Etapa 17: La Calzada de Béjar > Fuenterroble de Salvatierra



Información actualizada: 15 de diciembre de 2025






      La etapa de hoy nos conduce de La Calzada de Béjar a Fuenterroble de Salvatierra. Entre antiguos miliarios, bosques y riachuelos, los 20,5 km nos ofrecen un espacio de introspección, donde el caminar se convierte en meditación y cada paso nos acerca al espíritu del Camino.



      Partimos de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y recorremos la Calle Vía de la Plata, donde los soportales y balcones se visten de flores en primavera, ofreciendo una estampa entrañable al peregrino que inicia su jornada. Al final de la calle encontramos la Fuente del Peregrino, recuerdo de tantos caminantes que antes que nosotros saciaron aquí su sed.



      Abandonamos el pueblo por una carretera local y, tras unos 200 metros, enlazamos de frente con una pista de tierra. Poco después, tras algo mas de un kilómetro cruzamos la carretera de Béjar a Ciudad Rodrigo. A partir de aquí, se abre un largo tramo llano, flanqueado por campos dedicados a la ganadería. En este paisaje sereno nos saldrán al paso algunos miliarios romanos, testigos milenarios de la antigua calzada. Entre ellos destaca el número CXLII, que tras haber sido trasladado como adorno al Ministerio de Obras Públicas, regresó felizmente a su emplazamiento original junto al río Sangusín.



      Cruzamos el río por una pasarela (km 6,3) y, tras unos 200 metros, llegamos de nuevo al asfalto. El tramo es breve: apenas 200 metros antes de girar a la izquierda para retomar la tierra. Este camino nos conducirá hacia Valverde de Valdelacasa, en cuyo término se cree que se encontraba la antigua mansio romana Ad Lippos, punto de descanso en la Vía de la Plata para legionarios y viajeros. Hoy, siglos después, los peregrinos siguen el mismo itinerario, manteniendo viva la memoria de aquel camino imperial que se convirtió en senda espiritual.



      Estos vestigios nos recuerdan que caminamos por un sendero milenario, compartiendo la misma ruta que viajeros y soldados romanos, mercaderes y peregrinos de siglos pasados. El paso sereno por estas dehesas, acompañado del silencio y la vida tranquila del campo, invita a mirar dentro de uno mismo y a descubrir en lo sencillo la voz callada de Dios.



      Según el Itinerario de Antonino, la mansio Ad Lippos se situaría en la milla 144, una más adelante del miliario 143 de Prado Fusillo. El investigador Roldán, basándose en el análisis de fotografías aéreas, localizó en la parte occidental de Valverde de Valdelacasa los restos de un gran edificio rectangular de 120 por 50 metros, que podría corresponder a esta antigua estación de postas romana.

El camino señalizado nos conduce hasta el núcleo urbano de este pequeño pueblo salmantino, hoy con pocos habitantes, pero que conserva intacto el encanto de la tradición. Apenas entramos en sus calles nos recibe la Iglesia Parroquial de Santiago Matamoros, del siglo XVI (km 8,6 de la etapa). Destaca su campanario en forma de espadaña, en cuya base pueden apreciarse curiosos símbolos labrados en la piedra. Muy cerca, en la calle Fragua, se conservan los restos de un antiguo hospital de peregrinos del siglo XVI, hoy utilizado como pajar, que recuerda la importancia del Camino en la vida de la localidad.



      En nuestro breve recorrido por Valverde descubrimos también varias esculturas jacobeas que embellecen el entorno. El pueblo cuenta con un albergue municipal para peregrinos, cuya llave se solicita en el Ayuntamiento, edificio que además alberga el bar local, situado al final de la calle principal.

Quien decida concluir aquí su jornada encontrará aún más motivos para detenerse. En los alrededores pueden visitarse rincones llenos de historia: a unos 500 metros al norte, en el paraje de La Sargá, se conserva una tumba excavada en la roca, posiblemente altomedieval o visigoda, junto a una fuente de aguas sulfurosas. También quedan vestigios romanos, como una fuente junto a la antigua calzada, y otras de épocas posteriores, entre ellas la llamada Fuente del Cura, del siglo XV o XVI, situada junto al primer miliario de la carretera.



