Antes has dicho algo que me ha dejado pensando.

—¿El qué?

—Que llevamos demasiado dentro.

Miro mi mochila, está allí, apoyada junto a la litera, no parece gran cosa.
Después de tantos kilómetros ya nos hemos acostumbrado a ella, sé que no todo lo que llevo dentro se puede pesar con una báscula.

Recuerdo una frase que circula desde hace años en la red y que con frecuencia se atribuye a Buda:

«Mira en tu interior y siéntete en paz; libre de temores y ataduras conoce el dulce gozo del camino...»

Su autoría no parece estar documentada, y quizá sea bueno decirlo.
Pero hay frases que, aun sin saber quién las pronunció, encuentran un lugar donde quedarse. Y esta, de alguna manera, encontró el suyo en el Camino.
Porque habla de algo que todos los peregrinos conocemos. Soltar.

Quizá una de las grandes enseñanzas del Camino sea descubrir que para caminar lejos no siempre necesitamos llevar más.
Muchas veces necesitamos llevar menos, y no hablamos solamente de la mochila.

Lo que pesa sobre los hombros

¿Cuánto pesaba tu mochila cuando saliste?

—Demasiado.

¿Y ahora?

Menos.

¿Porque has sacado cosas?

Algunas.

¿Y las demás?

He descubierto que no las necesitaba.

Nos reímos otra vez.

Todos conocemos aquella primera mochila, la preparamos con ilusión y con miedo. «Por si acaso».

Una camiseta más.
Algo de abrigo
Un libro demasiado pesado.
Algún objeto que creemos imprescindible.
Y muchas cosas que llevamos porque tenemos miedo de que algún día podamos necesitarlas.


El miedo también sabe hacer equipaje.

      Con el paso de los kilómetros aprendemos.
Aquello que parecía imprescindible comienza a sobrar.
La mochila nos enseña una lección sencilla y profunda:
necesitamos mucho menos de lo que creíamos.
Durante días nuestra vida cabe en unos pocos kilos.

Una cama sencilla.
Una ducha.
Algo que comer.
Agua.
Un lugar donde descansar.
Y quizá una conversación al final de la etapa.
Eso basta.

Y cuando comenzamos a desprendernos de lo superfluo, ocurre algo curioso.
No solamente pesa menos la mochila. También parece que respiramos mejor.
Porque hay cosas que ocupan espacio sin aportarnos nada.

El desapego material no significa despreciar aquello que poseemos.
Significa aprender a distinguir lo necesario de lo superfluo.
Lo útil de lo que acumulamos.
Lo que necesitamos de aquello que simplemente tenemos miedo de perder.
Y quizá sea una de las primeras libertades que nos ofrece el Camino:
descubrir que podemos vivir con menos y, sin embargo, sentir que tenemos mucho.


Lo que pesa dentro de la cabeza

        —Aunque la mochila se puede vaciar bastante fácilmente.

¿Y la cabeza?

Sonrío.

Esa es otra historia.

Podemos desprendernos de una camiseta que pesa demasiado.
Pero desprendernos de nuestras expectativas cuesta bastante más.
Salimos de casa con un plan. Sabemos dónde queremos dormir, cuántos kilómetros queremos hacer, a qué hora pensamos llegar y, si somos muy organizados, hasta dónde queremos parar a tomar un café.
Y entonces aparece el Camino.

Y el Camino, con esa sabiduría que tiene para poner cada cosa en su sitio, nos recuerda que nosotros hacemos planes... pero la vida tiene los suyos.

Una ampolla.
Un cuerpo que ese día no responde como esperábamos.
Un albergue diferente al que imaginábamos.
Y, en nuestra Vía de la Plata, aparece también el calor.
Ese calor que parece salir de la propia tierra.
El cuerpo empieza a pedirnos que vayamos más despacio.
La sombra se convierte en un regalo.
El agua adquiere otro valor.
Y aquella etapa que habíamos diseñado desde casa deja de parecerse a la que estamos viviendo.
Podemos enfadarnos.
Podemos luchar contra ello.
Podemos pensar todo el tiempo en cómo debería estar siendo el día.
O podemos aceptar.

