Etapa 19: Morille > Salamanca



Información actualizada: 6 de marzo de 2026





      Hoy tenemos ante nosotros la típica etapa de acceso a una ciudad. Caminamos por tierras charras con la mirada puesta en el horizonte, donde poco a poco comienza a dibujarse la silueta de una de las ciudades más hermosas del Camino: Salamanca, recostada a orillas del río Tormes.

Salvo un breve tramo de dehesa al inicio, el recorrido no presenta grandes sobresaltos. Es una jornada tranquila, de paisajes abiertos y horizontes amplios. A mitad de camino encontraremos una pequeña población donde poder hacer una parada para desayunar. El Camino hoy nos ofrece un trayecto humilde y silencioso… antes de regalarnos uno de los finales de etapa más bellos de toda la Vía de la Plata.


“El Camino no siempre deslumbra en cada paso;
a veces reserva su belleza para quien sabe esperar.”




      Nuestros primeros pasos nos llevan por la calle Mayor, despidiéndonos del monumento de la maestra junto al ayuntamiento. Continuamos hasta dejar atrás las últimas casas de la población y tomar una pista de tierra que nos conduce hacia el campo abierto.

Avanzamos sin desviarnos en los cruces hasta adentrarnos en una zona adehesada (km 3). Aquí el paisaje cambia y nos internamos entre encinas que sombrean la vereda. Es el tramo más agradable del recorrido. La luz temprana de la mañana se filtra entre las ramas y dibuja en el suelo ese juego de sombras y dorados que solo el amanecer sabe regalar al peregrino.





      T
ras aproximadamente un kilómetro llegamos a las casas de Anseos. Continuamos entre muros de piedra hasta cruzar un pequeño arroyo. A unos 150 metros giramos a la izquierda para atravesar otra cancela. En este tramo conviene estar atentos a las señales, que a veces parecen desaparecer entre el campo, aunque la flecha amarilla siempre vuelve a aparecer para guiarnos.







      El paisaje comienza poco a poco a abrirse. Las encinas van quedando atrás y los campos de cereal toman el protagonismo.

Llegamos a las casas de Aldeanueva (km 6,7). Desde aquí caminamos por una cómoda pista durante varios kilómetros acompañados por extensos campos de cultivo.

La pista nos conduce hasta el desvío hacia Miranda de Azán (km 9,8). La pequeña localidad se encuentra a apenas doscientos metros del Camino y cuenta con bar donde poder detenerse a desayunar si aún no lo hemos hecho.

Tras superar el arroyo de la Fuente de la Porra continuamos nuestro caminar. Aún nos quedan nueve kilómetros para llegar a Salamanca.








      El Camino asciende suavemente hasta el Teso de la Zorrera. En lo alto del cerro, una gran cruz amarilla (km 13,5) marca el punto desde el que aparece por primera vez ante nosotros la silueta monumental de Salamanca.

Un panel informativo recuerda que estas tierras fueron escenario de la Batalla de los Arapiles, en 1812, durante la Guerra de la Independencia Española.





      Descendemos hacia la ciudad, cruzamos por debajo la autovía A-66 y la SA-20. Tras una rotonda bajamos unas escaleras que nos llevan hasta un parque junto al arroyo Zurguén (km 16,5). Desde allí continuamos por la calle Sánchez Freire hasta alcanzar uno de los grandes símbolos de Salamanca: el Puente Romano sobre el río Tormes (km 18,4).




      Construido en tiempos del emperador Trajano, este puente ha permitido durante casi dos mil años el paso de viajeros, comerciantes, soldados… y ahora también peregrinos.

Al final del puente nos recibe el antiguo berraco vetón, símbolo ancestral de estas tierras. Muy cerca encontramos la escultura del Lazarillo de Tormes, recordando el inicio de la célebre novela picaresca publicada en 1554.

En ella podemos leer una frase que, siglos después, sigue teniendo una profunda resonancia humana:


«¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!»

/ El Lazarillo de Tormes


Tal vez el peregrino comprenda bien estas palabras. Porque el Camino, de alguna forma, también es una forma de mirarse por dentro.







      Cruzamos el paseo de San Gregorio y entramos en el casco histórico de Salamanca (km 19,2 Final de la etapa). El albergue de peregrinos se encuentra cerca de la Catedral Vieja, junto al Huerto de Calixto y Melibea. Abre a partir de las 15:00 h.