      Valverde de Valdelacasa, pese a su tamaño reducido, guarda entre sus calles y fuentes una memoria viva del paso de siglos y de caminantes. El peregrino que se adentra en él no solo encuentra descanso, sino también la sensación de estar caminando por un lugar donde la historia y la fe han dejado huellas imborrables. Y en ese silencio humilde de los pueblos pequeños, se abre un espacio para la introspección: escuchar la voz de la naturaleza, el rumor del agua en sus fuentes, y el susurro de Dios que acompaña al caminante en lo sencillo y lo cotidiano.



      Tras recorrer Valverde de Valdelacasa, el rastro de la calzada romana se pierde hasta Fuenterroble de Salvatierra, por lo que el trazado seguro del camino antiguo se desconoce. En la actualidad, los peregrinos deberán seguir un único camino transitable: la carretera local, de poco tráfico, que nos permitirá avanzar con seguridad.

En unos tres kilómetros de suave ascenso, dejando atrás la mansio Ad Lippos y las fuentes del pueblo, alcanzamos la siguiente localidad: Valdelacasa, situada a 950 metros de altitud, donde se respira ya el aire fresco de la sierra y se aprecia cómo la Vía de la Plata continúa su silencioso relato entre montes y dehesas.




      La señalización del Camino evita entrar en el núcleo urbano, pero merece la pena dedicar un breve desvío para conocerlo. Su iglesia, llamada del Dulce Nombre de María, fue ampliada y reestructurada entre los siglos XVI y XVII, completándose sus bóvedas en ese período. La construcción data de finales del siglo XVII, concretamente de 1699, según reza uno de los arcos del recinto. La reciente restauración ha recuperado su esplendor original. En su interior destaca el techo de madera, único en la comarca, y la sacristía con una reja que protege el archivo y el joyero parroquial, obra de Matías López. Entre los tesoros que guarda se encuentran un grupo escultórico de la Virgen, Santa Ana y el Niño (siglo XIV) y un sarcófago del siglo XV.



      La pequeña ermita de San Antonio, del siglo XVIII, conserva elementos arquitectónicos de los siglos XVI y XVII. La tradición cuenta que los peregrinos que llegaban por la Vía de la Plata se postraban ante la imagen del santo, pidiendo protección para continuar su camino hacia el norte.

Desde la ermita de San Antonio, tomamos la primera bocacalle a la izquierda hasta alcanzar la carretera de Guijuelo (SA-214). No la seguimos, sino que la cruzamos para tomar otra carretera local. Por ella caminaremos unos dos kilómetros hasta que las señales nos guían a un camino de tierra que nace a la izquierda.




      Los siguientes cuatro kilómetros nos depararán más sorpresas, como el miliario del Prado Fusillo, CXLVIII, repuesto en el espacio conocido como el “Bosque del Peregrino” (km 17,4 de la etapa). Allí, entre robles y encinas, podemos permitirnos un instante de silencio para escuchar la voz de la naturaleza y reflexionar sobre el propio camino interior. Cada miliario nos recuerda los pasos de los antiguos peregrinos y nos invita a la introspección, a avanzar con respeto y gratitud.

Finalmente, el camino nos devuelve a la carretera, que desciende suavemente hasta nuestro destino de hoy, Fuenterroble de Salvatierra.







      Entramos en Fuenterroble de Salvatierra por la calle Larga, que cruza todo el pueblo y nos conduce hasta el albergue parroquial de Santa María, que nos recibe bajo una gran cruz blanca (km 20,5 - Final de la etapa).

Este albergue es un ejemplo de hospitalidad cristiana y tradicional, atendido por hospitaleros voluntarios, con el padre Don Blas como alma del lugar, todo corazón y generosidad, gran impulsor del Camino de la Plata.





      Los orígenes de Fuenterroble se remontan a la repoblación llevada a cabo por el rey de León Alfonso IX a principios del siglo XIII, cuando quedó incluido en el Alfoz de Salvatierra, dentro del Reino de León. Situado en la provincia de Salamanca, el pueblo está rodeado de campos de cereales y de la típica dehesa salmantina. Estratégicamente ubicado en el corredor del oeste peninsular, forma parte de la famosa Iter ab Emerita Asturicam, la Ruta romana que unía Mérida con Astorga. De origen arriero, su arquitectura tradicional conserva un claro carácter agropecuario, construida con materiales pizarrosos locales, diferenciándose de la piedra y granito vistos en otras localidades del Camino.