Después de muchos Caminos acabas aprendiendo eso.

¿El qué?

Que el Camino no tiene que adaptarse a nosotros.

Me mira y sonríe.

Y nosotros sí tenemos que aprender a adaptarnos a él.

Exactamente.

No significa abandonar, no significa caminar sin rumbo.
Significa comprender que hay cosas que no están en nuestras manos.
Y cuando dejamos de luchar contra lo inevitable, recuperamos una fuerza que estábamos gastando inútilmente.

Quizá el desapego mental consista precisamente en eso:
dejar de exigirle al Camino que cumpla nuestras expectativas para empezar a descubrir qué quiere ofrecernos.

Entonces aparece el presente.
El paso que estamos dando.
La sombra que encontramos.
El árbol que no habíamos visto.
Una fuente.
Un pájaro.
Una conversación inesperada.
Una sonrisa.
Y descubrimos que quizá aquella etapa que queríamos controlar nos estaba impidiendo vivirla.

Aceptar también es agradecer

        —¿Sabes otra cosa que aprendes con los años?

A ver...

A quejarte menos.

Eso sí que cuesta.

Mucho.

Nos reímos.

Porque todos hemos tenido días de queja.
Demasiado calor.
Demasiados kilómetros.
Poco descanso.
Una cama incómoda.
Una ducha con a.

Es fácil encontrar algo de lo que quejarse.
Y una queja puede parecer pequeña.
Pero cuando la alimentamos, empieza a crecer.

Una molestia se convierte en enfado.
El enfado en malestar.
Y el malestar termina robándonos aquello que todavía podía ser hermoso en esa jornada.

Hace mucho tiempo, Thích Nhất Hạnh hablaba de las semillas que llevamos dentro y de cómo aquello que regamos en nuestra mente termina creciendo.

La enseñanza es sencilla.
Si alimentamos constantemente la queja y el resentimiento.
El sufrimiento encuentra terreno donde crecer.
Y quizá el Camino nos enseñe justamente lo contrario.

No a fingir que todo es perfecto.
No a negar el cansancio.
No a callar cuando algo realmente necesita ser dicho.
Sino a no convertir cada incomodidad en una razón para sufrir.
Porque también podemos mirar alrededor y decir:

Estoy aquí.
Hay una cama esperándome.
Hay agua.
Hay algo que comer.
Hay un hospitalero que ha abierto esta puerta.
Hay otros peregrinos compartiendo conmigo este camino.

Y de repente descubrimos que la realidad quizá no ha cambiado.
Hemos cambiado nosotros la manera de mirarla.

Aceptar no significa pensar que todo está bien.
Significa reconocer también aquello que sí está bien.
Incluso cuando el día no lo está.
Y cuando aprendemos a agradecer, empezamos a respetar.

Respetamos el lugar que nos acoge.
Respetamos las normas sencillas que hacen posible la convivencia.
Respetamos al hospitalero que ha dedicado su tiempo a recibirnos.
Respetamos al peregrino que duerme a nuestro lado, aunque ronque.
Y respetamos incluso aquello que no comprendemos.

Porque después de muchos Caminos uno acaba entendiendo que el Camino no está para servirnos.
Somos nosotros quienes entramos en él y cuando lo hacemos con humildad, algo empieza a cambiar.


Y están las personas

      Nos quedamos un momento callados.
Esta parte es diferente.
Porque desprenderse de una camiseta resulta sencillo.
Desprenderse de alguien a quien queremos, no.

El Camino tiene una manera muy especial de acercarnos a las personas.
A veces basta compartir unos kilómetros para comenzar una amistad.

Una conversación mientras caminamos.
Un café.
Una comida.
Una ayuda cuando los pies duelen.
Una confidencia al final del día.

