Como peregrinos reales, de carne, alma y calendario, a veces debemos ajustar el paso al tiempo que tenemos, sin por ello perder el sentido profundo del Camino. Con el cambio de comunidad autónoma, dejamos atrás las sierras onduladas de Sevilla para adentrarnos en la llanura pacense, donde la Tierra de Barros nos da la bienvenida con su vastedad serena.
Comienza así una nueva cadencia en el andar. Los caminos se allanan, los horizontes se amplían y la mirada se pierde entre campos infinitos de cultivo. El cuerpo, si se encuentra en buena forma, agradecerá la suavidad del terreno, pero no por ello debemos confiarnos. En días de calor, la exigencia es otra: la de resistir sin sombra, sin brisa, sin pausas frescas. Aquí más que nunca, el agua es compañera imprescindible. No encontraremos posibilidad de reponerla hasta Fuente de Cantos, por lo que conviene partir con las botellas bien llenas y el ánimo templado.
Atravesamos con paso constante esta extensa comarca, donde los kilómetros parecen medirse por la paciencia del alma más que por el reloj. Fuente de Cantos, aunque antaño acogía a los peregrinos en un albergue, no ofrece actualmente hospedaje jacobeo. Muchos, por ello, deciden alargar su jornada hasta Calzadilla de los Barros, que se encuentra a poco más de seis kilómetros y sí ofrece descanso al caminante.
La señalización durante la etapa es buena, aunque existen algunas bifurcaciones que podrían sembrar la duda. Basta con mantener la atención puesta en la siempre fiel y segura flecha amarilla, y confiar en ella como símbolo y guía. Eso sí, los últimos diez kilómetros hasta Fuente de Cantos, especialmente bajo el sol estival, pueden volverse extenuantes. La sombra será nula, y el silencio del campo extremeño se hará aún más profundo. En ese silencio, cada paso se convierte en acto de fe, y cada tramo en oportunidad de escucha interior.
Nuestro camino de hoy arranca en la plaza de la localidad, junto a la noble y serena silueta de la iglesia fortificada de San Pedro Apóstol, testigo de siglos y caminantes. En su sombra, el peregrino detiene un momento el pensamiento, respira hondo y vuelve a dar pasos hacia el norte.
Avanzamos por la calle Virgen de Gracia, luego por la del doctor Alarcón y más adelante por la calle Templarios, cuyas piedras parecen conservar ecos de antiguos guardianes del espíritu. Esta calle desemboca en la carretera N-630, y al dejar atrás el Hotel Leo y el campo de fútbol, la flecha amarilla nos invita a virar a la izquierda y a abandonar el asfalto para sumergirnos en un camino de tierra apacible, paralelo al arroyo de la Dehesa.
La mañana nos recibe con su luz oblicua y su silencio rural. A los tres kilómetros del inicio cruzamos el arroyo por una pasarela de hormigón. El leve ascenso que sigue se convierte en un paseo entre encinares y muros de piedra que nos acompañan como antiguos centinelas del paisaje.
El entorno es de una belleza sobria y tranquila, con fincas ganaderas que dan vida a la dehesa, donde resuenan de fondo los sonidos de la naturaleza y el andar del peregrino. Poco a poco nos vamos acercando a la carretera que une Calera de León y Montemolín (km 5,5). La cruzamos con precaución, y al otro lado una cancela nos da paso a un nuevo tramo de tierra. El escenario no cambia demasiado: la dehesa se extiende serena, salpicada de encinas, matas bajas y cielos abiertos.
A partir de aquí, el paisaje se transforma con rapidez. Los árboles van desapareciendo y la sombra, esa compañera escasa en la Tierra de Barros, nos abandona por completo. Frente a nosotros se extienden ahora grandes superficies de cultivos cerealistas que ondean como mares dorados al paso del viento.
El sendero, una pista ancha y cómoda, nos lleva en suave descenso hasta tocar el punto más bajo de la etapa: el cauce del arroyo Bodión Chico (km 13,2). En verano suele mostrarse seco o con escaso caudal, pero en primavera, tras las lluvias, puede sorprender con una corriente viva que requiere atención.
Si encontráramos dificultades para cruzarlo por el camino habitual, existe una alternativa segura: un desvío anterior a la izquierda señalizado, que puede consultarse en el mapa detallado al final del artículo. Como siempre en el Camino, es mejor perder unos pasos que poner en riesgo la jornada.