      Una vuelta por el casco urbano permite descubrir las cuatro fuentes de estilo romano, el antiguo pilón que servía para el ganado y las pozas donde antaño se lavaba la ropa. También es posible contemplar el pequeño puente conocido como Puente de los Dos Ojos o Puente Romano. El pueblo dispone además de varios negocios para atender las necesidades del peregrino.


Iglesia de Santa María la Blanca

      La iglesia, es una construcción románica con fuertes influencias góticas del siglo XV, está levantada sobre un anterior templo romano. Destaca su retablo del siglo XVIII, obra de José Benito de Churriguera, y las grandes tallas de madera de los apóstoles, realizadas por un vecino de Beleña, que cada año participan en la peregrinación conocida como Vía Lucis, transportadas sobre carros y tractores entre pueblos cercanos. En el exterior, merece atención especial la alta y sólida torre restaurada y la Puerta del Perdón, un elemento de las iglesias del Camino de Santiago destinado a peregrinos impedidos de completar su viaje; en la parte superior se observa la imagen de Santiago. Junto a la iglesia se encuentra el parque temático Vía de la Plata, con una reconstrucción de un tramo de calzada romana que permite contemplar las diferentes capas de estas históricas vías.




Ermita del Santo Cristo del Socorro

      Situada en el centro del pueblo y datada a principios del siglo XVIII, destaca por la curiosa fiesta que se celebra cada Lunes de Pascua, conocida como la "fiesta de los huevos de Cristo". Los vecinos donan docenas de huevos que, tras ser bendecidos, se venden para recaudar fondos, rememorando la ofrenda de una vecina que, en tiempos de escasez, pidió al Cristo la salud de su hijo y, tras su recuperación, entregó lo más valioso que tenía.


Albergue parroquial de Santa María la Blanca

      Este albergue es un ejemplo de hospitalidad en el Camino. Dispone de espacios de descanso y convivencia para peregrinos. La acogida de las gentes de Salvatierra, y especialmente del padre Don Blas, convierte este albergue en uno de los más emblemáticos del Camino Jacobeo. 

Un Salmo que refleja la esencia de este lugar de refugio y descanso: “Busca la paz y camina tras ella”.


      Al llegar a Fuenterroble de Salvatierra, tras recorrer caminos antiguos y cruzar ríos y puentes, el peregrino puede permitirse una pausa. Aquí se respira la historia viva: desde la calzada romana hasta las fuentes y ermitas que nos recuerdan siglos de fe y tradición. Es un momento para agradecer la fuerza de nuestros pasos y la oportunidad de estar presentes, dejando que la calma del entorno nos enseñe a escuchar.




Reflexión

      En este tramo, el silencio se convierte en guía. Escuchar el viento, el canto de los pájaros y el rumor del agua nos conecta con lo esencial. Tal como nos recuerda el Salmo grabado a la entrada del albergue parroquial:

“He dado órdenes a mis ángeles para que te guarden en el Camino”

Una invitación a caminar con cuidado, con paz, y con el corazón abierto, atentos a la naturaleza, a la historia y a lo divino que se revela en los pequeños detalles del Camino.


Fuenterroble de Salvatierra > Morille
32 km

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Buen Camino

Etapa 16: Aldeanueva del Camino > La Calzada de Béjar



Información actualizada: 26 de marzo de 2026

      Hoy nos espera una jornada intensa, aunque más corta en kilómetros que la anterior, con un recorrido de 22 km que nos llevará desde Aldeanueva del Camino hasta La Calzada de Béjar. A lo largo del camino alternaremos tramos de asfalto con sendas históricas, incluyendo la calzada romana y antiguos miliarios que nos recuerdan que pisamos un territorio atravesado durante siglos por viajeros, comerciantes y peregrinos.
La etapa de hoy nos invita a contemplar la transición del paisaje extremeño hacia la belleza montañosa salmantina, con ríos, castaños, robles y encinas acompañando nuestros pasos. Cada puente, cada miliario, cada ermita se convierte en una pequeña ventana al pasado, recordándonos que el Camino es también un viaje hacia la introspección y la armonía con la naturaleza.