Y sucede algo extraño.
Personas que esa misma mañana eran desconocidas pueden convertirse, unas horas después, en compañeros de camino, a veces incluso en hermanos.
Porque hay conversaciones que necesitan muchos años para llegar a un lugar profundo y otras que encuentran ese lugar después de veinte kilómetros.
Pero el Camino también nos enseña que esos encuentros son pasajeros.

Un día nuestros pasos coinciden.
Otro día se separan.
Uno necesita descansar.
Otro quiere continuar.
Una lesión cambia el ritmo.
Una etapa diferente nos lleva por otro lugar.
Y llega el momento de despedirse.
—Buen Camino.
Dos palabras y seguimos.
Quizá nos duela.
Quizá pensemos que no queremos perder aquella compañía.
Pero también sabemos que el Camino no nos pertenece.
Ni las personas que encontramos en él.
Ni siquiera los momentos hermosos.

Y aquí aparece una de las cosas más difíciles de comprender:
desapegarse no es dejar de querer.
Es querer sin convertir nuestro cariño en una forma de posesión.
Es agradecer que alguien haya caminado junto a nosotros sin exigirle que permanezca.
Es guardar a una persona en el corazón sin intentar encadenarla a nuestro camino.
Es saber decir «buen camino» cuando llega la hora de separarse.
Y seguir caminando.
Porque algunos encuentros duran una etapa, otros, toda una vida.
Pero no por durar menos fueron menos verdaderos.


Hay cadenas que no pesan

        —Entonces, ¿desapegarse significa no aferrarse a nada?

Pienso unos segundos antes de responder.

No lo sé.

Miro hacia la puerta del albergue.

—Creo que hay cadenas que atan y cadenas que unen.

¿Y cuál es la diferencia?

Que unas necesitan retenerte y las otras simplemente caminan contigo.

Quizá ahí esté una de las claves.
No se trata de vivir sin vínculos.
Sería imposible y tampoco deseable.
Necesitamos a los demás.
Necesitamos amar.
Necesitamos sentirnos queridos.
Necesitamos compartir.

El Camino nos lo recuerda constantemente.
La diferencia está en cómo vivimos esos vínculos.
Podemos querer sin poseer.
Acompañar sin controlar.
Ayudar sin exigir.
Dar las gracias sin pedir que el regalo se repita.
Y dejar marchar cuando llega el momento.
Eso también es caminar ligero.


Las manos abiertas

      Quizá por eso el desapego no tenga tanto que ver con tener las manos vacías como con tenerlas abiertas.

Con las manos abiertas podemos recibir.
Podemos ofrecer.
Podemos ayudar al peregrino cuando nos necesita.
Podemos sostener a quien tropieza.
Podemos abrazar a quien se marcha.
Y también podemos dejar ir.

Cuando cerramos demasiado las manos para no perder aquello que tenemos, quizá tampoco dejamos espacio para recibir lo que está llegando.
El Camino está lleno de cosas que no podemos conservar.

Una puesta de sol.
Una conversación.
Una etapa.
Un paisaje.
Una persona.
Una emoción.

Pasan, y precisamente porque pasan, son preciosas.
Tal vez aprender a vivir sea también aprender a agradecer lo que no podemos retener.


Mirar con ojos de peregrino

        —Quizá por eso dos personas pueden recorrer el mismo Camino y vivir peregrinaciones completamente diferentes.

¿Por qué?

Porque no caminamos solamente con los pies.

Lo miro.

También caminamos con la mirada.

Una misma iglesia puede ser para uno solamente un edificio,
Y para otro una historia que lleva siglos esperando ser escuchada.

Una fuente puede ser solamente un lugar donde llenar la botella.
O puede convertirse en uno de los recuerdos más agradecidos de la etapa.

Un albergue puede ser simplemente una cama.
O puede ser una puerta abierta gracias a alguien que decidió dedicar parte de su vida a acoger al peregrino.

