Nos adentramos en una de las etapas más exigentes y a la vez enriquecedoras del Camino, un recorrido de casi 40 kilómetros que pondrá a prueba nuestro cuerpo y fortalecerá nuestro espíritu. El paisaje nos envolverá con la belleza de la dehesa extremeña, con sus alcornoques centenarios y extensos campos, mientras pueblos cargados de historia nos abren sus puertas para ofrecernos descanso y compañía.
En esta jornada larga, cada paso será un acto de entrega y perseverancia. Contamos con la posibilidad de acortar la distancia en pueblos intermedios como Grimaldo o Galisteo, donde la hospitalidad y la tradición se viven en cada rincón.
El sendero, marcado con flechas amarillas y cubos de granito, nos conduce hasta una vieja cantera que anticipa la subida hacia el Alto de los Castaños. Aunque breve, este repecho recuerda que cada esfuerzo en el Camino es una oportunidad para crecer y elevar el ánimo.
A pocos metros, una cancela nos invita a adentrarnos en la dehesa por un sendero rodeado de alcornoques centenarios, conocidos popularmente como “los árboles encantados” del Valle de los Muertos.
Grimaldo, aunque pequeño, posee ese encanto íntimo de los pueblos que han sabido conservar su identidad a lo largo de los siglos. Sus calles, llenas de historia y silencio, invitan al peregrino a una pausa necesaria para reconectar con la esencia del camino. La naturaleza que lo rodea ofrece un remanso de paz y recogimiento, un escenario perfecto para meditar sobre el viaje interior que acompaña a la peregrinación.
El castillo, más que un monumento, es testigo mudo de tiempos convulsos y leyendas que aún resuenan en el viento. Su presencia recuerda al caminante que cada piedra del Camino está impregnada de historias de lucha, esperanza y fe.
Durante los próximos cinco kilómetros, el terreno se muestra amable y previsible, como un respiro para el alma que avanza con paso firme. Seguimos la senda marcada por el legado de peregrinos que nos precedieron, atravesando el Prado Pajares, la Dehesa de Grimaldo y el Cerro Cabildo, en cuyo silencio los ecos de tantas oraciones se hacen palpables. Abrimos y cerramos cancelas, pequeñas puertas que simbolizan también pasos en nuestro propio camino interior. La atención a las señales se vuelve parte de nuestra meditación; cada indicación es un susurro del Camino que nos invita a continuar con fe, especialmente tras una cancela donde el sendero puede confundirse, recordándonos que en el Camino, como en la vida, hay momentos de duda.
Junto a una de estas cancelas, un desvío hacia Riolobos ofrece refugio a quien necesite reposar el cuerpo y el espíritu, una opción legítima para quienes sienten la llamada de la pausa, pero para aquellos que mantienen viva la llama del peregrino, el sendero oficial continúa señalizado con cubos de granito y flechas amarillas (Km 15,8).
Tras este rito sencillo, el camino nos conduce hasta la carretera que llega desde Riolobos. Las flechas amarillas, como guardianes del peregrino, nos guían a subir y continuar por un sendero que bordea la vía, acompañados por el susurro constante del viento y la tierra bajo nuestros pies. Tras cruzar la carretera junto a un cubo de granito, tomamos la pista que nos lleva a la Finca Valparaíso (Km 20,8), punto desde donde, a un breve trecho, se alza el Cerro de Fuente del Sapo, lugar donde la historia y la leyenda romana nos hablan del pasado y de la continuidad del Camino, la antigua mansio Rusticiana.
Avanzamos hasta cruzar un puente que salva la acequia de regadío del río Alagón (Km 23), un pequeño pero significativo paso que simboliza el tránsito constante entre el esfuerzo y la recompensa.
Tras superar este puente, un cubo de granito nos guía por un sendero entre vallas metálicas que conduce a una finca agraria. No dejéis que los ladridos fieros os perturben; como en la vida, a veces el temor es solo una sombra que debemos atravesar con calma y confianza.
Si el corazón y las fuerzas lo permiten, es aconsejable detenerse para reponer energías y dejar que el espíritu también se revitalice. Entrar por una de las tres puertas de esta fortaleza de piedra es como traspasar un umbral hacia otro tiempo. La puerta del Rey, señalada en nuestro mapa, nos conduce hacia la iglesia de Santa María (Km 27,6), un lugar donde el peregrino puede contemplar la belleza de lo sagrado y renovar su interior para seguir adelante.