No es mala excusa para comenzar a descubrir la ciudad.







Salamanca, ocho siglos de saber

      Llegar a Salamanca es entrar en una ciudad hecha de historia. Sus orígenes se remontan a hace más de 2.700 años, cuando en el cerro de San Vicente se asentaron los primeros pobladores de la Edad del Hierro. Aquella antigua Salmantica fue habitada por pueblos prerromanos como vacceos y vettones antes de convertirse en un importante enclave romano de la Vía de la Plata.

Los ingenieros romanos construyeron aquí el puente que aún hoy permite cruzar el Tormes y que convirtió a la ciudad en un paso estratégico entre Mérida y Astorga.

Tras siglos de dominación romana, visigoda y musulmana, la ciudad fue repoblada en el siglo XI por Raimundo de Borgoña, iniciando una etapa de gran crecimiento que culminaría con la fundación de su universidad.

La Universidad de Salamanca, fundada en 1218 por el rey Alfonso IX de León, es la más antigua en activo de España y una de las más prestigiosas de Europa. Durante más de ocho siglos ha sido un faro de conocimiento donde se formaron algunas de las grandes figuras del pensamiento español.

Por sus aulas pasaron Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática del castellano; Francisco de Vitoria, precursor del derecho internacional; Fray Luis de León, maestro del humanismo renacentista; o Miguel de Unamuno, pensador profundo que fue rector de la universidad.

De Unamuno nos queda una reflexión que bien podría acompañar al peregrino:

«El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura».

Quizá caminar sea también eso: insistir, perseverar, seguir adelante paso a paso hasta que el sentido del viaje se revela.


Salamanca y el Camino Torres

      Para muchos peregrinos la llegada a Salamanca supone también un punto de decisión. Aquí nace una de las rutas jacobeas más interesantes y menos transitadas: el Camino Torres.

Este itinerario de 580 kilómetros recorre caminos ancestrales de España y Portugal. Conecta Salamanca con el Camino Portugués atravesando la dehesa salmantinas, la Beira Alta, las tierras de los ríos Douro, Támega, Lima y Minho y finalmente las rías gallegas.

El camino debe su nombre al escritor y clérigo salmantino Diego de Torres Villarroel, quien en el siglo XVIII dejó testimonio de su peregrinación a Santiago siguiendo esta ruta.

Hoy el Camino Torres es una alternativa cada vez más apreciada por quienes buscan un itinerario más íntimo y silencioso, aunque la mayoría de los peregrinos de la Vía de la Plata continúan hacia Zamora siguiendo el trazado histórico hacia el norte.


Qué visitar en Salamanca

      El patrimonio de Salamanca es inmenso y merece ser recorrido sin prisas.

La Plaza Mayor, considerada una de las más bellas de España, es el verdadero corazón de la ciudad.

Muy cerca se encuentra la Universidad, cuya fachada plateresca esconde la famosa rana que tantos visitantes buscan entre sus relieves.

La Casa de las Conchas, cubierta por más de trescientas conchas esculpidas en piedra, símbolo del Camino de Santiago.

La visita continúa inevitablemente hacia las Catedrales, la Vieja y la Nueva, unidas en un mismo conjunto monumental que domina el perfil de la ciudad.

Muy cerca se encuentra también el Huerto de Calixto y Melibea, un pequeño jardín cargado de evocaciones literarias donde el silencio invita a detenerse.







      A veces el Camino nos lleva a lugares donde el saber habita en las piedras. Y entonces comprendemos que caminar también es una forma de aprender.


Reflexión
      El peregrino llega a Salamanca después de muchos kilómetros de silencio, de campos abiertos y horizontes tranquilos. Durante días el Camino ha sido tierra, encinas, cielo y pasos.

Y de pronto, casi sin darse cuenta, se encuentra rodeado de torres, claustros y siglos de sabiduría.

No es casual.

Salamanca es ciudad de conocimiento, pero el Camino nos recuerda que hay verdades que no se aprenden en los libros. Hay enseñanzas que solo se descubren caminando.

El peregrino aprende a escuchar el viento en los campos, a valorar un gesto sencillo, a comprender que la vida —como el Camino— se hace paso a paso.
Tal vez por eso el Camino nos trae hasta aquí.