Este pequeño rincón, de reducidas proporciones y protegido por el verde abrazo de palmeras, guarda en su seno el latir de la vida local. Allí se encuentran el Ayuntamiento y la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Granada (km 20,8), testigos del tiempo y custodios de la espiritualidad que se respira en cada rincón del pueblo.
Fuente de Cantos alberga un rico patrimonio histórico-artístico, especialmente enfocado en el arte religioso. Sus templos se convierten en auténticos museos que conservan siglos de fe y arte popular, ofreciendo al peregrino un espacio para la contemplación y el recogimiento.
Construida en el siglo XV. En su interior se custodia uno de los retablos barrocos más importantes de Extremadura, obra del siglo XVIII que deslumbra por su riqueza y detalles.
Un lugar especialmente significativo es la capilla del bautismo, situada a los pies de la nave central, donde reposa una pila bautismal renacentista del siglo XVI. En esta misma pila fue bautizado, el 7 de noviembre de 1598, el célebre pintor Francisco de Zurbarán, un vínculo único entre la historia del arte y el espíritu del Camino.
En el interior, destaca un magnífico retablo barroco que preside la capilla mayor, acompañado de la venerada imagen conocida como La Aparecida, una talla gótica de la primera mitad del siglo XIV, de una belleza serena y misterio que invita a la contemplación.
A ambos lados de la capilla se exhiben valiosas pinturas: los evangelistas, obra de la escuela sevillana del siglo XVII, y episodios de la vida de la Virgen que, con su expresividad y colorido, relatan historias de devoción y esperanza. De especial interés es también un lienzo americano, singular por su rareza, que representa al Cristo de la Encina, reflejo del sincretismo artístico y religioso.
La imaginería es rica y variada: junto a la imagen principal de la Virgen de la Hermosa, datada en la segunda mitad del siglo XVIII, otros retablos albergan figuras como Nuestro Padre Jesús Nazareno y San José con el Niño, ambos vinculados al círculo del escultor Pedro Roldán. Asimismo, se conserva la primitiva Virgen de la Hermosa, la antigua Aparecida, que sigue siendo un símbolo vivo de la tradición y el fervor popular.
Este lugar no es solo un espacio arquitectónico o artístico, sino un santuario del alma, donde la historia y la espiritualidad convergen para ofrecer al peregrino un momento de recogimiento y conexión con lo trascendente.
El museo se distribuye en varias estancias, salas y habitaciones, cada una diseñada para ofrecer una experiencia que trasciende el tiempo, invitando a conocer no solo al artista, sino también el contexto en el que desarrolló su obra, marcada por la espiritualidad profunda y el misterio.
El retablo mayor, encargado en 1675 a Juan Martínez de Vargas, está presidido por la imagen de Nuestra Señora del Carmen, símbolo de protección y consuelo para los fieles. En los retablos del lado de la epístola, destacan dos magníficas imágenes: el Cristo de la Misericordia, proveniente del convento de San Diego y datado en el siglo XVII, y la Virgen de las Angustias, obra del escultor Antonio Calbo de 1803, que evocan en silencio el misterio de la redención y el amor divino.
La ermita actual corresponde a la cabecera de un edificio de una sola nave, proyecto del siglo XVIII que nunca se completó más allá de la capilla mayor. En su interior se conservan valiosas piezas como una talla de San Juan Evangelista, del siglo XVIII, y un imponente crucificado contemporáneo de grandes dimensiones, obra del tallista local Jesús González, que invita a la meditación profunda sobre el sacrificio y la esperanza.
Desde la iglesia de Nuestra Señora de la Granada, continuamos nuestro caminar por las tranquilas calles Pizarro, Olmo y San Juan, hasta llegar a la recogida Ermita de San Juan de Letrán. Cruzamos con cuidado la carretera y tomamos una amplia pista de tierra que nos guía hacia el norte.
La pista, bien señalizada, avanza en casi línea recta, invitándonos a un paso sosegado y atento a cada detalle, mientras el paisaje nos acompaña con su calma y sencillez. Así, en silencio y con paso firme, nos acercamos a Calzadilla de los Barros.
Al llegar a la Plaza de España, nos recibe el Ayuntamiento, lugar donde deberemos inscribirnos y recoger las llaves del albergue municipal, un refugio para el peregrino cansado, Km 26,8 Final de la etapa.