El alma medieval de Galisteo se refleja también en sus calles estrechas y casas encaladas que se cobijan tras estas defensas milenarias, muchas con soportales y pequeñas plazas que conservan el carácter de un pueblo vivo y lleno de historia.
Cruzar este puente es más que un simple paso físico; es un momento para detenernos y agradecer el viaje recorrido, contemplando las aguas que han visto pasar siglos de peregrinos y viajeros. Este será el inicio del último tramo de la jornada, un recorrido de más de diez kilómetros por la comarca del Valle del Alagón.
Aunque caminamos por carretera, cada paso puede ser una oración en movimiento, una invitación a la paciencia y la atención plena, a encontrar la belleza en la simplicidad del paisaje que nos rodea.
Por su tamaño reducido, el pueblo cuenta con un único templo: la Iglesia de San Blas, construida entre los siglos XVII y XVIII. En su interior se conservan piezas de gran valor histórico-artístico, como una talla de la Virgen de la Encina (siglos XV-XVI) y un crucifijo de madera del siglo XVII. En 2021, la parroquia estrenó un nuevo retablo, presidido por sus tres patrones: San Blas, la Virgen de la Encina y San Antonio de Padua. Esta obra fue posible gracias a la generosidad de feligreses, vecinos y particulares que aportaron sus donativos.
El conjunto, junto con la tranquilidad de sus calles y el frescor que aportan los ríos cercanos, hace de Aldehuela del Jerte un apacible alto en el Camino, ideal para recuperar fuerzas antes de encarar el tramo final de la etapa.
Es un momento para la paciencia, para dejar que los pensamientos se agiten o se aquieten al ritmo de nuestros pasos, mientras la calma nos envuelve. La meta está próxima: Carcaboso nos espera al final de este trecho, y con ella, el merecido descanso que todo peregrino anhela.
El nombre de Carcaboso procede de cárcabo o cárcaba, que significa hoya o zanja grande producida por una corriente impetuosa de agua. El terreno arcilloso donde se asienta el pueblo facilita este fenómeno erosivo, y así el lugar toma su nombre, surgiendo entorno a esta cárcaba natural.
Las primeras huellas de asentamientos en la zona se remontan a la prehistoria, con tumbas megalíticas localizadas en el cercano Cerro de Triquiñuelo, muy cerca del actual núcleo urbano.
La iglesia parroquial, dedicada a Santiago Apóstol, es un testimonio vivo de la historia y fe que impregnan Carcaboso. Su estructura rectangular original fue modificada con la adición de una sacristía y una dependencia bautismal, adaptándose a las necesidades espirituales de su comunidad a lo largo de los siglos.
Un detalle especialmente notable son las dos columnas miliarias situadas en el pórtico de entrada. Estas columnas datan de la época de los emperadores romanos Trajano (98-117 d.C.) y Adriano (117-138 d.C.), una conexión tangible con el pasado romano y con los santos mártires que son los patronos de la localidad. Estas piezas, además de embellecer el templo, simbolizan la continuidad de la fe y la fortaleza en el espíritu peregrino.
Reflexión
Cada paso en esta jornada nos invita a contemplar no solo el paisaje que nos rodea, sino también el viaje interior que la peregrinación despierta en nosotros. Desde los históricos muros de Galisteo hasta la serenidad de Carcaboso, el Camino nos regala la oportunidad de reencontrarnos con nuestra esencia, de caminar en silencio con la fe que nos sostiene.
Las piedras que pisamos, las fuentes donde calmamos la sed, los pueblos que atravesamos, son más que puntos en el mapa; son testigos de siglos de esperanza, de lucha y de entrega. Al recorrerlos, aprendemos a soltar el peso del pasado y a abrirnos a la confianza en el presente.
Que este tramo del Camino sea un recordatorio de que el verdadero destino no es solo un lugar, sino el crecimiento que acontece en nuestro corazón. La paciencia, la humildad y la gratitud son las fuerzas que nos impulsan a continuar, paso a paso, hacia la luz que todos buscamos.









































Magistral Antonio, la etapa que nos describes, una maravilla, solo falta, hecharse la mochila a la espalda, y soñar... Gracias por tu concienzudo trabajo. Buen Camino peregrino
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