Porque mientras avanzamos hacia Santiago, también avanzamos hacia nosotros mismos.

Y llega un momento en que el peregrino comprende algo sencillo y profundo:
que el verdadero conocimiento no consiste en saber más cosas,
sino en conocerse mejor por dentro.

Cuando mañana abandone Salamanca y vuelva a poner rumbo al norte, quizá algo haya cambiado.

Porque el Camino no solo transforma los paisajes que atravesamos.
También transforma, lentamente, el corazón de quien lo camina.

Ultreia.


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Buen Camino

Etapa 18: Fuenterroble de Salvatierra > Morille



Información actualizada: 30 de enero 2026




      Hoy nos espera una jornada exigente y a la vez recompensante. Ascenderemos al Pico de la Dueña, el punto más alto del trazado principal de la Vía de la Plata, con 1.165 metros de altura, y seremos testigos de panoramas que nos dejarán sin aliento. El camino alternativo por Pedrosillo de los Aires permite un recorrido más suave, ideal para quienes desean dosificar esfuerzos o disfrutar de un tramo más relajado. Sea cual sea la ruta elegida, cada sendero nos invita a una experiencia plena, donde la naturaleza, la historia y la introspección se entrelazan con cada paso.

Este día se presenta como una subida exterior y también interior: cada paso nos recuerda que las cimas del Camino no solo se conquistan con las piernas, sino también con el corazón. El ascenso al Pico de la Dueña puede convertirse en una metáfora del alma que busca elevarse, confiando en que, tras el esfuerzo, siempre aguarda un horizonte más amplio y luminoso.



      Si decidimos caminar por el trazado oficial que asciende al Pico de la Dueña, conviene aprovisionarse bien antes de comenzar la ruta, ya que no habrá oportunidad de hacerlo en los 28 km que separan Fuenterroble de Salvatierra de San Pedro Rozados. Para quienes prefieran un recorrido menos exigente, el paso por Pedrosillo de los Aires permite reponer fuerzas tras 18 km antes de continuar hasta Morille, a 11,6 km adicionales.

Comenzamos nuestros primeros pasos dejando la localidad por la calle Conejal, que nos conduce a la carretera DSA-230, desembocando en la SA-212. Tras unos 1.300 m, abandonamos el asfalto para adentrarnos en una amplia y cómoda cañada a la derecha de la carretera.



      Este tramo, agradable y cómodo, nos abre el horizonte hacia la Sierra de Frades. Caminamos por una cañada delimitada por vallas a ambos lados, sin riesgo de pérdida, y tras un kilómetro llegamos a un cruce de caminos coronado por una gran cruz de madera. Pronto aparecen los primeros miliarios de la jornada. La Asociación ACASAN —Amigos del Camino de Santiago— recolocó a mediados de los años noventa dos fragmentos que habían sido descartados en una escombrera de Fuenterroble de Salvatierra, pertenecientes a la milla 153 (km 3,8 de la etapa).





      El paisaje sigue siendo un susurro de valles suaves, alternando encinas dispersas y horizontes abiertos que invitan a la contemplación. Cercas de alambre enmarcan un cordel que nos lleva hasta un tramo de calzada romana bien conservado, parcialmente elevado sobre el terreno circundante, visible especialmente en la milla 154 tras 5,3 km de recorrido. El miliario, integrado en un solo ejemplar de 2,70 m de altura, había sido reutilizado en el puente de Palacios de Salvatierra, dividido en tres fragmentos.

El camino romano mantiene, en gran parte del tramo, una alineación recta que se eleva suavemente sobre el terreno, formando un lomo característico. La erosión ha puesto al descubierto su estructura en algunas zonas, permitiéndonos apreciar bordillos laterales que nos conectan con el pasado. Caminar por aquí invita a la introspección: en el silencio de la sierra, la voz de la naturaleza y de algo más grande nos acompaña en cada paso.



      Trescientos metros más adelante llegamos hasta un arroyo, el de Navalcuervo, que habitualmente se encuentra seco. En caso de que lleve agua, un bloque de piedra nos servirá de apoyo para cruzarlo sin dificultad. Desde este punto comenzamos a ascender, y el monte arbolado se enriquece con setos de majuelos, rosales silvestres y zarzamoras, invitando a detenerse un instante y respirar el aroma de la naturaleza, escuchando el silencio que solo el bosque sabe ofrecer.