      Tomamos la calle Severiano Masides, que nos conduce hasta la N-630 y nos saca de la población, dejando atrás un polígono industrial. Al final, alcanzamos una glorieta que tomaremos por la derecha para cruzar la A-66 por un paso elevado. Desde allí llegamos a otra rotonda y giramos a la izquierda para continuar por la N-630.

La etapa de hoy, aunque corta en kilómetros, presenta un considerable desnivel. Sin embargo, por carretera la subida apenas se hace notar. Nos esperan unos 10 km de asfalto que nos llevarán cómodamente hasta Baños de Montemayor.

En los primeros 2 km pasamos junto a un área de servicio, la del Hotel Roma. Frente a él, a la derecha, parte la carretera que lleva a Hervás, villa de gran interés histórico y patrimonial, situada a unos 5 km fuera de ruta (en el mapa de la etapa se incluye su trazado de ida y vuelta).

Poco después cruzamos dos puentes: el primero, probablemente de origen romano, es el Puente de Romanillos, sobre la garganta de San Andrés; el segundo, el Puente de las Doncellas, salva el cauce del río Ambroz. Más adelante, a mano derecha, encontramos el Aula de la Naturaleza El Salugral.

Tres kilómetros después alcanzamos el Camping Las Cañadas (km 5,2 de la etapa). El ascenso, por ahora, es suave; caminar por el asfalto resulta cómodo, y el paisaje, cada vez más cercano a la montaña, empieza a regalarnos un amanecer distinto, con el sol tímido asomando entre las cumbres.



      Tras 8 km de carretera llegamos al punto kilométrico 431 de la N-630, donde unos cubos de granito con el símbolo del arco de Cáparra nos invitan a dejar el asfalto y tomar un camino de tierra que parte a la izquierda. Este nos lleva hasta el Puente del Cubo, de origen romano.

Caminamos unos 800 metros sobre el empedrado de la antigua calzada romana hasta llegar a Baños de Montemayor, donde nos recibe la ermita del Cristo de la Misericordia (siglo XVI) y su viejo crucero.





      Al caminar por estas viejas calzadas romanas, observa cómo cada piedra guarda un recuerdo de quienes nos precedieron. Abrir y cerrar portones, cruzar puentes o seguir el sendero puede parecer rutinario, pero cada gesto es también un pequeño acto de atención y respeto hacia la tierra y sus caminos, un ejercicio de paciencia y presencia que nos acompaña en nuestro viaje interior.


      La ermita del Santo Cristo del Humilladero y su crucero nos da la bienvenida a Baños de Montemayor,  según la fecha grabada en la espadaña de la ermita, esta se terminaría de construir en 1711 y se edificó enfrente de la cruz de término que, como es habitual, se situaba a la entrada del pueblo.



      Baños de Montemayor es  la última localidad cacereña y una parada ideal para hacer un alto en el camino. Entramos por la Calle Mayor, un miliario conmemorativo de la Vía de la Plata nos recuerda los kilómetros que aún nos separan de Santiago. Junto a él localizamos la Iglesia de Santa Catalina, del s. XV, que conserva un notable retablo del siglo XVI y ha sido recuperada como auditorio y espacio cultural.




      Última localidad cacereña antes de adentrarnos en Castilla y León, Baños de Montemayor se asienta en pleno Valle del Ambroz y es conocida desde tiempos romanos por sus aguas termales. El núcleo se desarrolló junto a la antigua calzada romana de la Vía de la Plata, que lo atraviesa, y que ha marcado profundamente su historia y su fisonomía. Su origen se remonta a época romana, cuando aquí se levantaron unas termas que hoy siguen activas y que son uno de los principales atractivos de la villa. A lo largo de los siglos, Baños ha sido lugar de paso y descanso para comerciantes, viajeros y peregrinos, lo que explica su importante patrimonio histórico y su hospitalidad tradicional.

Pasear por sus calles es caminar por una historia que puedes tocar. Caserones del siglo XVII y XVIII, casas blasonadas y calles que conservan sus típicas galerías o balcones de madera. La arquitectura de entramado de madera y adobe deja paso a la piedra y la mampostería en otras, los dinteles con grabados y las fechas de construcción que revelan los desastres de la Guerra de Independencia. Muchas de sus casas son posteriores a 1811 y revelan que fueron destruidas, quemadas y reconstruidas en ese periodo.