Y una persona que encontramos caminando puede ser solamente alguien que coincide con nosotros unos kilómetros.
O puede convertirse en un hermano.

El paisaje es el mismo.
La mirada no.

Quizá por eso, después de muchos Caminos, dejamos de preguntarnos únicamente qué tiene el Camino para ofrecernos.

Comenzamos a preguntarnos:
¿Qué quiere enseñarnos?
Y entonces ocurre algo maravilloso.
El Camino empieza a abrirse, no porque haya cambiado, sino porque hemos cambiado nosotros la manera de vivirlo.
Quizá eso sea una de las diferencias entre recorrer un camino y vivir una peregrinación.


Caminar con menos

      La noche ha avanzado, dentro del albergue los sonidos se han ido apagando, pero en la habitación los ronquidos continúan... tenores, sopranos y barítonos están entre registros medio y alto... ya forman parte del sonido de la noche.

Mañana nos levantaremos temprano, habrá que recoger, volver a echarnos la mochila a la espalda, atar bien las botas... y continuar.

Quizá mañana el calor vuelva a acompañarnos.
Quizá encontremos una sombra que no esperábamos.
Quizá conozcamos a alguien.
Quizá tengamos que despedirnos de alguien.
No sabemos.

Y quizá eso sea precisamente lo hermoso.
Porque el Camino todavía tiene algo que ofrecernos.
Pero para recibirlo necesitamos espacio.
Espacio en la mochila.
Espacio en la cabeza.
Espacio en el corazón.

Tal vez caminar ligero no consista en llevar pocas cosas.
Consista en saber cuáles merece la pena llevar.
Hay cosas que pesan y no necesitamos.
Y hay otras que apenas pesan y pueden cambiar una vida.

Una palabra amable.
Una mano tendida.
La paciencia.
La gratitud.
El silencio.
La capacidad de perdonar.
La amistad.
La hospitalidad.
El amor.
Todo eso cabe en una mochila y...
sin embargo, no pesa.


Antes de dormir

      Entramos de nuevo en la habitación que compartimos con los demás peregrinos.
Las mochilas siguen junto a nuestras literas.
Antes de acostarnos, mi compañero se queda mirándola durante unos segundos.

Mañana voy a sacar algunas cosas.

¿De la mochila?

Sonríe.

De la mochila... y de dentro.

No puedo evitar sonreír también.

Porque quizá ahí esté la verdadera peregrinación.
La mochila material podemos vaciarla mañana.
Lo otro llevará algo más de tiempo.
Tal vez todo el Camino.
Tal vez toda una vida.

Nos acostamos.
El albergue vuelve a quedarse en silencio.
O casi.
Alguien ronca.
Otro se mueve.
Una cama vuelve a crujir.
Hacemos uso de los tapones para el oído.

Y, antes de cerrar los ojos, pienso que quizá el Camino no nos pide que dejemos todo atrás.
Nos pide algo mucho más sencillo:
que aprendamos qué merece la pena llevar con nosotros.

Soltar aquello que ya cumplió su misión.
Aceptar aquello que no podemos cambiar.
Agradecer aquello que la vida nos regala.
Respetar aquello que nos acoge.
Amar sin poseer.
Acompañar sin retener.

Y seguir caminando.
Con menos miedo.
Con menos peso.
Con las manos abiertas.
Y con más espacio dentro de nosotros para todo aquello que el Camino todavía quiera ofrecernos.

Porque quizá, al final, el verdadero desapego no consista en quedarnos sin nada.
Quizá consista en dejar espacio para recibirlo todo.

Y entonces comprendemos que hay una mochila que se aligera cuando sacamos cosas de ella.
Y otra, mucho más profunda, que se aligera cuando aprendemos a soltar.

Quizá sea ahí, precisamente ahí, cuando empezamos a conocer
el dulce gozo de caminar.

Ultreia et Suseia

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