      Entramos en un encinar más frondoso donde se alza una cruz de madera junto a una zona de descanso con excelentes vistas; un lugar perfecto para dejar que los pensamientos se aquieten y disfrutar de la armonía del entorno. Tras este tramo boscoso llegamos a un nudo de caminos que nos conduce por una amplia zona despejada de arbolado, donde las flechas amarillas serán nuestras guías. Entramos de nuevo en un tramo arbolado tras abrir un sencillo portón, km 8,4 de la etapa. Continuamos en continuo ascenso por un camino algo desdibujado que desemboca en una cómoda y ancha pista; surgirán varios cruces de caminos, atentos siempre a las flechas para no perder la dirección.





      Abandonaremos esta pista por un camino más tenue a la izquierda, siguiendo las señales amarillas. Tras 500 metros alcanzamos una bifurcación con varios carteles indicativos, km 11,3 de la etapa. Junto a un paso canadiense, unos carteles nos indican la alternativa por Pedrosillo de los Aires, situado a unos 6,3 km, recomendada especialmente para quienes viajan en bicicleta o buscan un recorrido menos exigente.




      Para quienes opten por la alternativa menos exigente, Pedrosillo de los Aires se encuentra transcurridos 17,8 km de la etapa, ofrece un merecido descanso y también un pedacito de historia. 

Esta pequeña población serrana fue construida sobre un terreno llano a 959 metros sobre el nivel del mar y rodeado de campos de cereal, olivos y viñedos. Una idílica ubicación, riqueza histórica, gastronomía local (con platos típicos como el cocido montañés y el pote de caza) y calidez de sus habitantes, hace que este sea un lugar muy recomendable para hacer un alto en el Camino o incluso finalizar la etapa.

La Iglesia Parroquial, consagrada a San Benito, es un edificio sencillo, encalado, con espadaña de piedra recia, que es lo único que destaca sobre el resto de edificios. Las casas, de baja altura, generalmente una planta excepto las renovadas recientemente, ofrecen sus blancas y brillantes fachadas al sol que ilumina las calles y rincones del pueblo. 


Historia

      Este pequeño pueblo tiene raíces romanas, ya que por su municipio pasaba la antigua calzada.  El poblamiento en el término municipal durante la Antigüedad está atestiguado por la columna miliaria en la finca de La Dueña de Abajo que señala la milla 159 donde se situaría la mansio de Sentice según el Itinerario de Antonino, un documento del siglo III que recopila las rutas del Imperio romano.

Una mansio era una parada oficial en una calzada, gestionada por un oficial llamado mansionarius y que en términos generales solía contar con recepción, baños termales, habitaciones, comedor, cocina, fragua, granero y establos.

No hay testimonios de la época medieval, aunque se considera que la formación de Pedrosillo de los Aires tiene lugar durante el proceso repoblador desarrollado durante el reinado de Alfonso IX de León. En documentación de 1404 aparece como 'Perosiello' y ya en 1629 como 'Pedrosillo' y 'Pedrosillo de Salvatierra'. 


      Quien decida seguir adelante hasta Morille le quedan unos 11,6 km, todos ellos por el asfalto de una carretera comarcal, se encontrará a medio camino la población serrana de Monterrubio de la Sierra (km 23,3 de la etapa). Unos 1.300 metros más adelante, un desvío a la izquierda nos dirige hacia otra carretera que, tras apenas 5 km, nos acerca a Morille, el destino final de la jornada km 29,4 de la etapa. Esta ruta, más suave, permite a los peregrinos disfrutar del paisaje sin el esfuerzo del ascenso al Pico de la Dueña, sin perderse el espíritu de la Vía de la Plata.


El Camino por el Pico de la Dueña

      Mientras ascendemos, cada paso se convierte en un ejercicio de paciencia y presencia. Caminar despacio, sentir el ritmo de nuestro propio cuerpo, escuchar el viento entre los árboles y dejar que la mente se aquiete… es aquí, en esta sencillez y silencio, donde la naturaleza y la introspección nos invitan a descubrir una pequeña luz interior antes de alcanzar la cumbre.