Esta localidad, frontera con Castilla, posee una reconocida industria artesanal del mimbre y del trabajo de la madera de castaño, tradición característica de los pueblos del Valle del Ambroz. La preparación de la madera se realiza con gran esmero, logrando un producto de alta calidad. Actualmente, hay seis cesterías abiertas al público, y la artesanía de la cerámica también ocupa un lugar destacado. En muchas de sus tiendas es posible encontrar el tan buscado bordón del peregrino, elaborado artesanalmente con madera de avellano o castaño, resistente y de bello aspecto.

Entre los lugares emblemáticos de la localidad se encuentra la casa de los padres de Santa Rosa de Lima, donde todavía habitan descendientes de aquella familia. Isabel Flores de Oliva (1586-1617), más conocida como Santa Rosa de Lima, fue hija de Gaspar Flores, natural de Baños de Montemayor, quien, tras servir como soldado en diversas tierras de América, se estableció en Lima. Santa Rosa es la primera santa de América y patrona del Perú, del Nuevo Mundo y de Filipinas. Su canonización, apenas 54 años después de su muerte, refleja la profunda devoción que despertó.

Baños de Montemayor cuenta además con un magnífico albergue turístico para peregrinos, ubicado en una casa tradicional cuidadosamente restaurada. En su interior alberga el Centro de Interpretación General de la Vía de la Plata por Extremadura, un espacio que permite al viajero comprender mejor la historia y singularidad de esta ruta milenaria.

      La iglesia principal de la localidad, Santa María de la Asunción (km 9,7 de la etapa), nos recibe con su arquitectura tradicional y elementos históricos que evocan la importancia de la villa en la región. Un breve momento de recogimiento y contemplación antes de continuar nuestro camino.

Desde la iglesia de Santa María tomamos la calle Dr. Rengifo, que nos conduce tras un giro a la derecha hasta desembocar en la carretera CC-225. La carretera nos lleva a una curva en herradura, donde salimos del arcén por la derecha y retomamos la calzada romana restaurada, que asciende suavemente entre muros y vegetación.



      El camino empedrado nos acerca hasta un antiguo humilladero (km 10,5). Este es un momento ideal para recuperar el aliento y, a la vez, disfrutar de una espectacular panorámica del municipio, con el Embalse de Baños de Montemayor a nuestros pies.




      La calzada remodelada termina al llegar a una fuente de piedra con la inscripción “Cañada Real Aliste Zamorana o de la Plata”. Tras la fuente, el ascenso continúa, hasta que el empedrado termina y nos obliga a cruzar la carretera N-630. Al otro lado seguimos una trocha que marca nuestra entrada en Castilla y León; después de unos 500 m volvemos al asfalto y encontramos una gasolinera que indica el cambio de provincia (km 12,5), mientras un gran cartel nos da la bienvenida a tierras salmantinas.




      Alcanzamos el alto del Puerto de Béjar, concretamente la Colonia de la Estación. Las señales amarillas nos guían por una calle a la izquierda, Carril Lagunilla (km 12,8). En el barrio encontramos un albergue de peregrinos, un bar y una tienda. Este albergue, inaugurado en 2019, sigue la tradición de hospitalidad del Camino; los peregrinos que deseen finalizar la jornada o sellar la credencial pueden detenerse aquí, a apenas 100 m de la carretera.






      Pasamos bajo la A-66 y encontramos restos originales de la calzada romana. Los paneles informativos permiten comprender la importancia histórica de este tramo, antiguo corredor de comunicación entre Mérida y el norte de Hispania representado en un mural en la pared del puente. Poco después cruzamos otra carretera local y comenzamos el descenso.




      El descenso desde el Puerto de Béjar hasta el río Cuerpo de Hombre es uno de los tramos más bellos de esta etapa. Castaños, robles y encinas nos acompañan, mientras algunos miliarios se alzan como guardianes silenciosos del Camino. Es fácil encontrar ramas caídas en el sendero; quizás alguna pueda convertirse en un buen bordón para continuar el viaje.

Aquí, el murmullo del viento entre las hojas, el canto lejano de un pájaro y el rumor del agua se convierten en compañeros de paso. En este silencio vivo, el corazón se aquieta, los pensamientos se ordenan y es más fácil escuchar esa voz interior que nos habla de lo esencial. Tal vez sea la naturaleza, tal vez Dios… o quizá ambos, susurrándonos al oído que no estamos solos.