La tarde se abre ante nosotros con calma y espacio para descubrir los encantos de este rincón extremeño. No podemos dejar de visitar la iglesia del Divino Salvador, que guarda en su interior un extraordinario retablo del siglo XV, declarado Monumento Histórico-Artístico, testimonio vivo de fe y arte.
Calzadilla de los Barros cuenta con todos los servicios que el peregrino necesita, haciendo de este lugar un remanso de descanso y preparación para lo que aún queda por andar.
Durante la Reconquista, Fernando III el Santo arrebató estos territorios a los moros, comprendidos entre Feria, Fuente de Cantos y Llerena. Fue el Maestre Don Pelayo Pérez Correa quien, con su valor y estrategia, ayudó al rey en esta gesta. Por ello, en 1242, el rey donó estas tierras a la Orden de Santiago, quedando Calzadilla bajo su amparo y cuidado.
Esta villa se alza sobre la antigua vía romana que unía el norte y el sur de la Península Ibérica, camino que siglos después tomarían los peregrinos hacia la tumba del Apóstol Santiago.
Entre sus hijos ilustres, destaca Don Fernando García de Calzadilla, conocido también como Fernando García de Albújar, quien en 1598 fue uno de los primeros pobladores de Tenerife, dando origen a una familia con nombre y linaje.
La joya arquitectónica de la localidad es la iglesia parroquial de San Salvador, del siglo XV. Su retablo mayor, pintado por Antón de Madrid a finales del siglo XV, es uno de los pocos ejemplos góticos que se conservan en Extremadura y está declarado Monumento Histórico-Artístico. Si deseas contemplarlo, consulta en el Ayuntamiento los horarios de misa, pues la iglesia suele estar cerrada fuera de estos momentos.
Al entrar, lo que más cautiva es el espectacular retablo gótico del altar mayor, uno de los pocos ejemplos góticos que se conservan en Extremadura y la única obra que se conserva del artista Antón de Madrid, quien tuvo su taller en la cercana ciudad de Zafra. Este retablo, declarado también Bien de Interés Cultural, es una verdadera obra maestra que invita a la contemplación y a la reflexión profunda.
El retablo, con su estructura sencilla pero elegante, está compuesto por una armadura de madera con una decoración netamente gótica. Sus 28 tablas pintadas y doradas forman un gran tríptico que narra los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, desplegándose en una composición en forma de meandro que atrapa la mirada y el alma del peregrino. En los laterales, las figuras de los cuatro evangelistas se muestran en lienzos externos, acompañando la historia visual que el retablo nos ofrece.
Otro detalle fascinante es el primer tramo de la nave, la capilla mayor y la bóveda del sotocoro, donde la bóveda de crucería con nervios de granito descansa sobre ménsulas adornadas con la cruz de Santiago, símbolo eterno que se eleva sobre un león rampante, testimonio del poder y la fe que marcaron esta tierra.
En su capilla mayor, resguarda con devoción un camarín donde se encuentra la venerada imagen tallada de la Virgen. Esta escultura, obra de autor anónimo, es una delicada talla en madera de nogal policromada, cuyo misterio y belleza se conservan desde hace siglos, irradiando paz y protección a quienes se acercan a ella.
La ermita es un excelente ejemplo de la arquitectura religiosa y el arte sacro de Calzadilla de los Barros, un espacio donde la historia y la fe se entrelazan para ofrecer al peregrino un momento de recogimiento y conexión profunda.
Visitar este santuario es detener el tiempo y sentir cómo el espíritu del camino se entreteje con la devoción popular, haciendo de cada paso una experiencia de luz y esperanza.



























Que bien nos narra Antonio esta bonita etapa a traves de la dehesas de encinas y alcornocales, propias para el silencio y la quietud en plena Naturaleza, interesante tambien el Conjunto Monumental de Fuentes de Canto. Preciosos y dignos de tener en cuenta, los "valores del peregrino" todo una forma de vida. Gracias por tu dedicacion y trabajo
ResponderEliminarQue pena lo de este pueblo. Que no haya un albergue de Peregrinos dice mucho de lo que significamos para ellos. ¿Aun no se han entendido que los peregrinos no somos turistas?
ResponderEliminarHagan el favor de preocuparse un poquito cuales son nuestras inquietudes.