La subida al Pico de la Dueña es el tramo más exigente de la jornada. La Sierra de Frades se alza frente a nosotros, con 1.165 metros, la cota más alta desde que partimos de Sevilla. Comenzamos el ascenso por un sendero definido por el paso continuo de peregrinos, en ocasiones apenas perceptible. Tras unos 2 km, nos encontramos con un parque de aerogeneradores, siempre a nuestra izquierda si levantamos la mirada. El ascenso es constante, pero llevadero. Un kilómetro más adelante, aparece a nuestra izquierda el Pico de la Dueña, coronado por la cruz de Santiago sobre un mástil de madera (km 14,7 de la etapa), a mitad de jornada.







      Peregrino, cuando tu camino te lleve hasta el Pico de la Dueña, no dudes en subir hasta su cruz. A sus pies encontrarás la compañía de un peregrino guardián, pintado en piedra, que protege tu paso. Has llegado al cielo, ante ti se despliega el infinito paisaje de dehesas de la tierra charra. Aquí, en lo alto, la soledad del camino se transforma en contemplación, y cada respiración es un regalo para el cuerpo, la mente y el espíritu.



      Tras disfrutar de la cumbre y de la panorámica infinita, comenzamos el descenso. Pronto nos sumergimos en un robledal joven que cambia de color con las estaciones, ofreciendo un espectáculo diferente según la época del año. La bajada es intensa y conviene hacerla con cuidado, aunque rápida, conduciéndonos a un valle húmedo que, en primaveras lluviosas, se llena de pastos verdes y flores silvestres que parecen alfombras de la naturaleza.



      De nuevo sobre la calzada, seguimos nuestro camino hasta encontrarnos con la carretera DSA-204 (km 15,7 de la etapa). Tras un breve tramo por el asfalto, un camino a la izquierda nos invita a salir de él, mientras la carretera nos acompaña a nuestra derecha durante unos cuatro kilómetros. Volveremos a ella al llegar al puente que cruza el arroyo de los Mendigos. Apenas 200 metros después, llegamos a la finca Calzadilla de Mendigos, conocida como cuna de la ganadería brava Montalvo. Aquí, junto a la finca, encontramos el miliario de la milla 164 (km 21 de la etapa), testigo silencioso de los peregrinos que nos han precedido.





      Continuamos por la carretera local, pero solo será por un breve tramo. Pronto podremos abandonarla tomando un sendero que discurre paralelo a la izquierda. Este tramo, algo monótono y sin sombra, asciende suavemente, pero nos recompensa con el acompañamiento de varios miliarios que aparecen a nuestro paso. La milla 159 se encuentra junto a otro fragmento romano, recordándonos la historia que pisamos a cada paso. En este punto, llevamos 23 km de etapa, a tan solo cinco del final de nuestra jornada en San Pedro de Rozados.



      En apenas tres kilómetros, con algunas subidas, alcanzamos la loma de la Cabeza de Bernoy, que nos regala una amplia panorámica del valle al fondo. Frente a una solitaria encina encontramos otro miliario, incompleto, correspondiente a la milla 165 (km 24,3 de la etapa). La carretera local sigue a nuestra derecha, pero nosotros giraremos a la izquierda por un camino en ascenso que nos conduce directamente a San Pedro de Rozados.





      Entramos en San Pedro de Rozados por una carretera local. Tras pasar un parque infantil, nos adentramos en la calle Oriente, donde encontraremos el albergue de peregrinos, km 27,8 de la etapa.




      Próximo a la capital salmantina se encuentra este pequeño y pintoresco pueblo de casas blanqueadas que se aprietan unas con otras, como si quisieran protegerse de los extremos climatológicos de la tierra. Lo más llamativo es su pequeño campanario, de cierto valor artístico, que ha sido restaurado con gran acierto.

La fundación de San Pedro de Rozados se remonta a la repoblación llevada a cabo por los reyes de León en la Edad Media, en un territorio donde los campos de encinas y ganado han convivido durante siglos con la actividad minera y ganadera. Durante muchos años, la prosperidad local vino de la mano de las minas de estaño y de scheelita, con explotaciones tanto a cielo abierto como en galerías subterráneas. Cuando el precio del mineral cayó y las minas cerraron, la población sufrió un declive, aunque hoy los antiguos calveros se han llenado de agua, formando lagunas donde cientos de aves descansan en su peregrinaje estacional, convirtiéndose en un paraíso para los ornitólogos.