      La ruta sigue descendiendo por la ladera del cerro de Los Linarejos, en dirección al puente de La Malena, que salva el río Cuerpo de Hombre (km 16,6 de la etapa). Este río nace en la sierra de Candelario, en Hoya Moros, recogiendo las aguas de las laderas de la sierra, y nos ofrece un entorno fresco y contemplativo antes de continuar nuestro Camino hacia La Calzada de Béjar.




      Una vez cruzado el río Cuerpo de Hombre por el antiguo puente de La Malena, puedes bajar hasta la orilla y contemplar el paisaje desde el puente de tres arcos. Encontrarás un banco junto al miliario incompleto, el 134, ideal para descansar y contemplar el entorno. Desde ahí aún nos separan unos cinco kilómetros y medio de La Calzada de Béjar, ubicado en la fértil planicie de Montemayor, regada por los ríos Cuerpo de Hombre y Alagón. En el horizonte destaca la silueta recortada de la Peña de Francia, como invitándonos a seguir adelante con el corazón en calma.




      A unos 700 metros del puente se encuentra el Parador de Sinforiano, donde se conserva el miliario 135. Originalmente en un corral interior, los propietarios lo llevaron afuera para que los peregrinos pudieran admirarlo mejor, un gesto sencillo que habla de esa conexión especial con quienes pasan por el Camino.




      Más adelante, verás la milla 136, ubicada cercana a la ermita dedicada a San Francisco. Unos 600 m más adelante llegamos a la antigua Colonia de San Francisco (km 19,7 de la etapa)Este tramo es una invitación a sentir la memoria viva del pasado en cada piedra del sendero.




      Al cruzar la carretera, retomamos la antigua calzada que asciende suavemente hacia el pueblo (km 20,2). Subimos por ese repecho hasta llegar a La Calzada de Béjar. A la entrada, encontramos la ermita del Santo Cristo de la Misericordia, popularmente conocida como del Humilladero. En su fachada se conserva una imagen de Santiago peregrino. 






      Entramos finalmente por la calle Mayor, y descubrimos un pueblo pequeño pero acogedor. Nuestro destino final de hoy aparece ante nosotros: la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida en 1553 (km 22). En su interior, un modesto retablo alberga el Cristo antes conservado en el Humilladero. También se veneran la imagen de San Ramón y un relicario del santo, testigos del legado espiritual local.



      Detrás de la iglesia, junto a la plaza del Ayuntamiento, está el bar de Manuela, donde podemos reponer fuerzas, también regentan el albergue Alba y Soraya, justo a la entrada de la localidad. Aquí, la hospitalidad se siente al instante. Bienvenidos a La Calzada de Béjar: que tu llegada sea reparadora y tu descanso, renovador.



      Sus calles están jalonadas por una arquitectura popular de soportales empedrados y sostenidos por zapatas pétreas, con casas de corredor y dinteles fechados. Los años de 1784, que aparece en una casa de la calle Salas Pombo, o de 1850, en la calle Baños, nos indican la antigüedad de las mismas.






      Esta pequeña localidad atesora uno de los ejemplos más singulares de fortaleza romana. El fortín se encuentra situado sobre un teso desde el que se domina ampliamente una gran extensión de la vía por ambos lados. Su forma casi cuadrangular, con unas dimensiones aproximadas de 29 x 27 m., aparejado con mampostería de granito y puestos en las esquinas rudos sillares de alto variable. Se le suponía cubierto con armadura de madera a dos aguas por los ángulos de sus muros. Construido durante el Bajo Imperio (siglos III-IV d.C.) para proteger el tránsito de viajeros y mercancías. 


Reflexión

      Al final de la jornada, mientras dejamos atrás el río Cuerpo de Hombre y nos adentramos en La Calzada de Béjar, conviene detenerse un momento y escuchar. El silencio del Camino, interrumpido solo por el susurro de los árboles y el murmullo del río, nos recuerda que el peregrino aprende tanto al avanzar como al contemplar. Cada paso es una invitación a la introspección, a agradecer y a abrir el corazón. Que esta etapa sirva para reconectar con lo esencial, con la historia que nos precede y con la fuerza que nos guía hacia Santiago.


La Calzada de Béjar > Fuenterroble de Salvatierra
20,5 km

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