La legendaria Iglesia de San Pedro, del siglo XVII, está construida en piedra y dedicada al patrón del municipio. Conserva un gran portón de madera y un campanario que todavía funciona de manera manual, junto a una bonita espadaña de cuatro cuerpos. Su retablo mayor, datado entre 1720 y 1730, es precioso y digno de contemplar. A la derecha del retablo se encuentra Santa María de los Rozados, de donde toma su nombre el pueblo, así como imágenes de San Isidro, con sus bueyes, y la Virgen de la Soledad, que cada Semana Santa luce un manto negro bordado a mano por las mujeres del pueblo.



      En la localidad hay un sencillo albergue y un hotel rural que ofrecen al peregrino el tan deseado descanso. Curiosamente, el nombre de Rozados podría relacionarse con las “rozaduras”, esos pies lastimados de los peregrinos tras tantas jornadas de camino. Salamanca está ya a tan solo 23 km, un incentivo más para continuar la marcha.

Desde San Pedro de Rozados salimos por la Avenida de los Comuneros. Tras cruzar la carretera, el Camino se vuelve amable y reposado, avanzando por una ancha pista de tierra que invita a caminar sin prisas.

Después de unos cuatro kilómetros, alcanzamos la pequeña localidad de Morille, y lugar de unión con la variante que llega desde Pedrosillo de los Aires. La entrada se realiza por la calle Salas Pombo, que atraviesa todo el núcleo urbano hasta desembocar en una plaza presidida por el ayuntamiento (km 32 Final de la etapa). Muy cerca se encuentra el albergue municipal de peregrinos, en la calle Ribera de Zurguén, 2 (mapa de la etapa).







      Morille hunde sus raíces en la repoblación medieval impulsada por los reyes de León, formando parte del antiguo cuarto de Peña del Rey de la jurisdicción de Salamanca. Hoy, siglos después, el pueblo ha sabido reinventarse sin perder su alma, convirtiendo la cultura en motor de vida y acogida.

Entre sus calles de piedra y tejas rojas, el peregrino se sorprende con esculturas metálicas que evocan la vida rural charra, murales y singulares instalaciones artísticas. Destaca el llamado Cementerio del Arte, a pocos minutos del casco urbano, donde numerosos artistas han “enterrado” simbólicamente sus obras. Todo ello convive con espacios dedicados al estudio de la Vía de la Plata, pequeñas bibliotecas, un museo de la imprenta de tipos móviles y proyectos que miran al pasado minero del lugar. Un universo cultural inesperado en un pueblo de apenas doscientos habitantes.

Morille nos acoge en el silencio sencillo de los lugares pequeños. Al final de la jornada, cuando el paso se detiene, el Camino nos invita a dar gracias y a ponernos en manos de Dios. Entre descanso y recogimiento, el corazón aprende que no todo es avanzar: también es confiar. Mañana, con la luz nueva, volveremos a caminar.






      Junto al ayuntamiento se encuentra una pequeña tienda de comestibles, Ultramarinos El Lagarto, donde es posible encontrar todo lo necesario para preparar una buena cena y compartirla en comunidad con los compañeros de Camino.

La nota menos favorable es que el único bar de la localidad abre a las 10:00 h, un horario algo tardío para quienes desean desayunar antes de partir temprano.

Aun así, el peregrino aprende pronto que el Camino también se adapta a lo sencillo: a lo que hay… y a lo que llega cuando tiene que llegar.


Reflexión

      L
a jornada hasta Morille nos deja la certeza de que el Camino no es solo recorrer kilómetros, sino aprender a caminar con atención, paciencia y apertura. Cada ascenso, cada descenso, cada miliario o encina nos invita a escuchar: el susurro del viento entre los árboles, el canto lejano de un ave o el silencio que envuelve los campos. En estos instantes de calma, la naturaleza y la historia nos susurran sus lecciones y nos recuerdan que el verdadero viaje transcurre también dentro de nosotros. Que cada paso nos acerque un poco más a la serenidad, a la introspección y al encuentro con lo sagrado en lo cotidiano.


Morille > Salamanca
19,2 km

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